domingo, 17 de octubre de 2010

Un profeta (2009, Jacques Audiard)


Profecías desde un mundo caído

Un profeta
(Un prophète)

Francia/Italia, 2009. Dirección: Jacques Audiard. Guión: Abdel Raouf Dafri, Nicolas Peufaillit, Thomas Bidegain, Jacques Audiard. Fotografía: Stéphane Fontaine. Música: Alexandre Desplat. Montaje: Juliette Welfling. Intérpretes: Tahar Rahim, Niels Arestrup, Adel Bencherif, Hichem Yacoubi, Reda Kateb, Jean-Philippe Ricci. Duración: 155 minutos. Solo disponible en DVD

Por Leandro Arteaga

Es una pena que se reitera la de tantos títulos que no conocen exhibición comercial, aún cuando podría haberse augurado lo contrario. Tal es el caso de Un profeta, último film del francés Jacques Audiard (El latido de mi corazón, Lee mis labios), que arrasara con los premios César del último año, ganara el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes, y obtuviese su nominación al Oscar en el rubro Película Extranjera.
Un profeta traza el recorrido penal de un convicto árabe en suelo francés. Malik El Djebena (soberbiamente interpretado por Tahar Rahim) es bisagra de un submundo corrompido, que conoce reglas alternas, solapadas por el manto social y policíaco. Anclaje entre sí –su soledad- y los corsos, quienes lideran a través de César Luciani (Niels Arestrup) el mundo carcelario. Un ir y venir de directivas que desnudan, de a poco, el funcionar hipócrita muros para adentro.
Por un lado, Un profeta es no-lugar asignado a los inmigrantes en territorio francés. La sociedad negada y reencontrada en la cárcel. Es en este sentido que algún discurso de Nicolas Sarkozy dejará escucharse, suficientemente, de boca de una periodista televisiva. Por otro lado, el micro-mundo carcelario es parábola de segregación étnica, que recuerda situaciones similares a las que ya expusiera el realizador norteamericano Spike Lee en películas como Fiebre de amor y locura (1991) o la notable Haz lo correcto (1989). Es así que la marginación no solo es asumida sino también practicada entre los mismos segregados.
Por ende, Un profeta es un film violento. No puede ser de otra manera. Malik buscará –si bien, obligadamente- la protección de César. Un bautismo brutal será el portal de ingreso. A partir de allí, muchas otras instancias de obediencia y de sumisión, mientras Malik obtiene, entre insultos y humillación, salidas diarias y un plan personal que irá cobrando forma de manera gradual.
Es esta gradación la que Jacques Audiard maneja tan hábilmente, porque es allí donde radica el entramado argumental y su narración. El espectador podrá hilvanar de forma paulatina, durante los 155 minutos del film, el proceder de Malik: ¿Hacia dónde se dirige? ¿Sus insultos son reacciones de impotencia o juramentos? ¿Alucina o predice?
Allí, entonces, el vínculo con el título del film, semblanza árabe en la que las visiones confluyen en una supuesta predestinación. Malik como traidor en uno y otro bando, como gestor de delirios místicos que no sabe muy bien qué significan o si realmente los soñó o si solo los recordó en el momento justo, como simples déjà vu.
Poca importancia tiene lo cierto de todo esto, siempre y cuando funcione como entramado de fe, como raigambre que unifique y perpetúe lo mismo de siempre, sistémicamente, en una cárcel que opera como engranaje sustancial de una sociedad igual de corrupta.

1 comentario:

Felipe Nicastro dijo...

Ese título me hace sospechar que me están insultando, con "justa razón" (ja!), por pensar críptica y ajenamente al mundo musulmán.
Genial, complejísima película y una brillante reseña.
Saludos!