viernes, 29 de agosto de 2014

All Is Lost (2013, J.C. Chandor)


En la soledad del océano

 
Por Leandro Arteaga
 
La batalla de un solo hombre consigo mismo. Tema recurrente, que bien vale sobrellevar una y otra vez. El cine es uno de sus mejores exponentes porque ¿dónde plasmar mejor que en la epifanía supuesta por la gran pantalla? Uno de sus equivalentes es el océano, vastedad sin confines. Por eso, son varios los personajes solitarios que le han atravesado, sumergidos en el cine como escenificación grandiosa, comandados por los capitanes Nemo y Ahab, o James Mason y Gregory Peck.
Entre ellos, la instancia al borde de la soledad de Tom Hanks en Náufrago (a pesar de sus marcas de fábrica publicitarias) o la aventura perseguida por Simbad entre las animaciones de Ray Harryhausen y el Pirata Hidalgo de Burt Lancaster. Hay rasgos de todos ellos en este personaje que Robert Redford compone en All Is Lost, sin mayores referencias para el espectador. Porque nada está más claro que lo necesario: solo, en el mar, con su embarcación averiada, y a ver cómo salir con vida durante los días que siguen.
El inicio es en negro, con su voz que anuncia desde el nudo argumental, vértice del film. Es uno de los pocos momentos donde se escucha a este hombre sin nombre, resuelto en su accionar, con la calma suficiente como para sortear las pruebas. Si el devenir es inevitablemente peligroso, la tormenta marítima también será espejo de nubarrones interiores. Así, Redford compone a un homo faber, fáctico y pragmático, en quien pareciera comenzar la aventura allí cuando el film inicia, con el agua tocando a la puerta de las decisiones más importantes.
No es casual que uno de los primeros gestos de la película sea el de la notebook mojada. Lo que sigue es un desmembramiento progresivo, con este hombre que habrá de recurrir a lo primordial para poder, tal vez, renacer. El planteo, justamente, es similar al de Gravedad, de Alfonso Cuarón. Pero mientras allí una plegaria de autoayuda acudía en beneficio del espacio exterior/interior de Sandra Bullock, en All Is Lost se roza la desazón metafísica, sin mayores explicaciones que la supuesta por un blanco final, desde el cual cerrar e imbricar dramáticamente con el comienzo oscuro.
Habrá lugar para algún grito, también para palabras escritas, cuando la necesidad por dejar un legado no pueda encontrar mejor recurso que el papel (mojado o no, pero duradero). Mientras, este hombre mira los cielos y procura comprender, a la vez que traza cruces sobre un mapa que le oriente.
Al revés de su film primero, El precio de la codicia (2011), donde un grupo de hombres de finanzas elucubraba sobre la debacle de Wall Street de modo abrumador, gélido, sin cine; el realizador J. C. Chandor logra acá despegarse de lo demasiado y apelar a lo justo. El resultado es suficiente. Con ese grande de todos los tiempos que continúa siendo Robert Redford.

All Is Lost
EE.UU., 2013
Dirección y guión: J. C. Chandor. Fotografía: Frank G. DeMarco, Peter Zuccarini. Música: Alex Ebert. Montaje: Pete Beaudreau. Intérprete: Robert Redford. Duración: 106 minutos.
Sólo disponible en DVD
7 (siete) puntos

domingo, 24 de agosto de 2014

Cándido + J.J. Rovella: entrevista


Lejano Oeste y secretos de tumba

El rescate de la historieta Cándido ofrece la posibilidad de leer un western angustiante, de hondura y talento. Dibujado por Javier Rovella, ha sido editado por el sello rosarino Rabdomantes.

Por Leandro Arteaga

Las historietas están circulando otra vez. La edición última de Crack Bang Boom permite entrever el asunto a partir de la cada vez más numerosa presentación de libros; la mayoría repartidos entre sellos editores de origen independiente, con una trayectoria que suma años y un catálogo que crece. Entre la miríada de títulos, hay uno que sobresale, por brillantez y el criterio de rescate editor. Se trata de Cándido, un western oscuro que el dibujante bonaerense Javier J. Rovella (Ferreópolis, Nico & Miko, Dante Elefante) realizara en las páginas de la hoy mítica Catzole, fanzine que le reuniera en sus filas junto a Salvador Sanz, Julio Azamor y Alberto Aprea.
“Fue una sorpresa cuando me propusieron reeditar Cándido, algo que me llenó de alegría, porque es un material que estaba perdido en el tiempo, inconseguible, al que le tengo un cariño enorme” dice el dibujante a Rosario/12, ante la tarea realizada por el sello rosarino Rabdomantes Ediciones, propiedad de César Libardi. “Así que me puse a retocar las páginas y hacer cosas nuevas, le agregué un prólogo y un epílogo.” En cuanto a la trayectoria de Catzole, Rovella agrega: “La mayoría de los colegas de aquella época ahora está trabajando en la (revista) Fierro, en cine o en animación. En Catzole fuimos aprendiendo sobre la marcha lo que era editar, hacer historieta, cómo contar en cuadritos; ahí nacieron varios personajes, entre ellos Cándido. Fueron tres capítulos, a lo largo de año y medio [entre los números 12, 13 y 14, de 1998 y 1999].”
La historieta recuperada no es un western cualquiera, sino un mundo con eje en ese no-personaje que Cándido es: afectado por episodios de su infancia, sin armas que le acompañen, mudo. Todos dicen de él, mientras el lector accede a flashbacks como chispazos. Cándido puede estar traumado, pero el entorno no está menos alocado. Como señala el dibujante Salvador Sanz en su prefacio, Cándido es “un western muy oscuro, más cerca del policial negro, el thriller y lo sobrenatural que de las películas de John Wayne”. El blanco y negro trama un mundo de angustia desde la línea leve de Rovella, suma trazos y oscurece a la vez que alumbra –entre negros plenos– rostros fanáticos, codiciosos, de muerte.
Con la reedición de Cándido pareciera cerrarse un círculo, en tanto síntesis de la denominada “primavera de los fanzines”, capítulo refundante para la historieta argentina durante los ’90. Allí fue cuando los artistas devinieron editores de sí mismos, para mantener viva una tradición que el cierre de los sellos editores de peso parecía concluir. “Durante la etapa de los ‘90 hicimos amigos, aprendimos y generamos mucho. Éste sería el segundo libro mío con material editado de la época de Catzole; el primero fue El oficial Yuta (Domus). Pero Cándido es más larga y compleja en cuanto a guión, con una historia que se va entretejiendo y que ahora puedo cerrar gracias a la oportunidad de la editorial.”
Javier Rovella tiene el mérito de haber trabajado en el mercado franco-belga, exquisito en su selección, al haber participado en las páginas de la legendaria revista Spirou. Allí tuvo asidero Dante Elefante o, tal su traducción, Jean L'éléphant. “Comenzó en una web (http://imaginaria.com.ar/), con una historia que no necesitaba de un elefante, pero yo estaba obsesionado con hacerlo. A su vez, estaba presentando material en Francia desde hacía más de un año, y les mostré tres historietas de Dante Elefante que les encantó. Pero quisieron diez y me preguntaron si las tenía, les dije ¡sí, claro que sí! (risas). Ahí me puse a trabajar en el personaje, y se publicó en Spirou, la misma revista donde aparecieran un montón de personajes de la historieta franco-belga como Astérix, Lucky Luke, Los Pitufos. Lo publiqué durante casi dos años, y después se recopiló acá en un tomo (Domus). Ahora tomó la posta Ediciones de la Flor, donde ya van dos libros, y el año que viene sale el tercero. Además, semanalmente lo publico en Billiken.”

-¿Hubo algo particular en tu orientación hacia la “línea clara”?
-Sí, no fue una casualidad caer en esa revista. Soy lector de esas historietas, me encantan. De chico, cuando las conseguía, leía Spirou Ardilla, Fuera Borda, Yo-Yo, todas revistas españolas, con historietas franco-belgas. Las conseguía en canjes, eran difíciles. Ese tipo de historieta me gusta mucho, hasta el día de hoy. Claro que leo un montón de cosas, un abanico, desde historietas más adultas a éstas, que son para todo público y no sólo para chicos, sino para todo aquél al que le guste la historieta. ¡En Spirou insistí hasta que les gané por cansancio! (risas).

-¿Qué estás haciendo ahora?
-Estoy haciendo Zebita, una tira para el diario Muy. También mucha animación, storyboard. Hay varios proyectos de historieta, pero dependen de los tiempos. Las tiras dan bastante trabajo, además soy docente de Bellas Artes y doy clase para chicos. Este año salió Gastronomágico por (editorial) Pictus, encarado para el público infantil que todavía no sabe leer, con pocos cuadros por página, mudo, dentro de una colección con distintos autores. 


viernes, 22 de agosto de 2014

Relatos salvajes: Damián Szifron y Ricardo Darín: entrevista


Narraciones desde el borde


Con Relatos salvajes, el director continúa un periplo de pasión cinéfila. Por su parte, el actor compone uno de estos personajes estallados. Una película de violencia coral e irresistible. Ambos compartieron impresiones con Rosario/12.
Por Leandro Arteaga

La presencia de Damián Szifron y Ricardo Darín en Rosario, con motivo del estreno de Relatos salvajes, implica la posibilidad de una práctica que debiera de una buena vez implementarse: pre-estreno de films en la ciudad. Con Relatos salvajes, director y actor –en un reparto brillante y plural– componen un film episódico, de violencia nodal, al que este cronista se siente bienvenido a la manera de una de las muchas variaciones propuestas por las serie La dimensión desconocida.

- Al ver la película, otra vez se nota que disfrutás intensamente con cada una de tus realizaciones.
Damián Szifron: - Empezando de atrás para adelante, es el placer el que rige mi actividad; todo lo que hago es con enormes ganas, lo disfruto mucho; sobre todo a la hora de concebir una idea, al escribir un guión, es puro goce y me conecta con el espectador. Aún cuando esté hablando de cierta insatisfacción social, la paso extraordinariamente bien. Tal como decís, hay algo de La dimensión desconocida, de Cuentos asombrosos, de Alfred Hitchcock presenta; el espíritu de esas series es como el de una oda a la ficción, celebran y visitan una y otra vez las múltiples formas de contar una historia.

- Esa es una manera de acercarse a tus realizaciones; entre cine y televisión, hay una celebración de la ficción, desde una artesanía asumida, de disfrute, se nota que viviste queriendo mucho al cine, viendo los matinés de superacción.
 - Iba mucho al cine y desde muy temprano tuvimos vídeo casetera; mi viejo era un gran cinéfilo, el ejercicio de ir al cine era para mí la mejor actividad posible por lejos, comparándola con prácticamente todas las otras alternativas que un chico pueda tener. El cine siempre fue muy superior. Esa artesanía está presente porque ese contacto es con la pantalla y con los materiales propios del cine. Tiene que ver con que los orígenes de mi viejo, que era muy humilde, pero cuando le empezó a ir bien, lo primero que hizo fue comprar cámaras de cine. Por mi casa circulaban cámaras de Súper 8, de fotos, luego de video; yo lo veía a él filmando, compaginando, les ponía música de cine a sus películas, todas las cosas las aprendía de forma intuitiva. De chiquito jugaba con muñequitos, algo que luego fue mutando en el deseo de filmar, y no por lúdico lo asocio con algo infantil, sino al revés, me parece un ejercicio que requiere de gran imaginación. Cuando veo a los chicos jugar son todos grandes directores. Es muy sofisticada la operación de jugar. Recuerdo de tener el muñequito de Superman entre las manos, mis ojos eran la cámara y los planos eran espectaculares: la cámara estaba atrás del personaje, lo seguía, entraba en la bañadera… El ojo, el muñequito, y vos que eras el personaje, ¡todo eso requiere mucha imaginación! Es algo que tenés que hacer con convicción y entregarte al placer que genera.

- La violencia no está ausente en tu obra, pero en Relatos salvajes hay una tematización.
- Creo que no tenía tanta conciencia de una pretensión similar pero sí, obviamente, al pensar en retrospectiva me doy cuenta de que las historias comparten una temática, de que hay cierto enojo, en general hacia las exigencias de cierto tipo de sociedad, ante un sistema que no necesariamente elegimos, pero en el que nacemos. Es decir, lo que llamamos realidad es algo que está construido por muchas decisiones, que benefician a muy poca gente y complican la existencia de mucha otra, y eso es algo que produce enojo, angustia, insatisfacción, distorsiona tu relación con los demás, te exige mucho, y cuando aparece un punto de fuga hay violencia. Me resultaba atractivo, con estos personajes, preguntarme ¿qué pasa si defienden su lugar y responden a la agresión externa? Lo primero que apareció en ellos fue cierto placer, algo que tiene que ver con el humor de la película, o también con la identificación que uno siente ante el placer que atraviesan los personajes antes de perder el control.

- Por saltar la barrera, el límite está franqueado. Y el espectador lo hace con el personaje.
- Hay en el cine una entidad; así como en la religión están el padre, el hijo y el espíritu santo, en el cine hay algo entre el que imagina –el director o el guionista– el personaje y el espectador, ahí hay una triada donde en los casos de máxima sanidad son una entidad. Cuando estoy escribiendo estoy pensando en el espectador dentro de mi cabeza y, junto al personaje, somos uno solo, que está avanzando frente a obstáculos externos. Cuando eso opera bien, el grado de identificación que produce el cine no sé si puede lograrlo otro arte de igual manera. Es transformador. Del cine salís, a veces, realmente modificado. Por eso, hago el ejercicio de imaginar cómo sería mi personalidad si no hubiese visto todas las películas que vi.

- ¿Ricardo, cómo fue tu vínculo con el director?
Ricardo Darín: - Durante el rodaje he notado que Damián tiene un nivel de percepción, un nivel de obsesión, de fineza, con respecto a no transgredir ni boicotear lo que tiene en la cabeza, que es admirable. Fuimos capaces de hacer veinte o veinticinco tomas de un mismo plano sólo porque quisimos que las cosas estuviesen en el punto exacto. Ese nivel de fidelidad consigo mismo lo hace ser alguien confiable, a quien querer seguir, porque sabe lo que quiere contar y elige las mejores armas para hacerlo. A la vez es muy permeable, sin dejar de ser testarudo; son cosas que me llaman poderosamente la atención.

- Dada tu empatía con el espectador, ¿cómo leés tu personaje, tan complejo como es?
- Es polémico, es la historia de un tipo común, con una actividad específica no muy común, puesto en una circunstancia especial. Es la imagen de un ciudadano en un contexto donde se padecen las normas estipuladas por empresas o instituciones, sin derecho a réplica. Normas ante las cuales no se recibe nada, y que se nos recuerdan constantemente. Lo que nunca se nos recuerda son nuestros derechos. Mi personaje dice algo bastante naif: “¿Dónde está la oficina donde te piden disculpas cuando se equivocan?", que mueve a risa, pero cuando lo analizás nos reímos equivocadamente. Es ese momento donde te sentís manoseado, un momento que se comunica con una sensibilidad ciudadana. Creí que era una cuestión más que nada argentina, pero la reacción que vi en Cannes, con una comunidad policromática, fue de reacciones idénticas. Te das cuenta de que se trata de un problema global. La famosa globalización nos tiene como rehenes y ha estipulado sus normas, con letras muy chiquitas en el contrato, en donde dice que no tenemos derecho a reclamo de nada. 
 

jueves, 21 de agosto de 2014

Somos ríos (2014, Azotea Producciones/Señal Santa Fe)


Por el río hacia la noche única


Somos ríos, documental que narra la presentación de Santa Fe en el último Cosquín, se proyecta mañana. Testimonios emotivos y una sensibilidad artística compartida. Sin el arte, no hay vida posible.

Por Leandro Arteaga

 Como este cronista tuvo la oportunidad de acompañar a la delegación de Santa Fe durante el último Festival de Cosquín, sabe de la emoción compartida entre sus integrantes. Hubo partícipes provenientes de numerosos pueblos y ciudades, representando regiones repartidas por todo el inmenso terruño que es la provincia. Un intercambio de afecto artístico como tal vez nunca se produjo de igual manera. Consecuencia mayúscula del programa “Querer, Creer, Crear”, impulsado por el Ministerio de Innovación y Cultura, preocupado por relevar el quehacer artístico de Santa Fe.
De esta manera, la delegación se conformó a partir de una selección rigurosa, que incluyó bailarines, cantores y músicos, a través de la tarea desempeñada por Eduardo Spinassi (Dirección Musical), Claudio Bolzani (Director Adjunto) y Diego García (Dirección del Ballet y Coreografía). Ahora bien, el relevo más importante, el que transcurre de manera sensible, encarnado en la experiencia de todos y cada uno de los artistas convocados, es el relato verdadero. Entre esta instancia escurridiza y el relevo documental, transcurren los sesenta minutos de Somos ríos, el trabajo audiovisual que presentará mañana a las 20.30, con entrada libre y gratuita, El Cairo Cine Público (Santa Fe 1120).
Somos ríos es una producción de Señal Santa Fe, y cuenta con realización integral del grupo Azotea Productora Audiovisual (Cuatro Calles; Rosario, Ciudad de los Payasos; Portaestudio), conformado por Francisco Zini, Pablo Zini y Hernán Roperto. Abocados al acompañamiento, cámara en mano, de la tarea íntegra que supuso la presentación en Cosquín, Somos ríos permite adentrarse en los instancias primeras, los ensayos, los testimonios, las ansiedades.
Ésta es una de las posibilidades mágicas que el cine supone: volver sobre lo hecho, y en este caso con el saldo feliz del desafío consumado. En este sentido, observar y escuchar los gestos y palabras de quienes se saben parte de una experiencia única, de un sueño que les cuesta todavía asumir, da cuenta de una expectativa que no tiene manera posible de ser cabalmente dicha. Por eso, hay momentos donde la imagen del entrevistado es suficiente, sus palabras entrecortadas también.
Cuando Somos ríos indaga en la vida cotidiana de cada uno de ellos, entre la panadería, el taller mecánico o la jardinería, como contraparte justa –nunca tan precisa, cercana, cierta- del momento cúlmine supuesto por el escenario Atahualpa Yupanqui, se alcanza ese momento misterioso que se disfruta todavía más. De esta manera, la película va y viene entre las imágenes que la Televisión Pública difundiera, durante la extraordinaria noche del 31 de enero, y la intimidad de apenas algunas de las sesenta personas que estuvieron en escena.
Fue una noche extraordinaria porque significó de manera profunda. La presentación duró como síntesis de los muchos días que entre sus integrantes se sucedieron. Así lo comentan mientras la cámara los registra, apegados entre sí por una sensibilidad compartida, por el goce estético producido. Reiteradamente se les escucha que sin el baile, sin el canto, vivir es imposible.
El río, contenido en el título del trabajo, aparece como el núcleo, es el nudo que sostiene, presente en las vidas de todos los integrantes de esta delegación; río hecho de canciones y bailes en aquella noche única, así como durante todas las noches vividas y todavía por delante.
 

Marea baja (2013, Paulo Pécora)


Cuando las cabezas asoman en el río

 
Por Leandro Arteaga

En el cine de Paulo Pécora hay un mundo que se construye, que se indaga, film tras film. Se sitúa en un borde difuso que orilla en el sueño, también en el delirio. Hay un pasado del que en vano se intenta escapar, de donde alguien quiere salirse o dejar bien atrás. Por eso se huye o se corre en aras de algo que sería, tal vez, un umbral redentor. Por este camino de senderos tortuosos transcurre El sueño del perro (2008), también lo hace Marea baja.
El escenario es el delta del Paraná, hay mucha naturaleza, estado casi salvaje, y horizontes que se pierden en un más allá que parece lejos. De todos modos, la lejanía es ilusoria, tanto como la droga o el alcohol que anestesian. A este mundo sonámbulo llega Pascual (Germán de Silva), oculto de algo no muy claro, también alerta a lo que le rodea. Algo está escondido entre señas ocultas y mensajes cifrados, quizás promesas de un botín que alguien hubo de enterrar por allí.
Mientras Pascual busca, la mujer que le hospeda (Susana Varela) hace lo propio. Le cocina, le limpia, le curiosea. Un hilo de historia personal corre entre los dos, hasta que arriba quien también guarda intimidad con la dueña de casa (Mónica Lairana). Un triángulo que complejiza, que agudiza una sensación de agobio que invariablemente habrá de replicar entre sus integrantes. Si Pascual es en quien la historia hace eco -entre su huida y su búsqueda-, en ellas también aparecen sensaciones similares, con el nexo puesto en los secretos que cada uno guarda.
El primer tramo de Marea baja es lo mejor del film porque se ocupa por encontrar un clima en donde abrumar al espectador. El montaje sonoro es vívido, bien cierto, casi insoportable. Con mucha muerte, mucha vida rondando: las hormigas devoran, las avispas están prestas al ataque, cabezas de animales muertos flotan. Es el equilibrio indudable, del que no hay forma de salirse, sólo desde la ilusión del juego de cartas, un tarot insuficiente.
Cuando la muerte llegue, lo hace como debe: matando. La recompensa puede ser encontrada, pero del destino demarcado no hay fuga. Y esto es así para todos los personajes que habitan el entorno que Pécora propone. Se puede ingresar, luego de atravesar una vegetación tupida, un río de agua marrón, pero el camino inverso no aparece de manera clara. Cada machetazo sobre la selva no es más que un cosquilleo sonoro que queda engullido, tanto como los disparos de armas de fuego.
De esta manera, si los personajes no pueden salir de allí, tampoco lo hará el espectador, obligado a sentir esa maraña de angustia que no cesa, teñida de errores imposibles de saldar, así como de decisiones con las que ya no tiene sentido penar.

Marea baja
Argentina, 2013
Dirección, guión y producción: Paulo Pécora. Fotografía: Emiliano Cativa. Montaje: Mariano Juárez. Reparto: Germán de Silva, Susana Varela, Mónica Lairana, Marcelo Páez, Abel Ledesma. Duración: 73 minutos.
Sala: Cine El Cairo
7 (siete) puntos

lunes, 18 de agosto de 2014

Alfredo Grondona White: Homenaje en CBB


El humor, ese remedio maldito

Dibujé desde que tengo memoria, como una forma de apropiarme de todo lo que me rodeaba. Esto me encasilla en el grupo squizo-autista que se evade de la realidad sumergiéndose en un mundo de tinta china que uno cree dominar. Nunca estudié dibujo seriamente sino que estuve picoteando de un lado y otro, lo que resulta, en mi propia crítica, como un “vago, inconstante, desubicado y desinformado”.
Alfredo Grondona White
La Muestra
En Espacio de Historieta, Alianza Francesa, Bs. As. (Octubre 2008)

Por Leandro Arteaga
(artículo para el catálogo de Crack Bang Boom 5 - 2014)

La trayectoria de Alfredo Grondona White (1938) es la de los maestros del humor y la historieta. Junto a nombres como los de Calé, Osvaldo Laino y Roberto Fontanarrosa, comparte Rosario como lugar de origen, para un recorrido con trascendencia mayor.
Sus primeras publicaciones acompañaron las páginas de los diarios Rosario y Democracia, entre 1953 y 1955. Hay un momento inevitable de referir, ya que con sólo 17 años gana el concurso de tapa de la revista Dibujantes, de Laino. En ese momento, el artista precoz asiste simultáneamente a sus estudios secundarios e inicia la carrera de Arquitectura. El servicio militar la interrumpe y luego no quedan ganas de retomar. Aparecen otras ocupaciones, como trabajar en Somisa (Sociedad Mixta Siderurgia Argentina), en San Nicolás. No es la única, suman a la lista Duperial y Petroquímica, y con ellas una mirada perspicaz que seguramente tuvo en aquellas experiencias su caldo de cultivo.
Por eso, el dibujo nunca aflojó. Grondona White envía pruebas al exterior y de revista Mad le dicen: “No puedo creer que una persona con esa mano esté trabajando en una planta siderúrgica. Mande más, mande más”, cuenta el propio dibujante[1]. Pero la plata, explica, no llegaba, se la robaban en el correo o antes de remitirla, si es que no le “afanaban” los dibujos con otra firma. Lo que no impidió que su trabajo conociera las páginas de Esquire, Help, Playboy y Mad.
La oportunidad local le llega de Buenos Aires, cuando –mientras trabaja en Chrysler– lo convoca David Lipszyc para dar clase en la Escuela Panamericana de Arte y enseñar “Dibujo publicitario”. Las revistas, mientras, comienzan a familiarizar el humor de Grondona White con sus lectores: La Hipotenusa, Ariete, Tía Vicenta, entre otras.
El salto cualitativo viene de la mano de Andrés Cascioli, quien le convoca a participar en Satiricón. Con paso por revistas como Chaupinela y El Ratón de Occidente, el momento de relieve aparece con el número 1 de Humor Registrado (junio 1978), cuyo célebre logotipo el dibujante diseña. En plena dictadura militar y mundial de fútbol, Humor es también consecuencia de un recorrido editorial que Ediciones de la Urraca –el sello de Cascioli– sabe cómo aprovechar: entre amenazas, censuras, prohibiciones, la revista tendrá continuidad hasta 1999, cuya última etapa –durante el gobierno de Carlos Menem– supo acumular tantas demandas como las sufridas durante el denominado “Proceso de Reorganización Nacional”.
En Humor el trabajo de Grondona White adquiere sus momentos mayúsculos, también porque la cofradía entre sus integrantes hizo de la publicación un refugio cultural, humorístico, democrático. Humor fue una experiencia fuera de lo común por el talento compartido entre Grondona White, Ceo, Dolina, Tabaré, Trillo, Altuna, Meiji, Limura, Soriano, Fontanarrosa, Viuti, entre otros. Allí tendrán cabida sus personajes inolvidables, como el Doctor Piccafeces, un abogado sin escrúpulos, acompañado de sus secretarias Molita y Aladelta. "Yo no sirvo a la justicia, la justicia me sirve a mí", dice Piccafeces. Ser abogado, dice G. White, “es la tercera profesión más aborrecida, detrás de los políticos y los sindicalistas”[2].
Puestos al tema “mujeres”, las secretarias de Piccafeces dan cuenta del canon femenino que transita los cuadritos de G. White. Féminas de ropa pequeña, talles muy ajustados, infartantes por terribles. Ningún chico de entonces habrá dejado pasar las páginas de Humor allí donde las chicas de G. White aparecían. Suspendidas en una gravitación propia, sensuales y muchas veces repulsivas.
En todo caso, el humor de G. White es venenoso, capaz de torcer supuestos, logrando puntos suspensivos incómodos, en donde se inscribe las más de las veces el propio lector. Es decir, no hay otro protagonista en sus cuadros humorísticos e historietas más que la sapiencia cotidiana de los hábitos y costumbres: maneras de vestir, de mirar, de gesticular, de decir. G. White es un dibujante extraordinario porque es un observador extraordinario, capaz de diálogos afilados que dieran letra también a dibujos ajenos, como los de Meiji y Ceo.
Con Humor, hay un mundo Grondona White que se instala definitivamente en el imaginario lector. De una vez y para siempre. Habrá que pensar que es esta impronta, indeleble, la que lleva a los cineastas Mariano Llinás e Ignacio Masllorens a realizar El humor (pequeña enciclopedia ilustrada) (2006), y ubicar al dibujante como eje del relato: ¿dónde está Grondona White?, ¿qué ha sido de él?, mientras recuerdan sus trabajos y persiguen respuestas en otros grandes como Quino, Max Cachimba, Tute, Daniel Paz, Liniers, Maitena, Cascioli, Dobal.
A partir de Humor, el lápiz de G. White tendrá repercusión en otras publicaciones de La Urraca como SuperHumor (con Adolfo Cruz Gamarra Hitler), Sex Humor, El péndulo (con la historieta Rob Scanner) y Humi, la mejor revista que debiera haber tenido cualquier infancia, donde dibujara Los Bespi, protagonizada por tres hermanitos.
El gran dibujante también ha participado de las páginas de la revista uruguaya ¡Berp!, de la que es uno de los fundadores, además de realizar trabajos para la Editorial Eura, de Italia. En el año 1996 recibió mención en el Concurso de Historieta del diario La Nación, y ha conformado con varios colegas, como Walter Clos (José María Suárez) y Jorge Barale, La Agencia del Humor, un emprendimiento nacido en 2001 con el objetivo de vender contenidos cómicos.
No han faltado libros que compilen su tarea. Entre ellos: Grondona White: 150 páginas de sus mejores historias (Los libros de Humor, 1982, Ediciones de la Urraca), El Dr. Piccafeces: 20 Historias de derecho torcido (Los libros de Humor, 1988, Ediciones de la Urraca), Alfredo Grondona White: En blanco y negro (Biblioteca Grandes Humoristas Argentinos, 1989, Hyspamérica), Alfredo Grondona White (JA Colección Humor 1, La Duendes, 2011), La revista Humor y la dictadura (Andrés Cascioli, Colihue, 2013).
Entre sus maestros del dibujo, Alfredo Grondona White ha señalado tanto al Alex Raymond de Flash Gordon como al inglés Ronald Searle, al que tempranamente leía en la revista Punch, en la biblioteca de la Cultural Inglesa de Rosario.
¿Sugerencias para dibujantes? El maestro responde: “Modestia y humildad, amor por el dibujo y disfrutarlo, simplificación a partir del conocimiento de lo complejo, claridad y parquedad en el mensaje y huir del facilismo, el panfleto, el sermón y la prédica.”[3]
Homenajearle en esta edición de Crack Bang Boom es también rendir tributo a una manera personal, autoral, de hacer humor e historieta. Y agradecerle, de paso, por esa huella venenosa que supo cómo socavar y descubrir en cada uno de nosotros.




[1] Mosconi, Ana: "Hay que tener la capacidad de reírse de uno mismo". Reportaje a Alfredo Grondona White. En http://www.museodeldibujo.com/reportajes/agw.html
[2] Aguado, Alejandro (10/02/2010): “Entrevista: Alfredo Grondona White”. En http://laduendes.blogspot.com.ar/2010/02/picado-patagonico-y-entrevista-alfredo.html
[3] Ídem nota 2.
 

viernes, 15 de agosto de 2014

Edgardo Cozarinsky: Carta a un padre. Entrevista


El dominio de la pura posibilidad

Dueño de una sensibilidad que es un mundo de cine, Edgardo Cozarinsky visitó Rosario con su última película. El cine de cámara y el cine espectáculo. El padre, ese interrogante que cobra forma de cine.


Por Leandro Arteaga*

Una de las gratificaciones que trajo aparejada la edición reciente de Bafici Rosario fue la presencia del cineasta y literato Edgardo Cozarinsky, quien estuvo presente durante la función de su última película, Carta a un padre, el pasado viernes.
Desde la premisa que el director entiende como “cine de cámara”, Carta a un padre encuentra nexo con sus dos films anteriores: Apuntes para una biografía imaginaria (2010) y Nocturnos (2011); tres películas que se requieren desde su oposición al denominado “cine espectáculo”. “No es que no me guste el cine espectáculo, al contrario, soy un muy buen espectador de cine espectáculo, pero así como hay música sinfónica, hay música de cámara. Una sinfonía de Beethoven no la podés escuchar en un espacio chico, un cuarteto de cuerdas se pierde un poco en las dimensiones de un gran teatro”, explica Cozarinsky a Rosario/12. Y agrega: “La idea de estas tres películas, que hemos hecho con (la productora) Constanza Sanz Palacios era la de un cine íntimo, que se dirigiera a espectadores sensibilizados para este tipo de cine, que nos permitiese descubrir muchas cosas que tal vez el cine espectáculo no atiende, con su obligación de atenerse a un guión narrativo.”
Carta a un padre indaga en recuerdos, en objetos, en ese interrogante que es la figura del padre para el cineasta. Una búsqueda inasible, que le lleva por primera vez a Entre Ríos, a encontrar esas huellas que en algún lugar el tiempo todavía esconde. El momento álgido, bellísimo, sucede durante la lectura de una carta de su abuelo, donde la voz de Cozarinsky dice las palabras escritas sobre un papel de carta que guarda años y años. La lápida y el atardecer acompañan a la voz que vence el tiempo y teje vínculos.
“Es una secuencia muy curiosa, porque esa carta existe, lo que tengo en la mano es el original”, comenta. “Mi padre murió cuando yo tenía veinte años. Esa carta la encontré cuando murió mi madre, hace pocos años. Había una caja en su departamento donde había cantidad de papeles y fotos viejas. Ahí encontré una carpeta con cartas de mi abuelo y de mis tíos dirigidas a mi padre, en ocasión del primer viaje que hizo como marino. En el momento no pensé nada con respecto a un proyecto cinematográfico. Cuando surgió la idea, estábamos con Constanza en Venecia, en 2001; pero ni ella ni yo creemos en la casualidad. Si surgió en ese momento fue porque en algún lugar estaba flotando y apareció la circunstancia para decirlo. Cuando volví a Buenos Aires me puse a revisar esas cartas. Son cartas graciosas, como la de una tía mía que le dice a mi padre, que tenía veinte años cuando fue a Estados Unidos, ‘no te enamorés de una gringa, volvé y casate con una criolla’. Pero la de mi abuelo me impresionó porque, imaginate, se trata de inmigrantes que llegaron al país sin saber castellano, en 1894, que estudiaron español en la escuela nocturna en Villa Domínguez, provincia de Entre Ríos, y en 1919 mi abuelo podía escribir una carta en castellano. Es una carta ingenua, muy cándida, pero sin errores de ortografía. Hoy abro diarios de Buenos Aires con errores de ortografía y con una sintaxis pésima.”
Lo profundamente emocional del momento fue situación mentirosamente distante para el propio realizador, quien lo confiesa desde la anécdota: “Cuando hicimos la lectura de la carta, la sonidista me dijo al volver en el auto a Villaguay, ‘¡qué cosa! ¡no te emocionaste nada, yo estaba ahí sosteniendo la caña, con el micrófono, se me humedecieron los ojos, y vos hiciste la toma dos veces!’. Le dije: ‘yo estaba mirando el cielo’, porque teníamos media hora de luz, había que hacer las dos tomas y no tenía que hablar rápido. Después en el montaje, a fuerza de ver la toma elegida, me empecé a emocionar.”

-Evidentemente, en algún momento los recuerdos, o su necesidad, fueron suficientes para que apareciera la película.
-La película está hecha con fragmentos de memoria, de documentos. Está filmada en Entre Ríos, en lugares que me interpelaron: un paisaje, un lugar, una escuela, una casa, un cementerio, con el comentario que es mi voz en off. Pero no había nada que estuviese escrito, sólo algunas frases. En general, el guión fue escrito a medida que armábamos el montaje de la película, con lo cual se necesita tener una productora tan audaz y talentosa como Constanza Sanz Palacios para embarcarse en una aventura donde el director le dice a la productora: “voy a filmar pero no sé bien qué es lo que voy a filmar, y después voy a escribir el texto cuando haya filmado”.

-Entiendo que la pregunta por el padre es también una pregunta sobre la vida de uno mismo.
-Sobre todo cuando en algún momento, antes de la película, me dije ‘caramba, estoy viviendo muchos más años de los que vivió mi padre’. Creo que teníamos muy pocas coincidencias de carácter, de temperamento, pero haciendo la película me dije ‘qué curioso, mi abuelo cruzó el océano, a fines del siglo XIX, no sabía muy bien a dónde iba, sabía que iba a una tierra donde iba a poder estar mejor y trabajar y armar una familia que era lo que había dejado atrás, pero iba a lo desconocido’. Mi padre, a los 19, 20 años, se mete en la marina y se va a recorrer el mundo, habiendo nacido y sido criado en el campo. Y yo he vivido, entre el cine y la literatura, parte del tiempo en Europa y ahora estoy de vuelta en Buenos Aires, donde nací y crecí. Una de las cosas que al hacer la película me hizo pensar es en hasta qué punto entre estas tres personas –a mi abuelo nunca lo conocí, murió antes que yo naciera– había una cosa como de rupturas que se repetían en el tiempo, generación tras generación.

-El título de la película, de hecho, podría también ser Carta a un interrogante.
-Hay preguntas que no tienen respuesta, una pregunta abre un espacio de interrogantes, de posibilidades. Una respuesta te limita, a veces sobre todo en trabajos de creación, porque la ciencia evidentemente es otra cosa, quiere llegar a resultados concretos, verificables. En la literatura, en el cine, en cualquier forma de creación llamémosla artística, con toda modestia, las preguntas son más importantes, y uno trabaja como tanteando en la oscuridad, viendo a ver qué sería posible, a dónde vamos, y eso para mí es la parte más linda del trabajo, internarse en los caminos no tomados. Cuando uno es joven, hay delante una cantidad de caminos abiertos, uno toma uno en vez de otro, y ahí se empieza a estrechar la cosa. Cuando llegás a cierta edad, desaparecieron todas las posibilidades y todo lo que elegiste en tu vida es un solo camino y tenés que seguir con él. Eso es lo lindo de hacer cine, de escribir literatura, internarse en el dominio de la pura posibilidad.

* En colaboración con Federico Fritschi, Más tarde que nunca (Radio Universidad Rosario)
 

Líbranos del mal (2014, Scott Derrickson)


Exorcismo previsible y moralista


Por Leandro Arteaga
 
Que un cura invite a tomar un trago, fume y mire sin disimulo a la “camarera”, no es más que una actualización del catolicismo convencional –como afirma Román Gubern– del que se vale el cine norteamericano. La imagen de exorcista “cool” que compone Édgar Ramírez en Líbranos del mal está en sintonía, dado el caso, con la que propone Paul Bettany en Priest: El vengador (2011). Ambos, un disparate.
La raíz ejemplar, se sabe, es una obra maestra: El exorcista, de William Friedkin. A partir de allí, varios vaivenes similares, que alcanzan a un film reciente, moralista: El conjuro (2013). Con un afán de sustento desde el presunto “hecho real”, El conjuro enhebra una lectura sin fisura, maniquea. Otro tanto sucede con Líbranos del mal, en donde la gracia divina aparece para pelear contra el demonio que persigue, desde Irak, a unos marines malditos.
La “contaminación” llegará a casa, entre situaciones escabrosas –la madre que arroja a su hijo a los animales del zoológico–, pistas en latín y mordidas caníbales. Serán dos los personajes que traben fuerzas, cual buddy movie. Por un lado, el sacerdote referido; por el otro, un policía atribulado (Eric Bana). Este último, con una familia que proteger. Los dos son peso y contrapeso, razón y fe, disparos y cruces.
Acá lo raro o curioso. Cuando finalmente se llegue a la escena exorcista, entre ecos que invariablemente dialogan con el film pionero (dialoga mejor, por ejemplo, ¿Y dónde está el exorcista?, con Leslie Nielsen y la mismísima Linda Blair), la situación sucederá dentro de un destacamento policial, en la sala de interrogatorios. La escena recuerda una sesión de tortura. Lo llamativo es que el poseído –o torturado– sería, irónicamente, el marine. En este sentido, la operación simbólica del film es doble. Por un lado, la legitimación de la tortura a través de la cruz y los salmos (no hay que cejar en lo que se está haciendo, se trata del demonio); por el otro, el salvataje espiritual del soldado norteamericano (la tortura no es sobre él, sino cifrada en él, dirigida al Otro).
De esta manera, Líbranos del mal es un film siniestro. No por exponer un juego malsano, que incomode, perturbe; sino por legitimar un ejercicio ideológico de manifestación bélica. Un plano detalle, final, sobre la medalla bendita dice como conclusión todo lo que el film es.
La película anterior del mismo director, Scott Derrickson, había sido la notable Sinister. Allí había casa embrujada, secreto raro, películas en Súper 8 con muertes, mucho fuera de campo. Un film sorprendente. Bien lejos de esta puesta en escena conciliadora, homogénea, reaccionaria, atenta a los clichés del cine cristiano más tosco.

Líbranos del mal
(Deliver Us from Evil)
EE.UU., 2014. Dirección: Scott Derrickson. Guión: Paul Harris Boardman, Scott Derrickson, sobre un libro de Ralph Sarchie y Lisa Collier Cool. Fotografía: Scott Kevan. Música: Christopher Young. Montaje: Jason Hellmann. Reparto: Eric Bana, Edgar Ramírez, Olivia Munn, Joel McHale, Sean Harris, Dorian Missick.
Salas: Monumental, Showcase, Sunstar, Village.
3 (tres) puntos

martes, 5 de agosto de 2014

Comics che passione! + Batman & Superman: 75 años


Héroes desde dos continentes


La historieta italiana será protagonista de una muestra imperdible. Tex, Diabolik y Topolino, entre muchos personajes más. El coleccionismo de Superman y Batman promete una mirada amena sobre los dos héroes.

Por Leandro Arteaga

El mes que inicia tendrá en la historieta uno de sus ejes culturales, ya que varias actividades de diversa índole acompañarán la realización de la inminente quinta edición de Crack Bang Boom, Convención Internacional de Historietas, a desarrollarse entre los días 14 y 17 de agosto. Es en este marco donde se inscribe, a partir de hoy y hasta el 14 de septiembre, Comics che passione!, muestra dedicada al fumetto italiano, que visita las galerías del Centro Cultural Parque de España, con organización compartida por la entidad junto al Consulado General de Italia en Rosario y la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad.
Con curaduría de Maurizio Scudiero, Comics che passione! permitirá una mirada profunda sobre el derrotero de la historieta producida en Italia. En el texto que acompaña la muestra, Scudiero explica la procedencia del término fumetto a partir de la expresión que germinara junto a la pionera L’Avventuroso: “giornale a fumetti” (revista con nubes de humo), en alusión a los diálogos de los personajes, contenidos en los globitos.
En L’Avventuroso, los héroes del cómic americano tuvieron su esplendor, pero la historia mayor del fumetto surge en 1937 con la publicación de la revista Il Vittorioso, entre cuyas páginas –distingue Scudiero– desfilaran talentos como Franco Caprioli, Athos Cozzi, Kurt (Corrado) Caesar, Antonio Canale, Benito Jacovitti. Páginas con sus dibujos acompañarán la muestra que inaugura hoy.
Quien también aparece por vez primera en L’Avventuroso es el insigne guionista Gianluigi Bonelli, creador posterior de Tex, una de las historietas más tradicionales de Italia. Una misma trascendencia internacional equipara al cowboy Tex con otros personajes emblema como el delirante Diabolik, creado en 1962 por Angela y Luciana Giussani, y Dylan Dog, detective de lo paranormal ideado por Tiziano Sclavi en 1986. Todos cuentan con versiones cinematográficas; entre ellas destaca Diabolik (1968), del cineasta Mario Bava, que tendrá proyección el sábado 16 a las 22.30 en El Cairo, con presentación de Axel Kuschevatzky.
La historieta italiana (y argentina) es impensable sin el aporte de uno de sus más grandes maestros: Hugo Pratt. El creador de Corto Maltés tendrá cabida en las galerías del Parque de España junto a otros ilustres como Milo Manara, Antonio Rubino, Dino Battaglia, Luigi Corteggi, Franco Bignotti, Guido Crepax, Magnus, Simone Bianchi. Otro de los aspectos donde la muestra promete reparar es en el singular aporte que Italia realizara a las historietas Disney con Topolino y Paperino (Mickey y Donald), cuya originalidad les llevara a ser reconocidas como tendencia estética dentro del clásico mundo de personajes establecido por la firma estadounidense.
Entre muchos de los populares fumetti que visitarán la muestra destacan Gim Toro, Kit Carson, Nathan Never, Pecos Bill, Ray Fox, Rin-tin-tin, Satanik, Sergente York, Zagor y Zembla.
En otro orden, el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa presenta, a partir del jueves próximo y hasta el 14 de septiembre, la muestra Batman & Superman: 75 años en figuras y coleccionables. Como el título indica, todo un recorrido de vida que tendrá correlato en las colecciones privadas de Andrés Rodríguez Haro, Carlos Coca y Robert Helguera: muñecos, objetos, revistas, videos, figuritas, batimóviles, juguetes, entre las muchas curiosidades ofrecidas a la vista del público. La curaduría es de Federico Fernández Salafia.
Los setenta y cinco años son cantidad suficiente para dar cuenta de la incidencia de estos dos personajes en la imaginería popular. Superman fue el primero, surgido en Action Comics #1 (junio 1938), Batman aparece en mayo del año siguiente en Detective Comics #27. Los dos han compartido aventuras que tempranamente saltaron de las historietas a la radio, el cine y los dibujos animados. Entre los dos, hay un balance que les sitúa entre el día y la noche, entre la justicia y el castigo. Son dos personajes bien diferentes y, quizás por ello mismo, tanto se requieren.  
Vale señalar la lectura propuesta por el escocés Grant Morrison en su libro Supergods, en donde sitúa a Superman como el superhéroe socialista, surgido para pelear por los necesitados en la Gran Depresión. Si Superman es el hijo de la velocidad y el futurismo, Batman surge como la reformulación del vigilante urbano. Ser millonario es algo que le juega a favor y, en opinión de Morrison, explica la fascinación actual por el personaje. Pero también, Batman es en quien mejor se entrelazan las facetas sociales, tan complejas como para haberle hecho bailar el twist con Adam West (en la serie televisiva de 1966), volverle un psicópata torturado en los cómics de Frank Miller y en el cine de Tim Burton, y finalmente erigirle como un soldado guerrero en las películas de Christopher Nolan.