viernes, 15 de agosto de 2014

Líbranos del mal (2014, Scott Derrickson)


Exorcismo previsible y moralista


Por Leandro Arteaga
 
Que un cura invite a tomar un trago, fume y mire sin disimulo a la “camarera”, no es más que una actualización del catolicismo convencional –como afirma Román Gubern– del que se vale el cine norteamericano. La imagen de exorcista “cool” que compone Édgar Ramírez en Líbranos del mal está en sintonía, dado el caso, con la que propone Paul Bettany en Priest: El vengador (2011). Ambos, un disparate.
La raíz ejemplar, se sabe, es una obra maestra: El exorcista, de William Friedkin. A partir de allí, varios vaivenes similares, que alcanzan a un film reciente, moralista: El conjuro (2013). Con un afán de sustento desde el presunto “hecho real”, El conjuro enhebra una lectura sin fisura, maniquea. Otro tanto sucede con Líbranos del mal, en donde la gracia divina aparece para pelear contra el demonio que persigue, desde Irak, a unos marines malditos.
La “contaminación” llegará a casa, entre situaciones escabrosas –la madre que arroja a su hijo a los animales del zoológico–, pistas en latín y mordidas caníbales. Serán dos los personajes que traben fuerzas, cual buddy movie. Por un lado, el sacerdote referido; por el otro, un policía atribulado (Eric Bana). Este último, con una familia que proteger. Los dos son peso y contrapeso, razón y fe, disparos y cruces.
Acá lo raro o curioso. Cuando finalmente se llegue a la escena exorcista, entre ecos que invariablemente dialogan con el film pionero (dialoga mejor, por ejemplo, ¿Y dónde está el exorcista?, con Leslie Nielsen y la mismísima Linda Blair), la situación sucederá dentro de un destacamento policial, en la sala de interrogatorios. La escena recuerda una sesión de tortura. Lo llamativo es que el poseído –o torturado– sería, irónicamente, el marine. En este sentido, la operación simbólica del film es doble. Por un lado, la legitimación de la tortura a través de la cruz y los salmos (no hay que cejar en lo que se está haciendo, se trata del demonio); por el otro, el salvataje espiritual del soldado norteamericano (la tortura no es sobre él, sino cifrada en él, dirigida al Otro).
De esta manera, Líbranos del mal es un film siniestro. No por exponer un juego malsano, que incomode, perturbe; sino por legitimar un ejercicio ideológico de manifestación bélica. Un plano detalle, final, sobre la medalla bendita dice como conclusión todo lo que el film es.
La película anterior del mismo director, Scott Derrickson, había sido la notable Sinister. Allí había casa embrujada, secreto raro, películas en Súper 8 con muertes, mucho fuera de campo. Un film sorprendente. Bien lejos de esta puesta en escena conciliadora, homogénea, reaccionaria, atenta a los clichés del cine cristiano más tosco.

Líbranos del mal
(Deliver Us from Evil)
EE.UU., 2014. Dirección: Scott Derrickson. Guión: Paul Harris Boardman, Scott Derrickson, sobre un libro de Ralph Sarchie y Lisa Collier Cool. Fotografía: Scott Kevan. Música: Christopher Young. Montaje: Jason Hellmann. Reparto: Eric Bana, Edgar Ramírez, Olivia Munn, Joel McHale, Sean Harris, Dorian Missick.
Salas: Monumental, Showcase, Sunstar, Village.
3 (tres) puntos

martes, 5 de agosto de 2014

Comics che passione! + Batman & Superman: 75 años


Héroes desde dos continentes


La historieta italiana será protagonista de una muestra imperdible. Tex, Diabolik y Topolino, entre muchos personajes más. El coleccionismo de Superman y Batman promete una mirada amena sobre los dos héroes.

Por Leandro Arteaga

El mes que inicia tendrá en la historieta uno de sus ejes culturales, ya que varias actividades de diversa índole acompañarán la realización de la inminente quinta edición de Crack Bang Boom, Convención Internacional de Historietas, a desarrollarse entre los días 14 y 17 de agosto. Es en este marco donde se inscribe, a partir de hoy y hasta el 14 de septiembre, Comics che passione!, muestra dedicada al fumetto italiano, que visita las galerías del Centro Cultural Parque de España, con organización compartida por la entidad junto al Consulado General de Italia en Rosario y la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad.
Con curaduría de Maurizio Scudiero, Comics che passione! permitirá una mirada profunda sobre el derrotero de la historieta producida en Italia. En el texto que acompaña la muestra, Scudiero explica la procedencia del término fumetto a partir de la expresión que germinara junto a la pionera L’Avventuroso: “giornale a fumetti” (revista con nubes de humo), en alusión a los diálogos de los personajes, contenidos en los globitos.
En L’Avventuroso, los héroes del cómic americano tuvieron su esplendor, pero la historia mayor del fumetto surge en 1937 con la publicación de la revista Il Vittorioso, entre cuyas páginas –distingue Scudiero– desfilaran talentos como Franco Caprioli, Athos Cozzi, Kurt (Corrado) Caesar, Antonio Canale, Benito Jacovitti. Páginas con sus dibujos acompañarán la muestra que inaugura hoy.
Quien también aparece por vez primera en L’Avventuroso es el insigne guionista Gianluigi Bonelli, creador posterior de Tex, una de las historietas más tradicionales de Italia. Una misma trascendencia internacional equipara al cowboy Tex con otros personajes emblema como el delirante Diabolik, creado en 1962 por Angela y Luciana Giussani, y Dylan Dog, detective de lo paranormal ideado por Tiziano Sclavi en 1986. Todos cuentan con versiones cinematográficas; entre ellas destaca Diabolik (1968), del cineasta Mario Bava, que tendrá proyección el sábado 16 a las 22.30 en El Cairo, con presentación de Axel Kuschevatzky.
La historieta italiana (y argentina) es impensable sin el aporte de uno de sus más grandes maestros: Hugo Pratt. El creador de Corto Maltés tendrá cabida en las galerías del Parque de España junto a otros ilustres como Milo Manara, Antonio Rubino, Dino Battaglia, Luigi Corteggi, Franco Bignotti, Guido Crepax, Magnus, Simone Bianchi. Otro de los aspectos donde la muestra promete reparar es en el singular aporte que Italia realizara a las historietas Disney con Topolino y Paperino (Mickey y Donald), cuya originalidad les llevara a ser reconocidas como tendencia estética dentro del clásico mundo de personajes establecido por la firma estadounidense.
Entre muchos de los populares fumetti que visitarán la muestra destacan Gim Toro, Kit Carson, Nathan Never, Pecos Bill, Ray Fox, Rin-tin-tin, Satanik, Sergente York, Zagor y Zembla.
En otro orden, el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa presenta, a partir del jueves próximo y hasta el 14 de septiembre, la muestra Batman & Superman: 75 años en figuras y coleccionables. Como el título indica, todo un recorrido de vida que tendrá correlato en las colecciones privadas de Andrés Rodríguez Haro, Carlos Coca y Robert Helguera: muñecos, objetos, revistas, videos, figuritas, batimóviles, juguetes, entre las muchas curiosidades ofrecidas a la vista del público. La curaduría es de Federico Fernández Salafia.
Los setenta y cinco años son cantidad suficiente para dar cuenta de la incidencia de estos dos personajes en la imaginería popular. Superman fue el primero, surgido en Action Comics #1 (junio 1938), Batman aparece en mayo del año siguiente en Detective Comics #27. Los dos han compartido aventuras que tempranamente saltaron de las historietas a la radio, el cine y los dibujos animados. Entre los dos, hay un balance que les sitúa entre el día y la noche, entre la justicia y el castigo. Son dos personajes bien diferentes y, quizás por ello mismo, tanto se requieren.  
Vale señalar la lectura propuesta por el escocés Grant Morrison en su libro Supergods, en donde sitúa a Superman como el superhéroe socialista, surgido para pelear por los necesitados en la Gran Depresión. Si Superman es el hijo de la velocidad y el futurismo, Batman surge como la reformulación del vigilante urbano. Ser millonario es algo que le juega a favor y, en opinión de Morrison, explica la fascinación actual por el personaje. Pero también, Batman es en quien mejor se entrelazan las facetas sociales, tan complejas como para haberle hecho bailar el twist con Adam West (en la serie televisiva de 1966), volverle un psicópata torturado en los cómics de Frank Miller y en el cine de Tim Burton, y finalmente erigirle como un soldado guerrero en las películas de Christopher Nolan.

lunes, 4 de agosto de 2014

Los Angeles Plays Itself (2003, Thom Andersen) Bafici (Rosario)


 Una ciudad hecha de películas


Por Leandro Arteaga

Una ciudad hecha con ladrillos de cine, o también cómo encontrar en las películas pistas que digan sobre las verdades y mentiras que una ciudad esconde. De todas las ciudades posibles, Los Angeles es la más veces fotografiada. Allí, de hecho, anida Hollywood. Y es un docente y cineasta que habita sus calles, Thom Andersen, de quien surge Los Angeles Plays Itself, film extraordinario que Bafici (Rosario) proyectará el miércoles próximo, en sala El Cairo, a las 20.30.
El recorrido propuesto por Andersen tiene de documental, tiene de ficción, pero rápido deja de lado tales categorías, más preocupado por trastocarlas desde la reflexión. ¿Por qué mejor no encontrar cuál es el carácter documental que toda ficción guarda?, propone la voz en off. Para luego desmenuzar la ciudad desde muchas de las películas que esa misma factoría de marca simbólica que es Hollywood ha producido.
De esta manera, hay una mirada vuelta sobre sí –Hollywood es Los Angeles– pero también extraña. Porque preferentemente, sostiene Andersen, es la mirada turística la que el cine ha cultivado. La ciudad de Los Angeles que Hollywood expone, sintética desde la acepción “L.A.”, no es la que sus habitantes caminan. En todo caso, lo que aparece es un fuera de campo inmenso, que esconde a quienes también viven allí, por fuera del aura mística que la meca del cine convoca.
Entre los títulos que el film elige, despuntan algunos de manera preferencial. Entre ellos: Pacto de sangre (1944), Chinatown (1974), Blade Runner (1982), Los Angeles al desnudo (1997). Cada uno responde a temáticas que se articulan desde la utilización de edificios históricos y decorados, las diferencias sociales y urbanas, el ejercicio policíaco, el transporte, las autopistas, los restaurantes y, sobre todo, una concepción mítica las más de las veces provocada por las mismas películas.
Alguna vez, Ray Bradbury supo quejarse de la falta de memoria fílmica en las calles de Los Angeles. Para Andersen, en todo caso, el proceso es inverso: de las películas a la ciudad, con el afán de completar y preguntar sobre lo no visto y lo ideológicamente tendencioso. El resultado es vigoroso, porque en última instancia se trata de una película furibunda, analítica, cinéfila. Andersen no tiene reparos en cuanto a destacar el miserable decoro con el que Hollywood se pinta a sí misma como sinécdoque que desplaza lo que le contradice.
En este sentido, el tramo final de Los Angeles Plays Itself apela a un punto de vista las más de las veces ignorado, contenido en realizadores como Haile Gerima, Billy Woodberry, Kent MacKenzie. Un cine que recupera, según Andersen, una mirada neorrealista, capaz de ser mucho más que lo registrado, al proponer una experiencia transformadora, desde la sociedad hacia el cine, desde el cine hacia la sociedad.

Los Angeles Plays Itself
EE.UU., 2003
Dirección y guión: Thom Andersen. Fotografía: Deborah Stratman. Voz en off: Encke King. Montaje: Seung-Hyun Yoo. Duración: 169 minutos.
Sala: El Cairo, el miércoles 6, a las 20.30.
10 (diez) puntos

sábado, 2 de agosto de 2014

Óscar Fernández Orengo: Cineastas contados. Entrevista


Una memoria fotográfica para el cine


Cineastas contados invita a sumergirse en el mundo del cine español, con el retrato de sus directores como protagonista. Desde Barcelona, el fotógrafo Óscar Fernández Orengo explica sobre la muestra que visita la ciudad durante este mes.

Por Leandro Arteaga

“El interés nace de mi amor al cine, desde muy pequeñito”, expone como razón primera el fotógrafo vasco Óscar Fernández Orengo a Rosario/12. Motiva el diálogo la muestra que le tiene por protagonista, a partir del miércoles pasado y durante todo agosto, en Espacio Cultural Universitario (San Martín 750). Con organización compartida con la Embajada de España en Argentina y el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España, Cineastas contados. Retratos de directores del cine español propone es un recorrido por cincuenta fotografía de cineastas españoles, un abanico por donde ingresar al mundo del cine, de la mano de la fotografía.
“Antes que fotógrafo fui cinéfilo; de hecho, antes de estudiar fotografía estudié cine. Cuando me decidí por la fotografía, monté un estudio y el destino quiso que hiciera unas fotografías para el cartel de una película de Agustí Villaronga. A raíz de ese encuentro, inicio una amistad con el director, le propongo retratarlo en su casa, y el resultado me gustó mucho. Fue así que se me ocurrió crear una memoria, un archivo fotográfico sobre muchos cineastas españoles”, comenta el fotógrafo.

-Hay una elección estética, formal, que unifica las fotografías. Como si obligara al espectador a una mirada “panorámica” sobre la imagen. A propósito, ¿por qué el blanco y negro?
-La elección del formato fue un poco accidental. Cuando le propongo esta sesión fotográfica a Villaronga, hacía unos meses que había comprado una cámara telemétrica, muy similar en funcionamiento a las Leica, pero con la particularidad de tener un doble formato: el normal y otro con dos fotogramas, que ofrecían una visión panorámica. Este formato es muy usual para paisajes, pero lo apliqué a retratos, que es el género que más me gusta. Con el paso del tiempo me doy cuenta de que es algo que ha hecho genuina a esta serie, porque le da una personalidad especial. Por otro lado, el blanco y negro remite a todos los fotógrafos que aprendí a admirar como Diane Arbus, Robert Frank, Henri Cartier-Bresson, entre tantos más. A diferencia del color, el blanco y negro se adapta mejor a situaciones complicadas de luz, es más maleable. El color es más complejo, depende del vestuario, de la luz del día, mientras que el blanco y negro es mucho más expresivo; al menos para mí.

-Los espacios que registrás se revelan íntimos, personales. ¿Cómo lograste esa confidencia con los retratados?
-Siempre digo que en este proyecto lo que predomina es un carácter documental, en donde el cineasta esté vestido con su ropa, por fuera de un plató, en sus espacios, con su entorno. No fue fácil al principio, me costaba mucho ganarme la confianza de un cineasta, pero es verdad que al ir derribando obstáculos y al fotografiar más cineastas, conseguí un archivo que me ganaba la confianza entre los directores, quienes a su vez me recomendaban ante otros.

-¡Ni más ni menos que fotografiar cineastas, con quienes compartís el mirar a través de una cámara!
-Pensaba que iba a encontrar más resistencia, pero la verdad es que con todos fue bastante bien. Ellos son quienes escogen el lugar, yo hago un encuadre y les consulto si les parece bien, quiero que estén cómodos. Hay directores que me han costado más, como José Luis Guerín, un cineasta que es para mí de los más grandes del cine español, a quien me costó mucho convencer, ya que no le gusta aparecer en los medios, es muy reservado, tardé como dos años. En algunos dediqué mucho tiempo; por ejemplo, a quien no pude fotografiar todavía y lo sigo intentando es a Víctor Erice, un gran cineasta, le admiro muchísimo, pero es una persona algo fóbica a ponerse frente a una cámara. Uno que me queda es Alejandro Amenábar, pero está ahora rodando en Toronto. Es cuestión de tener paciencia y encontrar el momento.

-Luego de una serie tan extensa, ¿qué motivación descubrís en ella?
-Una de las ideas fundamentales tiene que ver con llegar al conocimiento a través de la imagen. Cualquier persona con curiosidad, puede acercarse a las fotografías y acceder a la extensa cinematografía que tiene España, así como la tienen otros países. Es más fácil llegar al público a través de imágenes que desde un manual sobre cine español. De lo que se expone en Rosario, quien me encanta es Francisco Regueiro, en Argentina creo que no lo conocerá casi nadie, pero en España tampoco, y tiene películas maravillosas. También se van a exponer fotos de cineastas argentinos [NdR: Héctor Olivera, Pablo Trapero, Jorge Polaco, Lisandro Alonso]. Tengo archivos de cineastas chilenos, venezolanos, mexicanos, uruguayos, colombianos, pero de toda Latinoamérica donde más he desarrollado el trabajo es en Argentina, en donde fotografié a más de noventa cineastas. La idea es volver allí cuanto antes, tal vez en 2015, poder finalizar el trabajo y editar un libro. Creo que es muy interesante crear esta memoria, esta arqueología sobre el cine. 

My Son, My Son, What Have Ye Done (2009, Werner Herzog)


Mucho más que matar a la madre


Por Leandro Arteaga

Era cuestión de tiempo. Es decir, dos cerebros tan cercanos, disímiles, atribulados, como los de David Lynch y Werner Herzog, debían en algún momento cruzar simpatías. En otras palabras, se trata también de dos dinosaurios del cine, llenos de imágenes y mundos personales. Habitar en ellos es una de las mejores consecuencias que le espera a todo cinéfilo.
Ahora bien, el cauce comercial finalmente encuentra a My Son, My Son, What Have Ye Done con el público local pero a través del dvd, bajo el título engañoso En el ojo de un asesino. Algo es algo, más aún cuando se trata de una película de 2009, con producción ejecutiva de Lynch y realización a cargo de Herzog. Film que es, vale recordar, anterior a esa obra maestra, de gota de tiempo suspendido, que significa La cueva de los sueños olvidados (2010).
Más allá de elucubrar lo que podría ser una mesa de diálogo entre las personalidades referidas, lo magnífico es la afinidad que el film manifiesta. En el ojo de un asesino pareciera transcurrir en una de las varias manzanas de esa localidad de fronteras de cine que responde al nombre Twin Peaks, pero bajo la mirada distorsionada del alemán. Hay un asesino, presunto, que resiste en su casa mientras, parece, su madre ha muerto. Esto es así, esto podría ser todavía más.
En verdad, el argumento se inspira en un caso real, dentro de esa nación de crímenes rituales que es Estados Unidos. Quien espera en su guarida, deseoso de que le comprendan, es Michael Shannon. Quien le vigila, deseoso de comprender, es Willem Dafoe. Víctima y policía en un juego dialéctico que acumula piezas de información con testimonios en forma de flashbacks.
Acá, de a poco, aparecen quienes dicen saber qué es lo que Brad, el asesino, guarda en su historia, en su locura, en sus pasiones. De entre ellos, sobresalen dos: por un lado, la novia que interpreta Chloë Sevigny; por el otro, el director teatral que lleva adelante Udo Kier. Entre ellos, también, el rostro finamente desencajado de un tío rural que encarna el gran Brad Dourif. Y por encima de todos y todas, la madre gigante, posesiva, infatigable, que es Grace Zabriskie. Porque, en última instancia, allí está todo lo que ha sido, todo lo que es.
En este sentido, hay un drama que repercute en forma de tiempo presente –entre policía y asesino–, en forma teatral –con predestinación griega y trágica–, en forma afectiva –entre Brad y sus dos mujeres: novia y mamá–. Todo ello articulado como si de un suceder suspendido, momentáneamente animado, se tratase. Una extrañeza que embriaga al relato, que pendula entre el ánimo predispuesto del policía y la reacción violenta de quien hace todo por su madre porque, parece ser, nada hay más importante.
En suma, un film siniestro, que construye un micromundo sonámbulo, donde cohabitan personajes deformes, o que saben muy bien cómo disimular tales falencias. En tanto, el disparo mayor lo recibe ese mundo más grande, en el cual todo film habita, y que tiene en el crimen uno de sus actos inevitables, tan seductores para el cine de verdad.

En el ojo de un asesino
(My Son, My Son, What Have Ye Done)
EE.UU./Alemania, 2009. Dirección: Werner Herzog. Guión: Herbert Golder, Werner Herzog. Fotografía: Peter Zeitlinger. Montaje: Joe Bini, Omar Daher. Música: Ernst Reijseger. Intérpretes: Michael Shannon, Willem Dafoe, Chloë Sevigny, Udo Kier, Brad Dourif, Michael Peña, Grace Zabriskie. Duración: 91 minutos.
Sólo disponible en dvd.
8 (ocho) puntos

jueves, 31 de julio de 2014

Vecinos. Llegar a casa (2014. Francisco Matiozzi)


Historias que son muchas personas


Cuatro capítulos componen Vecinos. Llegar a casa, de Señal Santa Fe. La dirección de Francisco Matiozzi aporta un sello distintivo. Ilusiones de barrio y vivienda propia, repartidos en cuatro localidades de la provincia.

Por Leandro Arteaga

El Ministerio de Innovación y Cultura, a través del programa Señal Santa Fe, estrena otro envío y, como de costumbre, con una calidad que dice mucho del relieve que la televisión de la ciudad y de la provincia puede tener. Se trata de Vecinos. Llegar a casa, cuatro capítulos que podrán verse en carácter de estreno en El Cairo Cine Público (Santa Fe 1120) mañana a las 20.30, con entrada libre y gratuita.
Vecinos está dirigido y escrito por Francisco Matiozzi (Pochormiga, Militantes), y cuenta con producción de Luciana Lacorazza (también guionista) y Fernando Gondard. La propuesta tiene eje en la visita a cuatro localidades de la provincia de Santa Fe –Totoras, Correa, San Justo, San Javier– que resultaran beneficiadas por los programas que impulsa la Secretaría de Estado del Hábitat de la provincia. De esta manera, Vecinos indaga en cuatro instancias que son, también, apenas micromundos inmensos dentro de ese caleidoscopio que es toda la provincia, con la capacidad de hacer de cada historia un cosmos que albergue intimidades mayúsculas. Acá, por eso, hay mirada de cine.
Esta mirada se debe a Matiozzi, cuya trayectoria le avala como realizador de temáticas afines, en donde ha depositado una preocupación manifiesta por la solidaridad ciudadana. Que Vecinos sea consecuencia de un proyecto de gobierno, de una acción política, no es condicionante para el quehacer del realizador, sino en todo caso desafío a contemplar desde su mundo personal. Es por eso que Vecinos tiene rúbrica autoral: al tiempo que adscribe a una acción política loable, suscribe un mirar propio, que encarna en los detalles gigantes que significan las vidas de todos, todas, y cada uno de los entrevistados.
Cada capítulo es ejemplo de cómo contar historias de muchas personas, de un conjunto, sin caer en los parlamentos o las cronologías explicativas; en todo caso, Vecinos se construye desde el fragmento, desde la historia de vida que anuda necesariamente otras. En este recorrido –de “hormiga”, queda claro– se señalan no sólo las ilusiones concretas de la casa propia, sino la enunciación de proyectos de vida entrelazados. La voz resultante culmina por ser plural, polifónica. Un logro semejante se debe, por un lado, a una manera de pensar puesta en juego, y por el otro a su expresión consecuente, la puesta en escena. Una sintaxis semejante sólo puede alcanzarse donde hay noción de cine. Vale decir, el montaje propuesto por los cuatro capítulos de Vecinos es polifónico porque lo moviliza una concepción de mundo en la que enraíza.
Recursos tales como intertítulos, dibujos y colores animados, así como la banda musical, aparecen para interactuar con los sujetos del documental. De tal forma, los colores y las palabras participan a la manera de intervenciones gráficas sobre el accionar real; mientras la música asume sonoramente las frases oídas, a las que “samplea” junto a imágenes que van y vienen, para adelante y para atrás, desdiciendo esa cronología que el cine sabe cómo alterar.
Así, Vecinos expone una cotidianeidad alterada, porque de lo que se trata, en última instancia, es del sueño cierto de la casa propia. Cuando cualquiera de los entrevistados dice lo que le pasa mientras dedica todo su empeño a este logro, nada hay más que decir. Es la concreción feliz, es la preocupación por planificar cómo serán esas paredes. Casas al lado de otras. Un barrio que surge, junto a otros que vendrán. Y todo eso por acá nomás, nada lejos de Rosario, tan subsumida en sus angustias a veces ególatras.

martes, 22 de julio de 2014

Los 40 años de revista SKORPIO


¿QUIÉN ES SKORPIO?

A cuarenta años de la aparición del primer número de la mítica revista de historietas de Ediciones Record.

Por Daniel Busi

La pregunta que a modo de título abre esta nota, es la que inevitablemente sonaba en las cabezas de quienes por entonces, tuvimos por primera vez ante nuestros ojos la revista Skorpio o simplemente, “la Skorpio” –como cariñosamente pasaría a llamársele de ahí en más–. Claro está, no resulta lo mismo leer una historieta a los diez años que hacerlo a los cuarenta o a los cincuenta. Por ello los interrogantes y misterios que nos proponía su lectura, sonaban casi lógicos para nuestros habidos sentidos.  ¿Era Skorpio el tipo de patillas, aro de pirata en la oreja izquierda, gorra de marino y ojos azules con los que nos escudriñaba desde la portada?  Las respuestas quedarían develadas –o no– rápidamente, casi a la misma velocidad con la que avanzábamos página por página en nuestro vertiginoso fervor por conocerlas.
  Interpretar el arte de las viñetas resulta un ejercicio más complejo de lo que muchos creen, la interacción de imágenes y texto supone un desafío a los sentidos y su comprensión difiere en relación a quien esté a cargo de la noble tarea de hacerlo. Más allá de esto resultaba claro que el contenido de ese primer número aparecía, por lo pronto, como algo novedoso y distinto a lo producido por entonces en la historieta nacional.
   Por aquellos años, en los inicios de la década de los 70, el mercado de las historietas en la Argentina era liderado por la Editorial Columba, que de la mano de algunos personajes salidos de la pluma de Robin Wood como Nippur, Mark, Or-Grund, Kayan y otros, y acompañado también por el arte de jóvenes y talentosos ilustradores como Quique Villagrán, Jorge Zaffino y Lucho Olivera, había renovado el género sobre todo a nivel de historias y personajes, sin apartarse –claro está– de los clisés que la propia editorial imponía, y a pesar de los esfuerzos por parte de dibujantes y guionistas en mostrar implícitamente lo que no podía mostrase, como todo lo que siquiera rozara al erotismo y al sexo.  El contenido de ese primer número de Skorpio era y es de una calidad artística extraordinaria. Fruto de la combinación de consagrados guionistas y dibujantes como Héctor Germán Oesterheld, Hugo Pratt, Francisco Solano López y Arturo Del Castillo, sobrevivientes de la llamada época dorada de la historieta nacional –como bien señala Laura Vázquez al referirse a las décadas del 40 y 50 del pasado siglo en su excelente libro El oficio de las viñetas, editado por Paidós–, con otros creadores y artistas no tan conocidos por entonces, pero no menos talentosos como Juan Zanotto, Alfredo Grassi y Ernesto García Seijas, entre otros. El resultado: ocho historietas electrizantes a lo largo de 110 páginas donde los tópicos del género se referenciaban en cada una de ellas de manera magistral. A la calidad de los creadores se le sumaba la nitidez del blanco y negro de las viñetas sobre un papel de apenas mejor calidad al utilizado por otras revistas y editoriales de la época, pero que alcanzaba para acentuar contrastes y climas que plumines y pinceles tejían cuadrito tras cuadrito.
  En ese primer número, aparecido el 5 de julio de 1974 –y cuya ilustración central de la portada  mostraba el rostro de uno de los personajes más extraordinarios que el arte de las viñetas nos haya regalado, nada más y nada menos que el Corto Maltés del genial Hugo Pratt–, se sucedían una tras otras verdaderas joyas del género: Corto Maltés en El Secreto de Tristan Bantam por el ya mencionado Hugo Pratt, que inauguraba las aventuras de un Simbad de principios del siglo XX; le seguían westerns como El Cobra –por Arturo Del Castillo y Ray Collins–  y Black Soldier, un rico heredero del Sur, convertido en pistolero tras la Guerra de la Secesión, con ilustraciones de Ernesto García Seijas; Kiling, por el mismo García Seijas y Ray Collins, un “boss” del crimen  vestido con traje de San La Muerte, que a partir del segundo número se transformaría en Skorpio, ilustrado por el maestro Oswal –curiosamente este personaje no ocupó ninguna portada de la revista en sus primeros treinta números–;  Henga, historias de un cazador del neolítico ambientadas en un mundo salvaje donde no faltaban gigantescas bestias prehistóricas y bellísimas mujeres –en las que Raquel Welch, Martine Beswick, Claudia Cardinale y Brigitte Bardot parecían corporizarse–, magistralmente dibujadas por el gran Juan Zanotto; Precinto 56, con guiones de Ray Collins y dibujos de Lito Fernández, un policial cuyo protagonista, el teniente “Zero” Galván, descubría a lo largo de las historias que ser policía en Nueva York no es más que bucear en el infierno de los otros pero también en el de uno mismo.
  Coronaban este primer número dos historietas unitarias de gran factura: El dulce color de las estrellas, pura ciencia ficción a cargo de Lucho Olivera y Alfredo Grassi; y una obra maestra del terror, Una pesadilla para Miss Agatha, con dibujos de Leopoldo Durañona y guión de Guillermo Saccomanno, en donde una solitaria anciana padecía las consecuencias de leer cuentos de H.P. Lovecraft, el “maestro de Providence”, en una noche oscura y tormentosa.
  La revista Skorpio se transformó rápidamente en un verdadero éxito –los primeros 30 números resultaron de una calidad inigualable–; tres años después, impulsada por las nuevas modas, sus páginas se abrieron al color y a partir del número 36, Skorpio se transformó en Skorpio Gran Color, incorporando nuevas historietas como Alvar Mayor, de Carlos Trillo y Enrique Brecia; Nekrodamus, del mismo Trillo y dibujos de Horacio Lalia; y la segunda parte de El Eternauta, con guiones del propio Oesterheld y dibujos de Solano López. Con el correr de los años nuevos autores y dibujantes se fueron incorporando, tales como Juan Giménez y Ricardo Barreiro con  As de Pique, y Enrique Alcatena con La Fortaleza Móvil, El Mago y El Mundo Subterráneo, entre otras. Entrada la década de los ´90 la revista comenzó su declive, las nefastas políticas económicas aplicadas por los gobiernos de turno y la consecuente caída de las ventas precipitaron su final  acaecido en 1996.
  La aparición de Skorpio, como lo haría también la revista Fierro una década después, representó una marca imborrable en la industria de la historieta nacional y su impronta a nivel artístico ha sido y seguirá siendo un motivo de inspiración para muchísimos cultores del género.
  Volver a ver hoy esa antigua portada de Skorpio nos remite inevitablemente a nuestro propio pasado. El genial semiólogo francés Roland Barthes, en su libro La cámara lúcida, da cuentas de ese pasado desde la perspectiva que impone contemplar una vieja fotografía, cuando dice: La fotografía no dice lo que ya no es, sino tan sólo y sin duda alguna lo que ha sido.
  Permitámonos entonces establecer –y aunque más no sea a modo de cierre– una analogía entre las palabras de Barthes y los sentires que resultan al contemplar nuevamente los ojos del querido Corto Maltés, que parece decirnos, una y otra vez como cuando fuimos niños –con un susurro, casi una plegaria–, Bienvenidos al mundo de la historieta. 

lunes, 21 de julio de 2014

El planeta de los simios: Confrontación (2014, Matt Reeves)


El invariable encanto de los simios


Por Leandro Arteaga

Si hay algo que toda película de la serie El planeta de los simios merece atender, además del maquillaje, es la complejidad argumental. Aspecto nodal, que encierra una mirada de mundo amarga, sintetizada en el momento final del film original, de 1968, con el astronauta Taylor (Charlton Heston) sumido en su desengaño.
En verdad, lo del maquillaje ya es meramente anecdótico, el último film que lo tuvo como rasgo de filiación estética, fue la versión de Tim Burton, con el gran Rick Baker puesto a la tarea de disimular la nariz de Tim Roth. Ahora se trata de efectos digitales, con el motion capture como recurso habitual, y la encarnación ejemplar de Andy Serkis como César, el mono líder, a partir de la precedente El planeta de los simios: (R)Evolución.
En El planeta de los simios: Confrontación se sostiene lo predicho, con los simios como espejo deforme en un apocalipsis que ha sido; con algunos humanos todavía vivos, albergados en los restos de torres caídas, al amparo de un verde que solicita su lugar primero.
Pero quienes también se han organizado, como legítimos habitantes del mismo suelo, son los simios. No obstante, el empecinamiento por sobrevivir no tardará en acentuar un conflicto latente. La mecha sigue siendo corta, y no faltan las intenciones bélicas. Quien surge como mediador, conocedor de ambos mundos, será nuevamente César, el chimpancé alguna vez mascota, el libertador, el rey mono.
En tanto franquicia, El planeta de los simios debe también cohabitar entre otras, todas cortadas por una misma tijera. En este sentido, el film no es indiferente a atributos habituales como: secuencias de alto impacto, efectos digitales abrumadores, sensacionalismo del espectáculo. Pero, acá lo decisivo, no es de ello de lo que hablan o dicen quienes se dejan contagiar por el pleito entre humanos y simios. Sino de la plasmación de un conflicto sin resolución feliz, con puntos suspensivos amargos.
Por un lado, lo anterior supone continuidad, más películas en proyecto. Es lógico y coherente con el estado actual del cine; pero también con la esencia misma de El planeta de los simios, vuelto un micromundo de lógica propia, extensible a libros, televisión y cómics (entre ellos, el notable Cataclismo, con dibujos del rosarino Damián Couceiro). Revisitarlo es un desafío que hace dialogar a las películas entre sí.
Por otro lado, la promesa de nuevos films no hace más que extender un punto de vista complejo, en sintonía con la miríada de relatos que han potenciado –desde el cine, la historieta y las series televisivas– el concepto de mundos alternativos o paralelos. El planeta de los simios oficia a favor, con la mirada puesta en la progresión argumental entre film y film, pero también desde versiones remozadas que invariablemente sitúan su valía en el límite impreciso entre remake, precuela y secuela.

El planeta de los simios: Confrontación
(Dawn of the Planet of the Apes)
(EE.UU., 2014) Dirección: Matt Reeves. Guión: Mark Bomback, Rick Jaffa, Amanda Silver. Fotografía: Michael Seresin. Montaje: William Hoy, Stan Salfas. Música: Michael Giacchino. Reparto: Andy Serkis, Jason Clarke, Gary Oldman, Keri Russell, Toby Kebbell, Kodi Smit-McPhee, Kirk Acevedo. Duración: 130 minutos.
Salas: Monumental, Showcase, Sunstar, Village.
7 (siete) puntos

martes, 15 de julio de 2014

Sólo Dios perdona (2013, Nicolas Winding Refn)


Puños y un retorcimiento espiralado



Por Leandro Arteaga

Sin exhibición comercial, Sólo Dios perdona se sitúa como lamento para el cinéfilo, desprovisto del placer de la gran pantalla, allí donde este mundo caído debía ocurrir. La experiencia previa había sido Drive (2011), en donde Ryan Gosling componía a ese “hombre sin nombre” de armadura oxidada, todo un caballero de temple estoica, en medio de una ciudad de valores derruidos. Nada de ello hubiese sido como fue de no contarse con las mañas visuales del danés Nicolas Winding Refn.
La asociación entre los dos continúa en Sólo Dios perdona, con Gosling y sus puños en una Bangkok de cuño criminal, entre combates y apuestas, policías corruptos, violencia milenaria. Lo de los puños es literal: antes que por piñas dadas, la relación de Julian (Gosling) con sus manos esconde lo insondable, que amenaza con despertar, no precisamente ante la muerte de su hermano, sino en todo caso cuando sea su madre quien intervenga.
Acá el nombre mejor: Kristin Scott Thomas. Nada de dulzura ni arrugas, sino maternidad de mujer dura, que sabe muy bien cuál es (fue) el hijo predilecto así como acariciar con manos de incesto preciso para el logro de la venganza.
La historia, de esta manera, se anuda fácil: la madre reclama a Julian compensación ante el hijo muerto. Lo que en todo caso surge bien difícil es lo que tras el mandato se esconde. Los puños, se dijo, tienen mucho que ver. En verdad todo está allí, en lo que han hecho y habrán de hacer. Pero para llegar a ese momento cúlmine –que no es, de ninguna manera, el que el espectador podría prefigurar sino, antes bien, un momento de vientre materno, de raíz primera–, Sólo Dios perdona acumula golpes de montaje por asociación, de falso raccord, en un clima de trance emocional que hace difícil saber por dónde corren las peripecias de lo visto.
De esta manera, Julian atraviesa un devenir interno, de manos atadas, de golpes alguna vez dados, de humillación asumida. La angustia contagia al film de manera decididamente abstracta, aspecto que Drive sabía como alcanzar sobre su desenlace, con Gosling vuelto ya una sombra, un fantasma, un recuerdo. En el caso del film en cuestión, es lo alguna vez hecho lo que a Julian le pesa, lo que la madre sabe cómo recordar y, qué duda cabe, Dios perdona antes que cualquier madre.
Atravesar el paisaje onírico de Sólo Dios perdona es caer en la oscuridad, con el único final posible, feliz si cabe tal apreciación. El desenlace tiene matiz circular, que dialoga con el inicio. Estado sonámbulo que hace de Gosling el actor de cine ideal: una marioneta quieta, porque intuye el ciclo que culmina, que inicia. Vale decir: toda una marca materna, de período con sangre final. Vuelta sobre sí que también tiene en el nombre de Alejandro Jodorowsky una dedicatoria especial: un retorcimiento espiralado, que manifiesta afinidades compartidas.

Sólo Dios perdona
(Only God Forgives)
Dinamarca/Suecia/Tailandia/EE.UU./Francia, 2013. Dirección y guión: Nicolas Winding Refn. Fotografía: Larry Smith. Música: Cliff Martínez. Montaje: Matthew Newman. Reparto: Ryan Gosling, Kristin Scott Thomas, Vithaya Pansringarm, Gordon Brown, Tom Burke, Yayaying Phongam. Duración: 90 minutos.
Sólo disponible en DVD
8 (ocho) puntos

martes, 8 de julio de 2014

Oldboy: Días de venganza (2013, Spike Lee)


Un cineasta que no pierde el pulso
 
En su versión del film coreano de culto, el realizador Spike Lee mira sin piedad el lado oscuro de la sociedad norteamericana. Coreografías violentas y tamiz de historieta, en un clima de televisión tendenciosa y familias psicópatas.


Por Leandro Arteaga

Tanto tiempo sin ver una película de Spike Lee en el cine, y cuando el hiato se salda –desde la lejana El plan perfecto, de 2006–, lo hace con una curiosa nueva versión de Oldboy (2003), el film de culto del coreano Park Chan-wook. Las razones de una remake las explica la práctica habitual del cine norteamericano, pero que sea Lee el ojo detrás de la cámara, lo vuelve un juego de referencias cruzadas en estado potencial.
Esto lo confirma el talento de un realizador que tiene en su haber una obra con algunas películas maestras, entre las cuales Haz lo correcto (1989) continúa ocupando el sitial de honor, con su retrato social contenido en apenas una sola calle de barrio. El alegato crítico de Lee hace pie en su condición manifiesta de artista de color, que reverbera sobre su lugar en la industria: 40 Acres and a Mule es el nombre de su productora, en alusión a la indemnización nunca cumplida del gobierno estadounidense con los esclavos libertos. Además, Lee ya es célebre por sus arremetidas contra nombres del propio medio: su ira hacia el Django de Tarantino, el usual rol de “negro-blanco” con el que acusa al actor Cuba Gooding Jr., o su desdén hacia el chofer sumiso que Morgan Freeman compone en la oscarizada Conduciendo a Miss Daisy.
No se trata de exclamaciones gratuitas, que adornan su tarea, sino de un sentir que imbrica en su cine. Allí hay lugar para la denuncia, la revisión histórica, la autocrítica, desde una puesta en escena que le ubica como uno de los mejores narradores: Malcolm X, La hora 25, S.O.S verano infernal, Red Hook Summer, algunos de sus títulos. El cine de Spike Lee tiene, por ello, un verosímil propio, que siempre es, más allá de cuál sea el género cinematográfico o la temática. Cuando algo así sucede, es porque se está en presencia de un cineasta.
Quien haya visto la Oldboy original, recordará el travelling del martillo, de coreografía bella, de violencia bestial. Cuando le llegue el turno al film de Lee, con Josh Brolin martillo en mano, será momento de ver qué es lo que la mirada furiosa del norteamericano tiene para decir. En este sentido, Oldboy: Días de venganza propone una relación de miradas de cine, entre la venia hiperviolenta del original y la poética del cineasta de color.
La historia de Joe Doucett (Brolin), de cómo y por qué fue encerrado durante veinte años en un departamento, acusado del asesinato de su esposa, es el misterio desde el cual desplegar la revisión personal del personaje y la liberación física de su violencia. De esta manera, Oldboy es un ejercicio pendular, de ida y vuelta, un equilibrio entre el adentro y el afuera, entre el recogimiento y la furia desatada. También es la historia de una rata de laboratorio, con el televisor como contacto único, por donde desfilan publicidades, ejercicios “aeróbicos”, discursos presidenciales, y aviones que se estrellan contra torres gemelas.
Por todo ello, Josh Brolin es perfecto porque tiene la mirada hundida y el físico de granito. Recibe y da golpes en tanto relación de acción y reacción. Cuando pueda erigirse como efigie monolítica, de fuerza imparable, ya sólo se le podrá herir superficialmente, nada habrá que su cuerpo no soporte; el dolor –en última instancia– habrá de ser otro, muy diferente. Esta violencia, que por otro lado el cine de Lee supo siempre invocar –física y verbalmente– reviste aquí matices de historieta, con un verosímil que se tiñe de habilidad suprahumana, grotesca, casi abstracta; tal como le sucedía a Marv, el héroe de Frank Miller en el cómic Sin City.
De este modo, Oldboy dialoga con la película predecesora en tanto resignificación cinematográfica. Entre varios ejemplos que citar, vale el encuentro entre Joe y los jóvenes futbolistas americanos, no sólo por la paliza que les da, sino por los lagrimeos “en pose” de sus novias high-school. El ámbito escolar será nudo para el devenir del film: cuando allí se dirijan los recuerdos a los que la investigación obliga, con una bandera norteamericana como prólogo, terminará por revelarse una violencia congénita, inherente a esta sociedad, con un deprecio inserto y programado desde las aulas de estudio, entre jóvenes entrenados para mortificar a la víctima de turno. Borrachos, pendencieros, de apellidos con dinero; nido de ratas, en suma, de donde no sale nadie tan heroico, nada tan puro.
Por recabar en este pozo que hiede, de donde emergen todos sus personajes, Oldboy adhiere al cine negro, o de acuerdo con la tipología habitual, al neo-noir. Por un lado, por la tradición en la que se inscribe, en la que el cine norteamericano tiene los ejemplos mejores; por el otro, por la incidencia del cine de oriente, única plaza cinéfila actual preocupada por revalidar los géneros cinematográficos.
Lo que sucede, al fin y al cabo, no es una de las mejores películas de Spike Lee, pero sí suficiente como para rubricar un sello de cine al lado de tantas producciones formateadas por el mercado. Persistir en la comparación entre las dos Oldboy no tiene otro sentido más que lúdico. En todo caso, mejor será abocarse a lo que en el film de Lee aparece en tanto puesta en escena, atenta –claro que sí– con el título de origen, pero mucho más con lo que ha hecho de Spike Lee uno de los cineastas más brillantes de su época.

Oldboy: Días de venganza
(Oldboy) EE.UU., 2013 Dirección: Spike Lee. Guión: Mark Protosevich, basado en el manga de Garon Tsuchiya y Nobuaki Minegishi y en la película surcoreana homónima. Fotografía: Sean Bobbitt. Montaje: Barry Alexander Brown. Música: Roque Baños. Reparto: Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Sharlto Copley, Samuel L. Jackson, Michael Imperioli, Pom Klementieff, James Ransone Duración: 104 minutos.
8 (ocho) puntos
Sala: Cines Del Centro.

Francisco Paronizini: entrevista


Historietista de páginas que vuelan

Dueño de un pulso narrador preciso, Francisco Paronzini dibuja historietas para Estados Unidos, Canadá y Grecia. A punto de estrenar un nuevo libro. La falta de contacto con el público de la ciudad.

Por Leandro Arteaga

La historieta en Rosario circula de modo errático, se sabe. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se ha consolidado una manera posible, que encuentra lugar en el mercado extranjero y permite el logro profesional de los dibujantes. Nada es perfecto, el precio a pagar es el desconocimiento que sobre ellos la ciudad tiene.
No se trata de una mirada melancólica, que disipe penas en tiempos pasados, sino de subrayar el empecinamiento de los artistas. Entre ellos, destaca Francisco Paronzini, con estudios en Bellas Artes (UNR) y una obra que conoce publicación en muchas de las más importantes editoriales estadounidenses. El recorrido de Paronzini suma muchos años y páginas, y el dibujante tiene bien en claro que “el contacto nuestro con el lector (de Rosario) es prácticamente nulo”.
Eduardo Risso es quien siempre aparece como nombre señero. Con él han tenido contacto profesional muchos de los dibujantes de la ciudad. Porque “Risso es quien formó a la mayoría de los que estamos publicando afuera”, explica Paronzini. “En mis comienzos iba a un taller donde Marcelo (Frusin) era el profesor y Leandro (Fernández) compañero. Hacíamos historietas como un placer y nada más, no teníamos aspiraciones profesionales, nos juntábamos en el taller por hobby. Hasta que aparece Eduardo, que venía publicando en Europa con mucha producción de páginas, y necesitaba un ayudante. Así fue cómo entró Leandro, luego Marcelo, después aparecí yo. Ahora está Germán Peralta, quien en cualquier momento también ‘vuela’. Risso fue el formador, quien nos fue bajando línea, indicando por dónde era el camino.”
Al lector desprevenido, bien viene comentar que Frusin está en estos momentos trabajando para Dargaud (Francia) y Fernández para Vertigo/DC (EE.UU.), en dos proyectos que son corolarios de trayectorias internacionales. Que dan cuenta de la impronta que Risso significa en tanto historietista y conocedor del medio. Si se rastrea algún rasgo estético coincidente entre todos ellos –aún cuando sean dibujantes a veces disímiles– es la sabiduría narrativa.
“La narrativa es el fuerte de la historieta de Risso, así como de la historieta argentina en general; es decir, ser narradores consistentes y tener un buen manejo del blanco y negro, algo que Eduardo maneja a la perfección”, distingue el dibujante. “Por lo general, Risso no nos corregía cuando le llevábamos nuestras propias páginas. Él no hacía hincapié en ‘esta mano o este ojo están mal’, sino que nos señalaba ‘enfocá distinto acá’, ‘poné una sombra de este lado’, ‘más clima’, el énfasis iba por ese lado, por la narrativa antes que por el dibujo. En ese sentido, nos decía ‘agarren un libro de anatomía y corrijan los errores ustedes’. Después nos hizo aprender a trabajar de manera profesional, más allá del trabajo en la hoja, a ver más o menos la manera de cómo vender el trabajo propio; porque uno puede ser un gran dibujante, pero si se queda encerrado en su casa es muy difícil lograr algo, más aún cuando en Argentina la mayoría de lo que se ve son autoediciones o ediciones de material que fue vendido afuera años atrás.”

-¿Cuáles fueron tus primeros contactos editoriales importantes?
-Mi primer trabajo para la editorial Dark Horse fue Dead to Rights, la adaptación en novela gráfica de un video juego; después vino Cinnamon, la miniserie para DC, una especie de renacimiento de un personaje antiguo para el público actual. La historia original era la de una vaquera a la que le matan el padre en un asalto al banco. Lo que me tocó dibujar fue a esta vaquera ya grande, cuando uno de los hijos de los asesinos -de los que ella se había vengado- la quiere matar, pero en la actualidad, ambientado en los suburbios de Los Angeles. La historia era medio loca.
Los trabajos posteriores de Paronzini van desde un episodio de Star Wars hasta la tarea de entintador en páginas de Leo Fernández, para los sellos Wildstorm y Marvel. También ha participado de Legion: Prophets (IDW), precuela en cómic de la película Legión de Angeles (2010). Sus lápices han visitado el mundo editorial de Canadá: a través de los títulos Legion Unleashed, junto al escritor Richard Evans, y Gryfalcon, con Dino Caruso; así como el mundo editor griego: con los libros Kingdom of Light y Theoktonia, de la compañía Deimos Comics.

-¿Cómo era el proyecto de historietas digitales [Operation Ajax, Cognito Comics] donde participaste?
-Era un cómic para bajar por iPad, en donde las tapas –que es lo que yo hice– estaban animadas con el programa After Effects. Eran varios dibujos que se animaban, de manera que había que dibujar las capas por separado, a eso le agregaban sonido y voces en off, y resultó en una manera de leer historieta bastante particular, era multimedial, casi un intermedio entre película y cómic. Se compraba en tiendas de Apple. Hice dos tapas, el equivalente a veinte páginas convencionales.

-¿Es posible mantener la continuidad laboral?
-Por lo general, si el proyecto es muy grande me aboco completamente, y cuando faltan diez, quince páginas –más o menos un mes para terminarlo- empiezo a tirar línea para ver qué más puede surgir y no tener un bache muy grande entre un trabajo y otro. A veces es inevitable, pero más de una vez las propuestas se superponen.

-¿Qué es lo que estás haciendo ahora?
-Estoy con una novela gráfica, Hugo Broyler, para Magnetic Press, una editorial norteamericana nueva, que saca su primer libro. El dueño de la editorial es Mike Kennedy, el escritor con el que empecé a trabajar cuando dejé de hacerlo con Risso. Se mantuvo una relación de amistad, que conservamos durante las veces que pude viajar, cuando estuvimos en las convenciones de San Diego y Nueva York. Tiene una gran carrera de escritor, trabajó también en videojuegos, y junto a otro editor fundaron Magnetic Press. El libro está anunciado para noviembre, tiene más de 70 páginas y formato tapa dura.
En la historieta, Hugo Broyler está decidido a recuperar su vieja gloria en los circuitos de carreras, en un futuro cercano donde el riesgo de vida se tiñe con promesas de fama y fortuna. La puesta en página de Hugo Broyler puede disfrutarse en www.sequentialink.com/comic/hugo-broyler, así como muchas de las ilustraciones del autor en http://franciscoparonzini.blogspot.com.ar/.