martes, 16 de abril de 2013

Oblivion (1013, Joseph Kosinski)


La sonrisa del primer plano


Por Leandro Arteaga
Rosario/12 (15/04/2013)

Nada peor que Tom Cruise clonado. Pero si bien esta sola pesadilla sería motivo suficiente, mejor explicar más. A ver cómo. Oblivion aparece como la nueva incursión del actor en otra vez lo mismo de siempre. Porque poco es lo que pueda decirse de Cruise por fuera de su estampita de gelatina dura, con sonrisa de soldadito feliz. Quizás algunas excepciones, pero que lejos están de alterar su lugar en tanto emblema de actorcito pedante, repleto de dinero, capaz de expulsar directores de sus películas, así como de decidir el corte final de montaje.
Ello no significa negar su carisma, acorde con lo que una estrella de Hollywood, más o menos, debiera ser. Potencial descubierto tempranamente, y que fuera también señalado por el propio Billy Wilder a Cameron Crowe, en el magnífico libro Conversaciones con Billy Wilder. Pero de allí a justificar sus films, hay una distancia de abismo. Al menos en lo que respecta a la mayoría, encargada de acentuar su sonrisa de primer plano, así como de respaldar –aquí lo verdaderamente molesto- una misma concepción de mundo.
Esta mirada, este lugar que organiza semánticamente e ideológicamente, se traduce en la figura de un héroe que, al menos, la serie Misión imposible tuvo el buen gusto de parodiar. O, por lo menos, la primera de ellas, capaz de desarticular lo que tan ordenado parecía para descubrir su cara oculta. Pero ese es cine de Brian De Palma. Mientras que Oblivion es un refrito, pobre, de ciencia-ficción.
En este sentido, agregar todas las películas que se recuerden y mezclar bien. Entre ellas, por ejemplo, citar Blade Runner, Mad Max, El planeta de los simios. Pero no desde la coincidencia temática o el espíritu afín, sino desde la cita hueca, en tanto rasgo de superficie, que adorna a una historia que es contada con todos los vicios aburridos del cine de acción contemporáneo, para el lucimiento físico de su actor, desde la réplica pobre hacia el mundo paranoico de Philip K. Dick. Tanta y tan buena supo ser la ciencia ficción norteamericana, pareciera decir Oblivion con sus ecos de lo que alguna vez fue un gran cine.
Todo esto porque, entre otras cosas, si algo hizo tanta narrativa brillante como la que el género tuvo, fue denunciar, criticar, alertar, filosofar, acerca de la relación entre ser humano-máquina-naturaleza. Todo un abanico de autores se abre desde este vínculo. Mirada de desencanto –James Ballard mediante- que Oblivion atrae hacia sí para vaciar de contenido, llenar de “vueltas de tuerca” argumentales, y culminar con la reinstauración de la familia feliz.
Algo de develación argumental esta nota contiene, pero, la verdad, ¿qué película de Tom Cruise podría terminar sin él? ¿Y encima estando clonado? Lo que significa, ¿de qué buena ciencia ficción se podría hablar en estos términos?


Oblivion, el tiempo del olvido
(Oblivion) Estados Unidos/2013
Dirección: Joseph Kosinski. Guión: Joseph Kosinski, Karl Gajdusek, Michael Arndt. Fotografía: Claudio Miranda. Música: Anthony Gonzalez, M.8.3. Montaje: Richard Francis-Bruce. Reparto: Tom Cruise, Morgan Freeman, Olga Kurylenko, Andrea Riseborough, Nikolaj Coster-Waldau. Duración: 126 minutos.
Salas: Monumental, Showcase, Sunstar, Village.
3 (tres) puntos

viernes, 12 de abril de 2013

El amansador (2013, Arturo Marinho): entrevista


De la relación entre hombre y animal


En Arrufó vive y trabaja Oscar Piumatti, amansador de caballos que protagoniza el nuevo trabajo de Arturo Marinho. El amansador, de estreno en El Cairo, ha ganado en la convocatoria de la Televisión Digital Abierta.

Por Leandro Arteaga

El amansador es el título del último trabajo de Arturo Marinho, al que se añade en su cartel gráfico la frase “Una historia de transformaciones”. Cambiar o, mejor dicho, transgredir la manera acostumbrada del entender, para participar de una mirada distinta, superadora. El tema viene dado por la relación entre humanos y animales, puntualmente entre un amansador y los caballos, y a través de la película como tentativa que invita a los espectadores. La función especial del próximo viernes 12, a las 20.30, en El Cairo Cine Público (Santa Fe 1120), será propuesta consumada.
También señalar que El amansador es parte de un recorrido que el cineasta desarrolla desde formatos distintos –cine, televisión-, con experiencias de vida que le conectan de manera personal. El caso anterior vino dado por Detrás de la línea amarilla (2011), notable ir y venir entre Barcelona y Rosario, que va y viene a su vez desde la vida del protagonista, entre datos sabidos, intuidos, como también en cuanto al trazo difuso que se enhebra entre los registros de tipo documental y ficción. Ahora, mismas búsquedas pero bien lejos de la urbe, en el seno de un pueblito del norte de Santa Fe. “Los rubros y rótulos son un problema que tiene que ver con las convenciones, pero en algún lugar hay que situar a los trabajos, sobre todo cuando se aplica a determinados espacios de concursos o de programaciones. A mí siempre me parece muy fina la distinción entre documental y ficción, por lo menos desde donde me siento a trabajar. Nunca pienso puntualmente en uno u otro registro, si bien siempre parto de situaciones fuertemente documentales, en el sentido de que existen, pero en verdad existe todo, también la ficción. En un punto, la ficción también es un juego de verosímil con el espectador. En el caso de El amansador, sería un juego de inverosímil” dice Marinho a Rosario/12.

-¿De dónde viene el interés por este proyecto?
-El amansador es un proyecto de hace un par de años, y que me llega de una manera relativamente casual. Mi trabajo anterior estuvo delimitado por recorridos en las ciudades de Barcelona y Rosario, y me interesaba salir de lo urbano, quería cambiar. Había visto unas protohistorias con posibilidades de ser narradas, y las encontré en Arrufó, un pueblo muy cercano a Ceres, bastante lejos de los centros grandemente poblados. Mi aproximación se dio desde el lugar del asombro, de la curiosidad. No se trata de un documental de observación, tampoco de un documental estricto, ya que hay situaciones que fueron ficcionalizadas, en el sentido de que tienen una métrica, una duración, un tiempo y espacio determinados, y eso es un poco diferente a lo que es en realidad el día a día de estos personajes.

-¿Por qué la distinción entre domar y amansar?
-Porque hay una diferencia sutil y tajante, y tiene que ver con la propuesta de este hombre (Oscar Piumatti), alguien que no hacía esta tarea habitualmente. Oscar fue despedido de la EPE, atravesó una profunda depresión durante tres años, y cuando emergió de su pozo comenzó a hablar con los caballos, lo que ya permitía toda una serie de líneas narrativas. La idea fue la de contraponer su tarea a lo que es el trato violento con los animales. En ese sentido, la pieza tiene un fuerte anclaje. Este hombre retoma muchas de las tradiciones y formas de tratar a los animales de los indígenas de la zona, y no de los conquistadores, quienes en general pasaron a los gauchos y a los criollos la lógica del sometimiento, a través del castigo y el maltrato para lograr someter la voluntad del animal. Oscar y sus ayudantes, en cambio, tratan de hacerse amigos, de construir una relación. En ese punto, me pareció interesantísimo porque daba vuelta la lógica de lo que uno piensa es un caballo salvaje a diferencia de uno manso. No hay necesariamente un camino atravesado por el dolor o el castigo, sino por un hablarle, acariciarlo, y por un paso del tiempo completamente distinto. Narrativamente, la película hace suceder todo en un día, pero el tiempo real de amansar a un caballo con este método lleva mucho más tiempo. Lo que se logra es un compromiso y una relación muy fuerte entre hombre y animal, para mí eso era muy sorprendente y me pareció que había que contarlo.

-Llama la atención cómo el amansador está atento a los pequeños gestos del caballo, a sus reacciones. Es muy intenso el momento donde camina hacia el animal, pero de espaldas.
-Hay todo un juego de ir venciendo la resistencia. El caballo, como todo animal que tiene una visión lateral, identifica a los demás animales que tienen los ojos al frente como depredadores, como un peligro inminente; por eso este juego de acercarse de espaldas, para que el animal vaya bajando la guardia y no sienta en peligro su vida. Hay toda una coreografía también, un proceso de acercamientos y de alejamientos, de rituales, pero que son espontáneos; de hecho, con cada caballo se establece una relación diferente, no hay una lógica predeterminada. Esto fue complejo porque durante el rodaje sucedieron todo el tiempo cuestiones previstas e imprevistas, que obligaban a que la cuestión técnica estuviese bien afinada.

-Seguramente, habrán resuelto situaciones en el momento, mientras sucedían.
-Sí, todo el trabajo interno, dentro de lo que fue el corral, fue complejísimo desde el punto de vista de la seguridad del equipo técnico y del propio caballo, porque tuvimos varios días encerrados en un espacio bastante reducido. Pero finalmente el caballo se acercó a la cámara, y al tercer o cuarto día estuvo a cinco centímetros del lente, cerca de nosotros, que no habíamos establecido proximidad. El caballo nos reconoció como parte del escenario del corral, y eso fue un momento mágico. Fue el caballo mismo quien nos habilitó a la proximidad.

-¿Y el vínculo con Oscar, el amansador, cómo sucedió?
-La propuesta resultó ganadora de la convocatoria del Sistema de Televisión Digital Abierta, y es el trabajo representante de la provincia de Santa Fe en el género unitario documental. El proyecto estaba un poco hablado con Oscar, pero cuando queda elegido fue consensuado con ellos, que lo recibieron muy bien; toda la comunidad se prestó de muy buena gana. Siento que es lo que habitualmente pasa cuando uno llega a lugares lejanos, hay un gran sentido de agradecimiento y una relación de compromiso muy importante porque el propósito de la Televisión Abierta es el de dar visibilidad a historias no tan tradicionales, televisivamente hablando. Esta historia encajaba en esos parámetros, en el hecho de que un protagonista de un pueblo muy pequeño de la provincia de Santa Fe pudiese mostrarnos y contarnos lo que hace en su día a día. Fue un consenso así como un gran trabajo de equipo. Mi equipo de rodaje, como acostumbro, fue muy pequeño, también porque se trataba de una situación apropiada.

Foto: Mario Laus
 

miércoles, 10 de abril de 2013

Posesión infernal (Evil Dead, 2013, Fede Álvarez)


Una aplanadora sangrienta


Por Leandro Arteaga
Rosario/12 (08/04/2013) 

Se reitera la propuesta que realizadores de renombre hacen sobre otros en ciernes. Así como Guillermo del Toro con el argentino Andrés Muschietti en Mamá, también Sam Raimi con el uruguayo Fede Álvarez en Posesión infernal. Uno y otro autores de cortometrajes célebres en Youtube, germen de sus respectivos debuts fílmicos. Y a juzgar por el nivel y la conciencia de género que ambos manifiestan, la apuesta no sólo salió bien, sino que presagia mucho más y mejor.
El caso de Álvarez debe ser soñado: ni más ni menos que responsable de la remake de ese monumento de culto que es Diabólico (The Evil Dead, 1981). La primera película de Raimi (amén de otra previa, muy amateur), de presupuesto escaso, efectos justos, narración precisa. Tanto como para posibilitar secuelas y una filmografía que han despuntado a Raimi como una de las pocas figuras capaces de oxigenar el cine norteamericano. Entonces, y vista la discusión que acompañara durante años la posibilidad de la puesta al día de The Evil Dead, que sea desde el calibre de un realizador desconocido, bendecido por el propio Raimi, con su nombre en la producción junto al del venerable Bruce Campbell, nada mejor, nada más acorde con el espíritu B del original.
Y lo que resulta es extraño. Porque revuelve en el foso de gestos que el espectador sabrá recordar del film previo, pero para una gradual exposición revertida. Tanto como para instalarse a la manera de un nuevo capítulo uno, o como continuación inadvertida de lo que supone la trilogía. Así, no hay pero también hay equivalente para el gran Ash (Bruce Campbell), héroe de Raimi: por un lado, porque nadie como él; por el otro, porque todo remite inexorablemente a él. En ese hiato, se juega la película. Y lo hace con toda la furia del cine más gore y visceral.
Quedan algunos restos de humor negro, pero atravesados por una aplanadora sangrienta, que deja bien atrás a las más o menos malogradas vueltas a la pantalla –en remakes, precuelas, secuelas- de Freddy Krueger, Leatherhead, Jason Voorhees. Aquí, a diferencia de aquellas, hay un disfrute sentido, que da cuenta de las ganas que tiene el realizador de hacer lo que hace, en un film que está plagado de todos los lugares comunes al género pero que sabe, por conocerlos, cómo reactivarlos.
Así, el pseudo-Necronomicon se vuelve el mejor McGuffin, capaz de guardar muchos más secretos que los que expone, en una historia que fácilmente podría reducirse a esta consigna: cómo una adicta sobrevive a su adicción. El terror, en todo caso, no es más que un manto que recubre. Que divierte, asesina, destripa, y asusta. Posesión infernal se sitúa espiritualmente cercana al original, con una potencia capaz de vitalizar el género y de devolverle un aura bestial. 

Posesión infernal
(Evil Dead) EE.UU., 2013. Dirección: Fede Álvarez. Guión: Fede Álvarez y Rodo Sayagues, basado en el film The Evil Dead, de Sam Raimi. Fotografía: Aaron Morton. Montaje: Bryan Shaw. Música: Roque Baños. Reparto: Jane Levy, Shiloh Fernandez, Lou Taylor Pucci, Jessica Lucas, Elizabeth Blackmore. Duración: 91 minutos.
Salas: Monumental, Showcase, Sunstar, Village.
8 (ocho) puntos

Anna Karenina (2012, Joe Wright)


Anna Karenina como artificio escénico

La recreación de la Rusia de Anna Karenina despliega un juego de ingenio que no pierde esencia. La película de Joe Wright se mueve entre el desenfreno de la pasión y los decorados perfectos. Y a pesar de Keira Knightley, su actriz.



Es comprensible que una nueva versión de Anna Karenina se realice. Por un lado, porque ninguna fuente literaria podría tener expresión cinematográfica consumada; por el otro, porque el cine mainstream hace refrito todo el tiempo. Y también, porque la tarea del inglés Joe Wright es recurrente en lo que a películas “de época” refiere. Es el mismo nombre detrás de títulos como Orgullo y prejuicio (2005) y Expiación, deseo y pecado (2007). Dosis de romance con atisbos de melodrama, que contagian también a otro de sus films: El solista (2009), con Jamie Foxx como un músico callejero que captura la atención del periodista Robert Downey, Jr. La única “excepción” sería Hanna (2011), film de espionaje y acción desmedidos, cercanos al espíritu del cómic Kick Ass. Todas, eso sí, películas demasiado frívolas.
Frívolas porque hay una exposición de formas que, antes que construir maneras de pensar el cine, no son más que florituras retóricas. En estas películas pueden observarse, según el caso, reconstrucciones almibaradas, besos demorados, buenas intenciones y –pensar en Hanna- balaceras y patadas de coreografías sin nervio. Ni qué decir de El solista, donde la corrección política se disfraza de parábola y se convierte en una lágrima cada vez más gorda por sentimentaloide, difícilmente emocionante.
Ahora bien, con Anna Karenina hay más de lo mismo pero no. O, por lo menos, un manto de ambigüedad hace que la película tenga mejor suerte. Tal vez sea la plasmación de la Rusia zarista, que baña de frigidez a los personajes y, en este sentido, pueda justificar la usual falta de emoción del cine de Wright. Es decir, la fastuosidad de cuento de hadas adinerado que significa el zarismo habilita la dosis correspondiente de imaginería de palacios o casas fastuosas. También de campesinos segando durante una luz amarilla. Pero, en vistas de lo que de veras importa, en el film hay una grieta que aparece y que responde a la obra de Tolstoi.
Entonces, y de cara al acento que significa el personaje principal, todo lo demás se explica desde allí. Y por atender al lugar que el régimen zarista destina al amor, a la pasión, es que la película sabe salir airosa. Aún cuando la responsable de encarnar este malestar incurable sea Keira Knightley, ya presente en las anteriores películas del director, de un mantra algo rústico en lo que refiere a despertar deseos. Aspecto del cual, vale recordar, tan buen partido supo sacar David Cronenberg en Un método peligroso. En este sentido, la Knightley tiene una figurita acorde para la cobertura de torta de casamiento que el cine de Wright suele ser.
El lector habrá tomado cuenta de la ambivalencia de esta nota. Pero, aún cuando se mencione lo dicho, Anna Karenina está bien y mejor que cualquiera de los films citados. Porque encuentra una manera formal que sorprende, al asumir un juego fílmico de mixtura teatral. La Rusia de esta Anna Karenina es el resultado de bastidores, intérpretes, libretistas, proscenio, plateas, escenario, maquetas, cine. El primer momento del film obliga a un maremágnum de situaciones, que dislocan espacialmente la pantalla para develar las convenciones de lenguaje y finalmente construir la ilusión espacial. Hay un trabajo casi de filigrana en este aspecto, pleno de detalles, tantos que hacen necesaria una nueva visión para captarlos plenamente. Es cierto que avanzado el film la sorpresa inevitablemente mengua, pero no pierde acierto: como lo supone la carrera de caballos o el baile de salón, todas instancias resueltas desde una misma sala teatral, capaz de ser moldeable de tantas maneras como se quiera. Como si se tratara de una gran casa de muñecas hecha película, dentro de la cual, de hecho, aparecerá otra, como juguete y como referencia metalingüística.
El detallismo del film aparece, como ejemplo, en el reflejo sobre los cristales de los anteojos de Karenin (Jude Law), durante el viaje en carruaje con Anna. Allí, apenas, puede vislumbrarse el fuera de campo, el paisaje que atraviesan, recortado por el cuadradito mismo de la ventanilla, mientras la cámara sólo atiende al plano y contraplano del diálogo, dentro del carruaje. Situaciones como ésta hay muchas. Otra más, y de cita cinéfila: en el momento de la siega, la cámara adopta el punto de vista de la misma hoz para reproducir su movimiento y tarea, es decir, al ras del suelo; mismo recurso que empleara Sergei Eisenstein en Lo viejo y lo nuevo (1929). (Por las dudas, eso sí, un paralelismo como el que se refiere sólo llega hasta allí, hasta el guiño cómplice, lejos de la búsqueda formal e ideológica practicada por el cineasta soviético.)
Mientras tanto, en el medio de esta Rusia de cartón pintado se mueve, atrapada, Anna. Entre el matrimonio, la paz social, el deseo reprimido, el deseo liberado, el desafío imperdonable. Hay una alusión rápida a su destino, con un trencito de juguete bañado de nieve falsa. También una coincidencia de malestar, que será espejada y dará cuenta del desequilibrio en la escala social, allí cuando el operario del tren quede cercenado por la locomotora, pero también antes, cuando su rostro negro de carbón espante el blanco inmaculado de Anna. Presagios de desenlace que articulan la tragedia y dan cuenta de la esencia del melodrama. Lo que no se pierde en el camino es el declive de una manera social que ya es decadencia, que se rodea de esplendor pero entre paredes algo descascaradas. Dada la obsesión del realizador para su recreación, estos aspectos adquieren suma importancia.

Anna Karenina
Inglaterra, 2012. Dirección: Joe Wright. Guión: Tom Stoppard, basado en la novela de León Tolstoi. Fotografía: Seamus Mc-Garvey. Música: Dario Marianelli. Montaje: Melanie Oliver. Reparto: Keira Knightley, Jude Law, Aaron Taylor-Johnson, Kelly Macdonald, Olivia Williams, Emily Watson. Duración: 129 minutos.
Salas: Cines del Centro, Monumental, Showcase, Sunstar, Village.
7 (siete) puntos

domingo, 31 de marzo de 2013

Game of Thrones antes de la Temporada 3


La mano del Rey

La saga de George R. R. Martin se convirtió en un éxito en números de audiencia televisiva y en cantidad de libros vendidos. Pero más allá del furor que despiertan sus aventuras constituye un desafío de juego intelectual, de referencias históricas cruzadas, de indagación en la condición humana. Además, tanto en el libro como en la serie, el entretenimiento está garantizado.


Por Leandro Arteaga

I.
A grandes temas, grandes personajes. Encarnaciones mayúsculas para dilemas mayúsculos. Así entendía Orson Welles a los reyes de Shakespeare y de igual modo, diremos, a los suyos propios. Teatro, Cine, Literatura. Y Televisión.
No se trata de situar analogías equivalentes. Pero es cierto que Game of Thrones, serie éxito de HBO, apunta por lugares de raigambre similar. Hay un espíritu u olor podrido que atraviesa tales instancias. Su autor literario se llama George R. R. Martin (Bayonne, New Jersey, 1948), de extensa carrera, productor televisivo, y con una espada que cuelga sobre sí respecto de la continuidad misma de Canción de hielo y fuego: serie de siete libros iniciada en 1996 sobre la que Game of Thrones descansa. El quinto título –Danza de dragones- salió de imprenta recién a mediados del año pasado.
No se trata de libros “pequeños”, sino de verdaderos bloques que oscilan entre las 700 y –tal es el caso de Danza de dragones– las mil páginas. Pareciera que, entre tanto revés del destino como el que sufren y procuran en aras del poder sus personajes, hay y habrá mucho de papel escrito por parte de G. R. R. Martin. Mientras, y según el propio autor, todo surgió a partir de una imagen inconexa, sin antes, sin después: cachorros de lobo huérfanos. A partir de allí, lo demás.
Y lo demás fue creciendo de manera gradual, entre lectores y escritor, junto a un mapa de fantasía/hechicería medieval cada vez más delineado, así como enrevesado y convulso. Tal es lo que supone la pugna constante entre los Siete Reinos de Westeros, suerte de no-lugar cercano a la vez que lejano de confines literarios similares como la Tierra Media de El Señor de los Anillos o la Era Hiboria de Conan el Cimmerio. “Creo que toda la fantasía moderna deriva de Tolkien”, dice Martin. “Ha sido imitado e imitado e imitado, y muchos de esos imitadores lo entendieron mal. Toman elementos de sus libros y eliminan los aspectos que los hacen interesantes. En mi opinión, terminan por producir trabajos muy inferiores.” (1)
El seguimiento de culto que los libros de Tolkien tuvieran –con los hippies como lectores de privilegio– despertó también en Canción de hielo y fuego. En el caso del primero, el film animado de Ralph Bakshi (1978) sumó colores lisérgicos e imaginería de cómic, hasta la aplanadora supuesta por las tres películas de Peter Jackson, cuya masividad y merchandising terminaron por dejar atrás aquel subterfugio inicial entre lectores y libros.
Las novelas de George R. R. Martin, en este sentido, son causal de una relación desigual, donde la masividad televisiva ha supuesto un aliciente mayor. Canción de hielo y fuego es a Game of Thrones tanto como esta última es a la primera. Entre uno y otro ámbito se ha establecido un ida y vuelta de continuará repartido, retroalimentado. Un juego semántico, de referencias cruzadas entre lector y espectador. Un diálogo estético –en suma– entre imágenes audiovisuales y literarias.
Y el resultado es feliz.


II.
Un repaso por algunas de las series mejores de la pantalla norteamericana arroja títulos como Los Soprano, Six Feet Under, Mad Men, Boardwalk Empire, Luck, y más. Todas de HBO. En otras palabras, la televisión toma hoy el relevo y da cuenta de una calidad que el cine estadounidense ya no tiene. Perdido en boberías teenagers, embriagado de artificios digitales, el cine ha perdido terreno o, por lo menos, hubo de olvidar aquel sabio rasgo por el que la televisión viene en su rescate: la artesanía narradora.
No se trata de señalar, como habitualmente ocurre, a la “virtud narradora” como definitoria del cine norteamericano, sino que, en todo caso, ésta se deduce de una comprensión particular sobre el montaje cinematográfico. (Este consejo nos lo da Deleuze, y viene bien aprehenderlo). A partir de allí, el storytelling característico. Vértigo narrativo que conjuga situaciones paralelas, que desordena y reordena. Simultaneidad narrativa que Game of Thrones traza de forma megalómana.
¿Cuántas historias? ¿Cuántos personajes? ¿Cuántos nudos argumentales? Muchas, muchos, y muchos. Más un cauce final que es el que tan preocupado tiene a los fans del escritor, dada la ausencia virtual de los dos últimos libros. Y en otras palabras, y ya como rasgo general: ¿Quién no se ha dejado seducir por el maremágnum narrativo que la mayoría de las series actuales propone? ¿Y las ganas latentes que el “continuará” provoca?
“Continuará” cuyas raíces –folletín, historietas, serials cinematográficos- encarna en las series y de manera justa con el público. El semana a semana procrea una familiaridad hogareña, de sapiencia puntual, de seguimiento incondicional. La inmediatez de Internet viene ahora a oficiar de otra manera en el asunto. Foros de discusión, blogs, debates sin fin, bravucones sin nombre. Nada mejor como parámetro del interés automático que las tecnologías permiten entrever. Si los antaño lectores corrían, literalmente, a recibir los nuevos capítulos del ingenio de Dickens, son ahora las correrías virtuales de la descarga digital las que ofician de modo simétrico (más de tres millones por episodio). Los personajes, en tanto, viven un tiempo que construyen a lo largo de sus capítulos así como los telespectadores en su día a día. Unos devienen con otros.
Término de temporada y, entonces, desespero de meses. ¿Cómo vivir sin saber qué habrá de ocurrir a los héroes?
¿Héroes? ¿En Game of Thrones? Sí. Héroes.


III.
Westeros permite una evocación histórica lo necesariamente difusa como para re-crear un mundo añejo, pretérito, casi parecido a un tiempo ido, de historia asible e inasible. También con la promesa de algún dragón al vuelo, visión a su vez mítica de este mundo de reinos en pugna.
En este sentido, Canción de hielo y fuego se encuentra cercana al espíritu de Michael Moorcock en Gloriana (de 1978, editada recientemente por Edhasa). Allí, el escritor inglés recrea una Inglaterra que es y no es la de Isabel I. Un clima ambiguo rodea a la reina, blanca como la luz, de sed sexual triste. Las paredes de Albión, reino de Gloriana, guardan secretos que, por olvidados, justifican su corona. Westeros, entonces y casi, como ese arrojarse al pozo de podredumbre, con un sustento de ecos lejanos que remiten a la Guerra de las Rosas, influencia histórica declarada por el mismo G. R. R. Martin. Con piezas de ajedrez en tensión constante. Más una gran muralla que se intuye como final de tablero, custodiada por guardianes y por relatos de nodrizas.
Cada género narrativo –y dejemos a un breve costado la hermandad y dicotomía entre géneros cinematográficos y televisivos– contiene un cúmulo de reglas y de lugares comunes. Las series los han abordado a todos y, al hacerlo, provocaron recreaciones felices (agreguemos, sin orden, Fringe, Deadwood, Boss, Breaking Bad, The Walking Dead, etc., con puntos sísmicos previos en Twin Peaks, X-Files, Lost). Game of Thrones, también, en esta lista grande de grandes títulos. “Creo que en su uso actual, la fantasía épica aparece como un rótulo con el que editores y librerías distinguen un producto que nosotros escribimos: historias con castillos, espadas y, algunas veces, con duendes y enanos; bueno, en mi caso con sólo un enano”, dice Martin. (2)
El “enano” es Tyrion Lannister (Peter Dinklage), quien consciente de su “diferencia” busca maneras que le permitan, así como Hobbes lo entendiera en su Leviatán, suplirla. Lee para adelantarse a los hechos, afila su lengua para las buenas réplicas. Como si fuese el alma de los reinos todos, hundidos como están en un pantano cada vez más movedizo, Tyrion parece atisbar algo más sobre lo que nadie sabe. Nadie tan bueno, nadie tan malo, o todos muy malos. Como señalara Willa Paskin en Salon.com: “Tyrion es el más cínico y manipulador, está mejor preparado para sobrevivir. Es la clase de personaje que la audiencia celebra dentro de la serie.”
El clan Stark como contracara de los Lannister, con el bueno de Sean Bean a la cabeza, llamado a ser la “Mano del Rey”. Lobos y leones. Con hijos de uno y de otro lado y por todos lados. Alianzas y traiciones en aras de una perpetuidad carente de escrúpulo. Todos héroes de un relato oscuro por raído, caído. Héroes que son ángeles sin alas, que chapotean en un barro de ciénaga colectiva. Más un rey, monarca de King’s Landing (Mark Addy), que revienta de ostracismo, de vino y de jabalíes.
La estela de fuego dice de la vuelta de los dragones. Las osamentas gigantes los recuerdan. Huesos que hablan desde un casi olvido. Pero que también descansan en la promesa de tres huevos. Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) espera el vuelo del dragón adulto, lista para adueñarse del aire. Y esto, sólo una parte de la profusa caracterología que todo Game of Thrones dispara, con muchas apariciones repentinas, sin otra presentación que el conocimiento previo de los personajes. Una más: el niño y sus diez años de amamantamiento materno: ella, sobre el trono, altiva, ¡y en tetas!
A propósito de bebidas, en Game of Thrones, que se sepa, nadie bebe agua. Sólo cerveza, vinos. Jamón, mucho animal muerto, algunos manjares, abundan en mesas y en orgías de ingredientes bestiales, muy sexuales. Las escenas más calientes de la serie escapan a la tontería purista de la que se ha contagiado el cine. Y aún cuando los rostros y cuerpos vistos se adecuen a un prisma de belleza actual, la ilusión rápidamente se rompe en función de un poder corroído. Coitos simulados, vejaciones, manipulación, falsa sumisión. E incestos.
Entonces, y por fin, si el inicio mismo de Game of Thrones descansa en el descubrimiento de este último aspecto, motivo suficiente para una muerte que no es y para las sospechas que siempre han estado, ¿qué más decir de lo que a partir de allí deviene?
Una tercera temporada está en marcha. Faltan dos libros más. Y el invierno promete ser todavía peor.
Qué bello.


(1) “'Game of Thrones' Exclusive! George R.R. Martin Talks Season Two, 'The Winds of Winter,' and Real-World Influences for 'A Song of Ice and Fire'”, por Josh Roberts (01/04/2012), en http://www.smartertravel.com/

lunes, 25 de marzo de 2013

El árbol de la muralla (2012, Tomás Lipgot)


La construcción de la memoria


Por Leandro Arteaga

Una de las muchas ilustraciones de las que se compone el imperdible MetaMaus, de Art Spiegelman (sobre su historieta maestra, la única capaz –según Serge Daney- de hacer lo que ninguna película logró: retratar el horror), se titula “El pasado se cierne sobre el futuro”. Una litografía donde padre e hijo ratones –convención gráfica para emular los judíos- juegan en el living, con un muñeco de Mickey Mouse, trencito, televisor, mientras un gatito descansa sobre el sillón y unas sombras enormes de ratones ahorcados son proyectadas sobre la pared de fondo.
La transición generacional, histórica, es admirable. El pasado en las espaldas. Y el porvenir entre trencito y gatito (guiño gráfico a la convención animal que toca a los alemanes en Maus, amén de lo que significa el tren). En el medio, un padre que cuida a la hija e hilvana una historia porque, necesariamente, lega. Dolor compartido y, de nuevo, Maus como obra extraordinaria al respecto.
La cita viene a cuento porque, casualmente, el libro referido es reciente y coincide con el estreno en Rosario de El árbol de la muralla. Entre sus páginas y la película de Tomás Lipgot se enhebra un sentimiento afín, de sensibilidad compartida. Si para Spiegelman el móvil serán las memorias de Vladek, su padre; para Lipgot el vínculo estará en Jack Fuchs, otro padre: ambos, sobrevivientes de Auschwitz. También porque en esa imagen que media –entre las sombras de muerte y la hija- hay una responsabilidad que se cifra en el acto de contar. Decir para cuidar a quien viene después, como testigo de una memoria que habrá de volver a decirse.
Podrían destacarse momentos donde, justamente, el decir de Fuchs más impacta. Ninguno como su “ahora puedo morir”, luego de sobrevivir a Auschwitz. Ahora puedo morir porque ahora tengo una vida donde, porque de eso se trata, morir. Hay una condición humana recuperada. Y si bien todo esto es consecuencia del pensamiento y predisposición de palabra de Jack Fuchs –vida plena, de 88 años- también lo es desde la organización audiovisual de Lipgot, lo que es decir, desde la puesta en escena de la película.
En este sentido, Fuchs es inevitablemente personaje de Lipgot, y Lipgot sabe muy bien quién es Fuchs porque la sensibilidad permanece, se respeta, se escucha. Hay diálogos, hay momentos cotidianos, hay situaciones de humor, hay animaciones: allí donde lo referido no puede ser mostrado porque ¿cuál sería la imagen, cuál la palabra, que puedan apresar el horror? (Curiosamente, la elección del dibujo devuelve esta nota a la historieta que Maus es. También con dosis de humor, también con la complejidad suficiente como para dejar de lado los lugares comunes y la corrección política.)
El árbol de la muralla es una construcción sobre la memoria. Lo ha señalado el director a este diario. Y se comprueba porque basta con ser lo que la película pide: espectador. Mirar y escuchar. Luego decir sobre lo visto y oído. Así siempre.

El árbol de la muralla
Argentina, 2012. Dirección y guión: Tomás Lipgot. Investigación: Eva Puente. Montaje: Leandro Tolchinsky. Dibujos: Nahuel Ferreyra. Director de animación: Pablo Calculli. Duración: 75 minutos.
Salas: Arteón, El Cairo.
8 (ocho) puntos

domingo, 24 de marzo de 2013

Alejandro Grimson: Mitomanías: Entrevista


Ideas instaladas como verdad


Patria, nacionalismo, racismo, peronismo, algunos de los muchos mitos del libro de Alejandro Grimson. La búsqueda de raíces en una sociedad binaria. “Ensanchar el espacio de la crítica para poder avanzar en una politización del debate” señala.

Por Leandro Arteaga

“No hay sociedades ni culturas sin mitos, pero no todas las culturas están repletas de mitomanías. Tenemos mitos muy importantes o conocidos, como el de Evita o San Martín, eso es una cosa, pero otra son las mitomanías, pequeñas cápsulas que surgen en un momento histórico y que perviven en el sentido común como certezas indiscutibles. Creo que hay que desarmarlas, que son bombas de tiempo que nos van a explotar en cualquier momento” explica Alejandro Grimson a Rosario/12, horas antes a su presentación de Mitomanías argentinas. Cómo hablamos de nosotros mismos (Siglo Veintiuno) en el Espacio Cultural Universitario, invitado por la Facultad de Ciencia Política y RR.II. de la UNR.
Doctor en Antropología por la Universidad de Brasilia, investigador del CONICET, Decano del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, Grimson ha escrito diversos libros vinculados a la construcción de la identidad política y cultural. Mitomanías argentinas indaga de manera didáctica, amena, con el fin de ahondar en la complejidad de apariencia simple que el uso de la palabra cotidiana guarda. También como instancia primera hacia el debate al que invita en www.mitomanias.com.ar, donde los lectores pueden aportar sus propios mitos.
“Lo que llamo Mitolandia no está integrada por esos grandes mitos argentinos –continúa Grimson- sino por esos obstáculos del lenguaje argentino. Necesitamos construir un país con menos mitomanías o sin mitomanías, desarmando esa jaula cultural que es Mitolandia, donde entramos por un laberinto que siempre nos lleva a los mismos lugares.”

-De manera general, puedo decir que tu libro propone una lectura de lo social. ¿Cómo lográs distanciarte de un objeto de estudio del que sos parte?
-El antropólogo tradicional iba a una isla de la que no sabía nada y trataba de aprender una lengua que no le era propia, y pasaba mucho tiempo haciendo eso para después poder entender cómo pensaba y vivía esa gente; yo hago más o menos lo contrario: en mi mundo, argentino, tomo distancia de mi lengua, a la que no sólo conozco sino que la tengo incorporada como sentido común y como segunda naturaleza. El movimiento que pretende ser Mitomanías es el de invitar al lector a tomar también distancia de las formas en las que hablamos, pero en las que hablamos de nosotros, los argentinos. Ese movimiento implica distanciarnos de ese sentido común para pensarnos críticamente, en el sentido de ¿de dónde salió la idea de que la Argentina es un enclave europeo?, ¿de dónde que estamos destinados o deberíamos ser Europa? Lo mismo con la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, de que hay una nueva inmigración de los países limítrofes, o de que el único estúpido que paga impuestos soy yo. ¿Por qué esas ideas perviven entre nosotros? ¿Qué quieren decir? En ese sentido, el libro hace un recorrido acerca de cómo los binarismos argentinos se fueron conformando como estructura del lenguaje, en el sentido de que para nosotros la clave es el número dos: federales y unitarios, peronismo y antiperonismo. Nos cuesta mucho pensar los matices y los grises de las situaciones, nos resulta más fácil estar a favor o en contra de todo. “¿Vos qué sos? Si sos esto, ya sé todo sobre vos”. Lo más problemático de todo es el verbo ser, porque es allí donde está condensada la idea de que, por ejemplo, si sos crítico al kirchnerismo sos antikirchnerista, por lo tanto estás en contra de lo que el kirchnerismo hizo en ciencia, y si sos kirchnerista estás a favor de todo lo que el kirchnerismo haya hecho, incluso en áreas donde el kirchnerismo mismo quiere corregir cosas. Evidentemente, ahí hay una dificultad. El libro apunta a entender la lógica de esa dicotomía, que históricamente viene, para mí, de civilización y barbarie, de esa idea de Buenos Aires como corazón europeo y como metáfora de una nación que tiene que construirse a su imagen y semejanza. Esa dicotomía termina por ordenar el lenguaje político argentino y deja afuera a un cuarto de los argentinos que no viven en la capital o en el interior, sino en el gran Buenos Aires, y que según mucha gente de las provincias son de la capital, y según mucha gente de la capital son del interior, o quizás sean la zona gris que no está adentro del mito.

-Pensaba en cómo vincular la fascinación papal que tenemos en estos días.
-Podríamos decir que Mitomanías habla de “aquellas épocas”, “muy antiguas”, antes de que hubiera un Papa argentino, en las cuales la cultura política argentina era dicotómica, ahora ya todo ha cambiado, porque hay una sensación que todo ha suturado perfectamente, ¿no? Cuando veo el título de una revista que dice “Dios es argentino” -la confirmación de un mito-, y veo que todas las dicotomías argentinas quedan licuadas, me dije: “tengo que ir a Rosario no a presentar el libro, sino a comprarlos todos para levantarlos, porque habla de una cultura dicotómica de la que ya se ha salido; pero después pensé que no, que lo podía presentar como un libro de historia, sobre cómo fue el país antes… (risas). La ironía apunta a que en un país donde los tiempos políticos son tan vertiginosos, vos podés convertirte en el nuevo referente político o podés licuar tu capital político en seis meses, lo único que no podés hacer es tener paciencia, porque el tiempo es una dimensión crucial de la política. Conozco muchos políticos que quisieran ser el Lula argentino, pero a muy pocos que estén dispuestos a esperar todo el tiempo que esperó Lula. Acá se cometieron grandes errores políticos pensando desde el punto de vista cortoplacista, de allí la ironía, si Mitomanías tiene razón de ser es porque, para bien o para mal, creo que los lenguajes dicotómicos van a regresar a la política argentina, en parte porque son realmente estructuradores desde hace muchas décadas y porque generan un tipo de coacción cultural sobre los actores que protagonizan los conflictos. 

sábado, 23 de marzo de 2013

Tomás Lipgot, El árbol de la muralla: entrevista


"La memoria es una sola y es compleja"


Sobreviviente de Auschwitz, Jack Fuchs es testimonio de vida y memoria en El árbol de la muralla. El realizador, Tomás Lipgot, dialogará con el público en la función de mañana en Cine El Cairo.

Por Leandro Arteaga

Mañana a las 20, con entrada libre y gratuita, El Cairo Cine Público (Santa Fe 1120) proyectará El árbol de la muralla, documental de Tomás Lipgot –quien estará presente para dialogar con el público- sobre Jack Fuchs, pedagogo y escritor, sobreviviente del campo de exterminio de Auschwitz. Dentro de una programación dedicada al Día de la Memoria, la película de Lipgot complementará la función previa y también gratuita, a las 18, de Verdades verdaderas, donde Susú Pecoraro regala una interpretación tan bella como la que significa la figura de Estela de Carlotto.
Lipgot no es presencia desacostumbrada en Cine El Cairo, donde el año pasado acompañara a su film anterior: Moacir (2011). Entre aquella película y El árbol de la muralla, se trasluce una elección de personajes con características coincidentes: vitales, profundos, sobrevivientes. Una marca de cine que seguramente el realizador habrá de continuar. Uno de los primeros diálogos de la película nos presenta a Fuchs en compañía de su amiga Elsa Oesterheld, viuda de Héctor Oesterheld y madre de cuatro hijas, todos desaparecidos durante el terrorismo de Estado. Allí se cifra mucho, en tanto historias de vida compartidas, donde se entrevé lo demasiado que se quieren. Entre ellos, a su vez, dos momentos históricos se enhebran.
En este sentido, Lipgot dice a Rosario/12 que “los paralelismos entre lo que pasó en Alemania y acá durante la dictadura son obvios, hay una relación muy grande. La memoria es una sola y es una cuestión compleja. Jack tiene un libro que la problematiza -Dilemas de la memoria. La vida después de Auschwitz- donde da cuenta de todos los vericuetos en esta lucha, porque la memoria es una lucha contra el olvido, para que este monstruo tan grande no lo devore todo. El olvido es automático, sucede todo el tiempo. Por eso, esta memoria que estamos celebrando es una construcción.”

-¿Cómo fue el proceso que significó lograr la aceptación de Fuchs para el documental?
-Si bien él no tiene mucho problema en aparecer ante cámara, ya que cuando empezó a hablar fue a todo programa televisivo que lo invitara, lo que costó un poco más fue lograr que quisiera participar en un documental sobre su propia vida, a partir del interés de alguien a quien no conocía. Inicialmente, el interés vino dado a partir de Eva Puente, la autora del libro de mismo título –consensuamos en el nombre-, quien conociendo mis películas me dice que Jack era alguien que me iba a interesar. Cuando lo conocí, cambió todo. Como se ve en la película, Jack es muy especial, tiene un punto de vista muy distinto de todo, muy único. Pero para llegar a la película no fue tan fácil, hubo todo un tiempo, unos meses, donde tuve que ganarme su confianza. Cuando vio que mis intenciones eran buenas, fue generoso conmigo y me dejó hacer lo que quisiera, lo único que me solicitó fue que pusiera en la película a Elsa Oesterheld.

-Hay un momento muy sensible, que muestra a Fuchs en Lodz hablando en varios idiomas a la vez, sin darse cuenta; cuando lo nota, se excusa y dice que no sabe qué pensar.
-Es muy fuerte, como si fuera una especie de despersonalización, donde se le mezclan todas las lenguas. Él tiene cuatro o cinco lenguas, entre ellas la materna (el ídish), el polaco, el inglés que aprende en Estados Unidos, el castellano en Costa Rica, y después viene a Argentina. Tiene muchos idiomas pero todos forzados, y esa parte es muy conmovedora. Él fue tres veces a Polonia, lo que se ve en la película es el viaje que hizo con la hija, donde él lleva la cámara, desde un registro en primera persona que es muy conmovedor, es muy fuerte, hay momentos en donde también se pone a cantar.

-El humor tiene un lugar importante en la película, y logra que vos aparezcas también como personaje, como cuando Jack te pregunta si tenés hambre.
-Es algo que también me pasaba con Moacir y otros documentales, el nivel de involucramiento que tengo con los personajes provoca un vínculo fuerte y permite que sucedan momentos distendidos, que me interesa exponer, pero no desde una cuestión narcisista sino en cuanto vínculo con ellos. El humor, a su vez, permite descontracturar, descomprimir, algo de lo que fuimos muy concientes con el montajista. Y te digo que podrían haber sido muchos más los momentos similares, porque ese rasgo Jack lo tiene todo el tiempo, tengo un montón de situaciones con él cantando, haciendo chistes, él es así.

-Su explicación sobre la frase “ahora puedo morir”, que recuerda decir al salir de Auschwitz, es extraordinaria.
-Él tiene esa capacidad reflexiva. A mí me emociona mucho su nivel de sinceridad. Todo el tiempo es muy conciente acerca de qué es lo que le sirve contar porque, después de todo, la clave para la transmisión también está en no contar ciertas cosas que no permitan construir, más allá de si se las recuerde o no.
 

viernes, 22 de marzo de 2013

The Master (2012, Paul Thomas Anderson)


Una película maestra


Por Leandro Arteaga

The Master es y no es sobre la cienciología. O, puede argumentarse mejor, la cienciología es su base argumental, la excusa que le permite ahondar. ¿En la cienciología? Sí, pero también en tantos otros estados sonámbulos, teñidos de predicciones, místicas varias, palabras salvadoras. Entonces, y por eso, The Master es todavía mucho más que una película sobre el movimiento religioso norteamericano. De lo contrario, y fácilmente, no sólo podría deducirse un argumento llano o simple, sino también una explicación amena sobre algo tan complejo como lo significa esa suspensión de la voluntad, esa hipnosis masiva, que suscitan adhesión y profesión de varios tipos de fe. Y The Master, por eso y más, es una gran película.
Hecha la salvedad, a no pensar entonces que los delirios visionarios en los que se enreda a los fieles sean exclusividad de este fenómeno religioso, surgido durante la posguerra norteamericana. Es más, The Master nunca señala a su profeta, Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), como conciente de revelaciones únicas, sino en todo caso como un gran prestidigitador, cuya magia le llevará a expandirse más allá de las aguas (la secuencia final, lo corrobora). Y más allá del tiempo, porque la cienciología –o tantas otras prácticas similares- siguen presentes y bien activas. Si no, pensar en la incidencia publicitaria que significan adeptos célebres como John Travolta y Tom Cruise.
Así como en Petróleo sangriento, el realizador Paul Thomas Anderson sintetiza de manera admirable en dos personajes. Maestro y discípulo, o padre e hijo, o bestia y santo. Lancaster Dodd y Freddie Quell (Joaquin Phoenix). Este último, soldado que sobrevive a la guerra pero no a los trastornos psíquicos. Una bomba de tiempo que amenaza con explotar en cualquier momento, alimentada con el mismo combustible de los torpedos (esto es literal). Phoenix –actor enorme, ignorados él y la película por el Oscar- compone un rostro partido, de cara doble: mitad rígida, mitad móvil. Encorvado. Rasgo adecuado, en tal sentido, a los trabajos que pueda conseguir o le esperan: fotógrafo de galería, recolector de repollos, súbdito del profeta.
Entre uno y otro, el entramado: el encuentro en un barco (a bordo de otro barco transcurría la guerra para Freddie), la ira adiestrada, la verdad en las vidas pasadas, la hipnosis como vía mística, la represión inducida, los folletos para el gran show, un primer congreso, un segundo libro, la alteración conveniente de algunas “verdades” (ya no “recordar” sino ahora “imaginar”), y los ajustes de cuenta necesarios: desde la violencia verbal (Lancaster), desde la violencia física (Freddie). En el medio, el gran conglomerado que crece, que ha sobrevivido a las penurias de una guerra, que sonríe para la foto publicitaria familiar.
En otras palabras, Paul Thomas Anderson construye un fresco extraordinario de la Norteamérica de los años ’50 pero también de la de estos días. Un film que es una plasmación visceral, que trama desde un vínculo patriarcal y religioso que tendrá un correlato mayor, ambiguo, contenido en el diálogo último entre Freddie y su conquista, en plena cópula. Lancaster, en tanto, escribe muchos libros más. Gran, gran película.

The Master
EE.UU., 2012. Dirección y guión: Paul Thomas Anderson. Fotografía: Mihai Malaimare Jr. Música: Jonny Greenwood. Montaje: Leslie Jones, Peter McNulty. Intérpretes: Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Laura Dern, Ambry Childers, Rami Malek. Duración: 144 minutos.
9 (nueve) puntos
 

martes, 12 de marzo de 2013

Villegas (2012, Gonzalo Tobal)


Recuerdos odiosos y cariñosos

 
Por Leandro Arteaga
Vale destacar que Villegas tuvo su momento de exhibición en el marco de la última edición de Bafici Rosario, organizado por Calanda Producciones. No sólo por lo que significa la presencia de la película, sino también por la de su realizador, Gonzalo Tobal, quien en mesa de diálogo con el público hubo de compartir experiencias junto a otros realizadores de cine “independiente” (un mote, se sabe, que genera hoy más discrepancia que acuerdo). Es un dato de relieve, porque junto con Mauro Andrizzi, Maximiliano Schonfeld y Luis Ortega –cuyas películas bien vendrían también a la propuesta de la cartelera comercial-, Tobal hubo de exponer su parecer, problemas y búsquedas cinematográficas, desde una modalidad de actividad –la de mesa redonda- casi inédita para el quehacer audiovisual local.
Precedida por premios en Bafici 2012 y de un recorrido internacional, Villegas es título así como locación para la ópera prima de su realizador. Desde lo inmediato, distinguir argumentalmente que se trata de dos primos (Lamothe y Bigliardi) que deciden volver al pueblo a raíz del fallecimiento del abuelo. Primero, entonces, la gran ciudad, Buenos Aires y sus ritmos; luego, la road-movie de paisajes cambiantes, que ralentiza de a poco la aceleración inicial; finalmente, la llegada a Villegas, el reencuentro con familiares, y la propia historia de los personajes que entra en crisis, de cara a un conflicto que tendrá desenlace pero que, sobre todo, posibilitará puntos suspensivos.
Para llegar a tal instancia, cada una de las secuencias contiene momentos de tensión, que se conectarán hacia un rumbo imprevisible. Presentes, por ejemplo, en las maneras de vestir y hablar de los dos primos, en el viaje y sus paradas –plenas de recuerdos cariñosos u odiosos-, en las frases que esconden alguna broma y, en ellas a su vez, alguna bronca que parece no tardar en estallar para poder, así, calmarse. Un vaivén emocional que tendrá conexión de esencia con lo que cifra la palabra Villegas, sea como ciudad, sea como prócer a quien debe su nombre, sea como escenario donde las decisiones habrán de ser tomadas porque es allí, justamente, hacia donde todo remite.
Así las cosas, el fallecimiento del abuelo pude ser oportunidad de reencuentro, pero también camino inevitable; Villegas reclama a los primos y éstos, quiéranlo o no, deben volver. Por eso, la travesía es en automóvil pero también interna, como máquina del tiempo que los devuelve a un mundo de gestos y de complicidades. Ir a Villegas, en este sentido, también significa volver de Villegas. Cualquiera sea la resolución, no habrá por ello de eludirse que hay algo más, que hay mucho más, que a los protagonistas les acompañará siempre.

Villegas
Argentina/Holanda/Francia, 2012. Dirección y guión: Gonzalo Tobal. Fotografía: Lucas Gaynor. Música: Nacho Rodríguez Baiguera. Montaje: Delfina Castagnino. Intérpretes: Esteban Lamothe, Esteban Bigliardi, Mauricio Minetti, Paula Carruega, Lucía Cavallotti. Duración: 99 minutos. 
Salas: Village. 
7 (siete) puntos