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sábado, 8 de agosto de 2009

Diego Fischerman (entrevista): Piazzolla, el mal entendido (Edhasa, 2009)


Piazzolla: conservador y revolucionario


“El libro intenta poner en escena la idea de pensar el tango como música” señala Diego Fischerman, como corolario a una investigación tan fascinante como la misma obra musical -y vida personal- que la provocan.


Piazzolla. El mal entendido
Diego Fischerman
Abel Gilbert
Edhasa
408 pags.
$59





Como si fuese un laberinto de muchos recorridos posibles, pero ordenados meticulosamente. Una estructura que orienta en el transcurso de una vida y obra apasionantes, complejas. Ésta es la sensación que camina en uno luego de la lectura de Piazzolla, el mal entendido, recientemente editado por Edhasa, y coescrito por Diego Fischerman y Abel Gilbert.
Porque el personaje Astor Piazzolla (1921-1992) navega en un contexto que se ramifica demasiado, del que es imposible desprenderse y hacia el cual el músico inevitablemente refiere. La figura, la obra, el contexto. “Lo bueno es que lo hayamos logrado, ya que formó parte de la idea de que estudiar una música o un músico debe servir para entender más su época; y por otra parte uno también quiere entender la época para poder entender esa música”, señala Fischerman.
“Esta sensación era muy fuerte con Piazzolla; por un lado, Piazzolla permitía entender su época -o sus épocas, porque además tuvo un recorrido muy largo-. Su infancia coincide en Nueva York con la aparición del micrófono, sus últimas grabaciones ya tienen que ver con la tecnología digital; empieza con la orquesta de Troilo, en su momento de oro -el primer arreglo que él firma para la orquesta es de 1943-, y llega a hacer jazz-rock, de una forma particular, con un estilo piazzolliano, y a ser un referente para los músicos de rock. En ese sentido, prácticamente no hay un equivalente en Argentina, no sólo por la importancia o el peso específico de su obra, sino por esta característica que quizás haya tenido Miles Davies en Estados Unidos, de ser alguien que se recicló a sí mismo muchas veces, que siendo ya un compositor muy importante dentro del tango decide, en un momento, cambiar totalmente de rumbo y empezar con grupos chicos, con la idea del quinteto y del grupo solista, y no escribir más para orquestas de tango. Si no hubiera tomado ese rumbo hoy estaría en la historia del género como Osmar Maderna, Argentino Galván o como Emilio Balcarce, como los grandes nombres de la composición y de la orquestación del tango.

El libro pareciera construir un personaje que nunca está conforme…

-Es cierto, es una observación fantástica, hay algo de esta incomodidad. En el libro no quisimos ser psicologistas, pero de todas maneras uno podría pensar que este hablar mal el castellano, y la renguera que tenía en un género que se definía por el baile, también implicaba un desacomodo permanente. Piazzolla escucha el tango en Nueva York, en Mar del Plata, escucha el jazz con una oreja que no es precisamente la del jazz… está todo el tiempo un poco “corrido”, y esto que podría ser una desventaja, y que él siente un poco así y trata de disimularla contando historias a veces con un poco de fantasía- la verdad es que lo favorece. El desacomodo es el que hace que termine con un estilo absolutamente único y totalmente distinto de cualquier cosa que se hubiera hecho en el mundo. Hay que pensar que en las grabaciones del quinteto, ese grupo está tocando de esa manera en un momento en que el quinteto de Davies con (Wayne) Shorter todavía no existe, en un momento en que los Beatles todavía hacen rock and roll, en el que la música de tradición popular ha tomado poco vuelo, quizás en algunos músicos de jazz pero no más allá de eso… y este tipo en Argentina está haciendo esa música, con un grupo que suena de una manera absolutamente prodigiosa.

La lectura del libro es apasionante, pero también revela matices, contradicciones, complejidades… ¿cómo resultó la colaboración para la escritura entre dos?

-En principio es un libro que pensamos iba a ser más fácil y rápido, y después se nos fue ramificando muchísimo. En un primer momento, iba a ser un libro de análisis, partiendo de la base de que los datos estaban. Cuando fuimos a buscarlos, a releer bibliografía, empezaron a aparecer contradicciones muy evidentes, algunas que yo mismo había tomado como ciertas y con las que me había equivocado, y ahí comenzó a hacerse necesario un trabajo de investigación más riguroso. Pero hacer un libro a cuatro manos es mucho más fácil; éste es un libro pensado desde la amistad, donde muchos de los temas del libro y cierta teoría sobre la música popular que se intenta plasmar tienen que ver con charlas de los últimos quince años. Abel ha leído mis libros antes de publicarse, y yo los suyos antes de que los publicara, además hablamos de música y escuchamos música permanentemente. El trabajo tuvo una parte conjunta que tenía que ver con escuchar, analizar en la escucha y anotar lo que se nos iba ocurriendo, después una parte de chequeo, de búsqueda, y después de escritura a solas; pero después todos los textos pasaban por las cuatro manos, fue una mecánica apasionante y gratísima.

Uno podría pensar al libro, también, como una manera de mirar la actual ausencia de crítica musical. En una reciente entrevista en Radar, se evidenciaba un poco esta situación.

-Hay muchas razones. No sé si nos quejamos de, en todo caso verificamos esto. Por un lado es cierto que los años sesenta, la época de mayor producción de Piazzolla, era una época en la cual la idea del progreso estaba muy presente, la idea de que un disco tenía que ser distinto del disco anterior. Los grupos de rock entre, digamos, Revolver o Rubber Soul -que son una bisagra en esa manera de pensar la música de tradición popular como terreno fértil para la experimentación-, ciertas cosas que pasaban por el lado del jazz, Piazzolla en el caso de la música argentina, etc., hay una necesidad de originalidad, de cambio, de novedad, de revolución. Piazzolla acude muchas veces a esas palabras: tango progresivo, tango contemporáneo, tango moderno; utiliza un poco indistintamente esas palabras, que después desaparecen. Hoy en realidad no hay esta sensación de avidez, o esta necesidad de novedad. De hecho, muchas cosas que eran corrientes, que podían llegar a ser masivas -quizás no en Argentina pero sí en otras partes del mundo, como Hendrix o The Doors- hoy no entrarían en la mayoría de las radios. Cuando yo era chico escuchaba lo que Hendrix tocó en Woodstock, la subversión del himno norteamericano entremezclado con bombas y con verdadera experimentación sonora en el programa Modart en la noche. Hoy ningún programa de una radio comercial pasaría algo de ese tipo. Y por otra parte, efectivamente Piazzolla criticaba a Troilo porque hacía veinte años que hacía lo mismo, y hoy en realidad tenemos ya muchos más años que veinte de los Redondos pareciéndose a sí mismos, o del Indio Solari pareciéndose a sí mismo, o de Cordera pareciéndose a sí mismo, y a nadie le parece mal; a nadie le parece mal tampoco que Mick Jagger siga cantando Satisfaction y haciendo gestos de adolescente. Esto en los ‘60 no hubiera sido tolerado. Ahora, esa es una parte. La otra es que la relación de los argentinos con la música es complicada. Obviamente, escuchamos mucha música, la música forma parte de nuestras vidas. Pero en el caso del tango nunca se habla como música, se habla del tango en relación con su poder de demarcación de un lugar determinado, en relación con la identidad nacional o con la identidad porteña o cosas por el estilo, es más, cuando se habla del tango con mayúsculas, como una unidad, se destruye todo aquello que tiene que ver con sus especificidades musicales, donde claramente la orquesta de Salgán no es igual a la de Tanturi, digamos. Cuando dicen el tango es la identidad… ¿Cuál? Qué tango? ¿El de D’Arienzo o el de la orquesta de Francini y Pontier? ¿El de Echagüe, que era un cantor más bien patotero, que cantaba en lunfardo, o el del primer Goyeneche, que era un cantante exquisito? Entonces, sobre este tipo de cosas no ha habido reflexión y, además, ha habido una relación muy pobre, en principio, entre la intelectualidad y la música, cosa que no sucedió en otras partes. En Brasil hay muchísima reflexión, ha habido polémicas, hay muchísimos libros que han reflexionado sobre la bossa nova, el tropicalismo, sobre Caetano, sobre Chico Buarque, sobre Villa-Lobos; acá no tenemos un solo libro sobre el estilo o la evolución en los estilos de orquestación de Troilo, por ejemplo. No tenemos un solo libro sobre el surgimiento del rock nacional, hay historias míticas -Tanguito y la Perla del Once, esas cosas- pero dónde está la Historia, qué se hacía en ese momento, cómo fue recibido; es decir, la mínima reconstrucción de la recepción. ¿Qué salía en los diarios sobre Almendra? ¿Salía algo? No, no había crítica de música popular en aquel momento. Independientemente de la falta de un espíritu crítico, lo que hay es lisa y llanamente falta de reflexión en la música, que se traduce, por otra parte, de una manera casi topológica en las librerías, donde no hay libros sobre música. Una revista como Contorno en los años ’50, que reflexionó sobre casi todo, que revisó la Historia, la literatura, releyó el peronismo, opinó sobre artes plásticas, sobre teatro, sobre cine, sobre música no opinó.

¿Cómo sale usted después de la experiencia que supone un libro semejante?

-Este es claramente un libro que nos transformó, en principio porque nos llevó cinco años, hay una sensación de que a Piazzolla ahora lo conocemos mucho más, tengo la fantasía de que me imagino qué hubiera contestado Piazzolla ante determinada cosa, qué hubiera hecho. Pero la sensación de entender, de todos modos, uno no la tiene nunca. Todos los personajes son complejos, pero Piazzolla es especialmente complejo. Tiene esta virtud de desacomodarlo a uno. Pensá que Piazzolla es alguien que por un lado reclama el gesto de la revolución, y por otro lado es alguien muy conservador, es alguien que forma parte del mundo intelectual que uno podría identificar con lo que era la izquierda, incluso la vestimenta o la forma de manejarse, etc., pero por otro lado obviamente no es de izquierda, desorienta…

Descargar nota (Linterna Mágica, 24/07/09)

Leer nota en Rosario/12 (08/08/09)


domingo, 17 de mayo de 2009

Impresiones porteñas (2009, Laura M. Costa, Marcela Gené) (entrevista)




Impresion
es porteñas
Imagen y palabra
en la
historia cultural de Buenos Aires

Laura Malosetti Costa, Marcela Gené (comp.)
Edhasa

Colección Ensayo
Edición 2009, en Rústica
312 páginas
Argentina: $ 48.00



El recorrido ensayístico, de detallismo y análisis, que promueven Laura Malosetti Costa y Marcela Gené, da por resultado un libro atrapante. Porque el mismo punto de encuentro, de partida, así nos lo propone: las imágenes impresas y sus vínculos con la palabra. Bucear a partir de ellas y, junto con las publicaciones que las contienen, trazar un itinerario que encuentre en el cambio de siglo el enclave. Es, entonces, una estructura triádica la que nos ofrece Impresiones porteñas: durante el siglo XIX, la transición, y pleno siglo XX.
Desde allí, las temáticas abordadas serán: los peinetones, la imagen del artista, las femmes de lettres y Plus Ultra, Caras y Caretas y la cultura masiva, la impresión fotomecánica, los grabados, El Sol, Martín Fierro y Alberto Ghiraldo, más la gráfica y la prensa antifascista y porteña.
Como decíamos, una suerte de fresco social, de proyectos -icónicos- de país que se entrecruzan, desdibujan y fascinan.

Laura Malosetti Costa es Doctora en Historia del Arte (UBA) e investigadora independiente de CONICET, Profesora Adjunta de la carrera de Artes en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y Profesora titular del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES). Es autora de varios libros de historia del arte argentino, entre ellos Los primeros modernos. Arte y sociedad en Buenos Aires a fines del siglo XIX (FCE, 2001), así como de numerosos artículos en libros y revistas especializadas. Ha recibido becas de la UBA, Fundaciones Rockefeller y J. Paul Getty (posdoctoral), y las universidades de East Anglia y Leeds (Inglaterra). Es Profesora invitada en varias universidades argentinas y latinoamericanas y de la Universidad de Leeds, Inglaterra.
Marcela Gené es licenciada en Historia del Arte de la UBA, Profesora titular de Historia de la Comunicación Visual I y II de la carrera de Diseño Gráfico de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la misma universidad y Docente de posgrado en la carrera de Diseño Comunicacional. Es autora de Un mundo feliz. Imágenes de los trabajadores en el primer peronismo (1946-1955), FCE, 2005. Es presidente del Centro Argentino de Investigadores de Arte.


Linterna Mágica (15/05/2009) dialogó con Marcela Gené acerca de Impresiones porteñas y sobre la permanencia mediática y por siempre política de las caricaturas.
Descargar nota

domingo, 26 de abril de 2009

El colectivo (2009, Edhasa), de Eugenia Almeida. Entrevista con la autora.


Colectivo indiferente,
personas indiferentes



El colectivo
Eugenia Almeida
Edhasa
Buenos Aires
2009
Argentina: $ 32.00

Resto del mundo: U$S 10.67


En El ángel exterminador (1962), Luis Buñuel dejaba que su peculiar fauna de personajes fuese víctima de sí misma. Luego de la fiesta, en aquel film nadie salía de la casa y nadie se preguntaba o cuestionaba lo que ocurría. Simplemente, continuaban con las nuevas reglas. Se naturalizaba lo extraño. Algo de ello, pude uno asociar, ocurre también en el pueblo pequeño de El colectivo, donde Eugenia Almeida (Córdoba, 1972) nos cuenta, entre otras cosas, cómo el colectivo –de repente y sin explicaciones- deja de parar a la entrada, así como la barrera de ferrocarril queda baja sin trenes que la justifiquen.
Un grupo de personas de todos los días, trabajadoras, curiosas –algunas- y prejuiciosas –muchas- son los partícipes de esta historia de rumores y, sobre todo, amaneceres oscuros. Son estos pequeños elementos –el colectivo que pasa de largo, el paso vedado- los que anuncian, por ello, tiempos extraños. El comisario no termina de entender lo que ocurre, las versiones respecto del prófugo no son claras, tampoco el proceder correspondiente, pero decide seguir fiel a su línea jerárquica. De todos modos, la mano quemada por distracción, roja y sensible, ya no puede saludar al militar superior. Es 1976. Pequeños gestos, síntesis mayúsculas.
Serán varios los que allí continúen con su hacer cotidiano como si nada raro ocurriese, donde los mensajes de radio dan informaciones encontradas, y donde las comadronas de barrio sabrán resolver tanta bataola desde su labia infame. Pero hay alguien a quien su salida demorada se le está volviendo estadía, mientras un grupo numeroso, como si se tratase de un espectáculo fellinesco, se reúne para ver cómo el colectivo pasa de largo ante su figura de abogado distinguido. Quizá uno de los mejores momentos del libro.
Más una pareja que debe huir, que se atreve a saltar la barrera limítrofe, suerte de fantasmas errantes de quienes se dice y se decide desde las palabras de todos. Cada uno acomodará lo que ocurra de acuerdo con sus costumbres. Pareciera que nada, entonces, se altera. Siempre habrá quien sepa explicar.
También hay una vía que separa mundos, modos de ser y de vivir. Qué escándalo será decidir vivir del otro lado, donde se viste y se habla de formas diferentes, donde se es víctima, dicen, de ladrones sin remedio.
Todo ello como micromundo, como hábitat funcional, como serpiente recién salida del huevo, lista para devorárselo todo.
El colectivo fue distinguido en 2005 con el Premio Internacional Dos Orillas, organizado por el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón (España). Se ha publicado en España, Portugal, Grecia, Francia e Italia. Hace poquito leía a Umberto Eco, en su prólogo al Saint-Exupéry de Hugo Pratt, señalar que los escritores escriben para viajar o viajan para escribir. No como juego de palabras, sino como situaciones que se requieren. Así le ha ocurrido a la autora, invitada a participar de distintas actividades internacionales, y presta a la publicación de una segunda novela, La pieza del fondo, a editarse en 2009 por Edhasa y por Editions Métailié (Francia).

Entrevista con Eugenia Almeida
en Linterna Mágica (24/04/2009):
Descargar

jueves, 12 de marzo de 2009

El juego favorito (1963, Leonard Cohen)


Caminar, amar, perder, escribir

El juego favorito
Leonard Cohen
Traducción: Agu
stín Pico Estrada.
Edhasa, Bs. As.,
2009
Argentina: $ 39.00
Resto del mundo:
U$S 13


Bajo mis manos
tus pequeños pechos
son los vientres, vueltos hacia arriba
de golondrinas caídas que respiran.

(p.182)


Cuando uno recuerda, porque el mismo texto nos lo hace necesario, que el título del libro es El juego favorito, es entonces cuando nos encontramos con una verdad revelada, con minúscula y melancólica. Pero no desde quien gusta de vestir nubes grises o posturas vacuas, sino como corolario de un sentir que no puede terminar de traducirse en palabras. A la manera de una imagen que sirve de raíz al relato leído.
En El juego favorito, novela de Leonard Cohen (1934, Montreal) publicada originalmente en 1963 y ahora traducida por Edhasa, el artista canadiense desarma una historia de vida que vuelve sobre sí, alterna sus tiempos, no nos dice demasiado acerca de su presente, y se desgrana con suavidad. La vida de Lawrence Breavman, su protagonista, alter-ego inevitable del propio Cohen, nos es rememorada como si se tratase de una voz introspectiva, dedicada a mirarse, a deconstruirse, a pensarse. Como si fuese, tal vez, una lectura de diario personal, tenso y contradictorio, pleno de búsquedas y pérdidas.
De señalar un nexo hilvanador entre las diferentes escenas de vida, ese elemento es el cariz poético que las elige y enhebra. Asistimos al devenir de Breavman porque nos adentramos en quienes le rodean, en la Montreal que cambia de facciones y arquitectura así como él de cuerpos. Cuerpo que se sabe niño, que reviste pulsiones irrefrenables, que conoce surcos arrugados. Más un alma que se envuelve de misterio ante el ataúd frío de aire acondicionado y ceremonia de palabras religiosas pero vacías, momento terrible, donde la despedida al niño querido, único vínculo paternal para un Breavman nunca padre, incómodo y a disgusto como responsable en un campamento de niños ricos, golpea al lector tanto como al personaje, como si se tratase de una libertad que, por plena, muere arrollada y perdida entre pastizales.
Pero éste no es más que uno de esos momentos íntegros y llenos de vida, proclives a comprender un pensar que ha debido soportar y pelear un mandato materno y religioso –mientras escucha las denuncias una madre judía y en desquicio-, que ha soñado con hipnotizar el deseo femenino a su antojo, que supo entender como inolvidable -por prontamente lejano y perdido- un momento de amistad, que reconstruye un cuerpo femenino desde diferentes tactos y caricias y decires y nombres, más un amor que se revela como duda, como decisión, como conflicto.
Lawrence Breavman es, podríamos decir, el personaje que de a poco elije, porque así lo prefiere, la voz narradora. Cuando nos adentramos en su mosaico de vida, fragmentado, caleidoscópico, maravilloso, quedamos sujetos a él, como línea de un mismo poema. Es allí cuando nos damos cuenta de cómo las palabras endulzan el alma lectora.
Por momentos descarnado, por momentos de un rebosante desafío adolescente –siempre poético, nunca cegado-, por momentos lírico y bello, El juego favorito culmina por conformar una canción dolida, vuelta a escuchar en un bar de recuerdos escondidos, con una ciudad cambiada, con un periplo de vida ocurrido, con un amor que es compañía porque también es distancia.

Descargar:

Reseña músico-literaria sobre Cohen en Linterna Mágica (13/03/09).
Intervienen: Gustavo Milano y Leandro Arteaga.
link descarga: http://www.mediafire.com/?jynlydjfitd