miércoles, 21 de mayo de 2014

La chispa de la vida (2011, Álex de la Iglesia)


Ética televisiva o dignidad de cine

Con su desenfado habitual, el español Álex de la Iglesia logra en La chispa de la vida uno de los mejores comentarios sobre la crisis, el oportunismo televisivo, y la desesperación. Sin estreno comercial en Rosario, la película conoce ahora su distribución en dvd.


Por Leandro Arteaga

Qué afortunado golpe de suerte y de efecto bienvenido poder ver las dos últimas películas del español Álex de la Iglesia como estrenos simultáneos en dvd. Su última producción, Las brujas (2013), tuvo estreno comercial –y una lista enorme de Premios Goya- pero, así las cosas, sólo una semana de exhibición en las salas de la ciudad. Mientras que La chispa de la vida (2011), si bien con estreno en Buenos Aires el pasado diciembre, no tuvo oportunidad alguna en Rosario. Paradojas, dada la reciente visita fílmica del realizador a la ciudad, con el encargo del documental sobre el futbolista Lionel Messi bajo el brazo.
La chispa de la vida tiene a su director en la mejor forma posible; esto es, pleno de ironía, desborde, ingenio y tinte malicioso. Más aún cuando se trata de hacer foco en el mundo del periodismo, de los medios, de la publicidad; ámbitos donde, se sabe, el cine también es parte. Pero el cine es capaz de ser artístico y, nada menos, reflexivo. Vale decir, nunca la televisión tuvo –ni tendrá- la autocrítica que el cine ha manifestado. O también, nunca la televisión podrá decir sobre sí lo que el cine ha dicho sobre ella.
El referente inmediato es esa obra maestra que se titula Cadenas de roca (Ace in the Hole, 1951), del extraordinario Billy Wilder. En España se la conoció como El gran carnaval. Ambos títulos dicen sobre lo que en el argumento anida, donde Kirk Douglas, un periodista en declive, reencuentra la posibilidad del suceso en un hecho desgraciado, con un hombre atrapado en una cueva, a punto de desmoronarse. El infortunio será reconvertido en noticia y se tirará de su cuerda hasta más no dar. Allí donde el límite amenace con evidenciar lo que se ha trastocado y, honor para el cine, reflexionar sobre la ética o, justamente, su ausencia. Como siempre, hechos posteriores han culminado por dar la razón al arte (o a su intuición): la tragedia y rescate de mineros en Chile fue uno de los programas televisivos más cercanos –más delirantes- al planteo manifestado por Wilder. Queda en el lector agregar casos similares.
La chispa de la vida propone un diálogo con aquel film, pero también con lo que inmediatamente le rodea. Ahora se trata de un desempleado, de un hombre desesperado, sin lugar social (José Mota), a quien el infortunio hará su presa. Mientras visita un museo -casi como víctima del atropello ciudadano, mientras recuerda con angustia otros tiempos, otras sensaciones-, la puerta que no debía abrir, el pasillo por el que no debía caminar, le llevan a una caída casi mortal, con una vara de metal incrustada en su cráneo, imposibilitándole movimiento alguno. Como si fuese un suicidio.
Familia, prensa y publicistas, ocuparán progresivamente el espacio, rodeándole, atosigándole, con él como figura de un interés concéntrico que creía perdido. El ámbito donde yace es histórico, está en refacciones, y posee intereses económicos en juego. Un lugar que es semántica bisagra entre un proceso histórico en el que inevitablemente se cuela la inmediatez de los tiempos actuales, con una sociedad excitada, en crisis, devota del sensacionalismo. En otras palabras, lo que finalmente aparece como lugar de encuentro preferencial, como reina natural del suceso, es la televisión. Con sus luminarias de cartón pintado, de conductor televisivo empresario, con cachet impresionante, capaz de manejar los contenidos más imbéciles –aún en las situaciones sociales más críticas- como la dieta diaria que la ciudadanía exige.
Tal exigencia, tal necesidad de ser visto o vista en televisión, no es el dato menor, sino el acento dentro de la puesta en escena de De la Iglesia. Es la misma víctima, el mismo antihéroe, quien pide a gritos por las cámaras, quien ve allí la posibilidad de ser la estrella fugaz del momento, su carta de triunfo para -acá lo mordaz, lo brillante- el bienestar de su familia (donde Salma Hayek interpreta a su esposa). Hay contratos que el tiempo exige firmar con rapidez, porque el pobre está a punto de morir, o tal vez no. Pero la televisión nada regala, y lo que es noticia debe atravesar el proceder monetario. Y él, allí clavado, casi un Cristo sarcástico, en procura de agilizar trámites, de que las cámaras le tomen en medio de todo ello y no le pierdan de vista, de que la sensibilidad de los espectadores despierte y le acompañe, mientras los anuncios publicitarios se entremezclan con sus frases estúpidas.
Porque el desdichado sabe de esto, lo conoce muy bien, dado su cariz de hombre de la publicidad, dueño no reconocido de esa frase de ingenio –“la chispa de la vida”- con la que la gaseosa más famosa hizo su mejor campaña. Pero ahora su importancia ha pasado a ser la de un simple operario olvidado o, como gustan llamarse tales artífices, la de un “creativo” desvencijado, a quien ya nadie recuerda porque, con sinceridad, ¿cuál es la posteridad prevista para los “ingeniosos” juegos de palabras de la venta comercial más que la de ser, con suerte, un eco, una letanía infantil?
A este hombre ya nadie le quiere, mientras su alguna vez agencia publicitaria continúa albergando a quienes cuentan la moneda, a financistas o empresarios, o a los nuevos “creativos” inspirados, tal como astutamente lo refiere la caracterización del gran Santiago Segura.
¿Hasta qué limite llega La chispa de la vida? Mejor ver el film y contagiarse de ese estado de ánimo exitista, para llegar al desenlace justo, al momento donde la acción final opera de una manera como nunca la televisión podrá ejercer. Allí cuando el cine se sabe cine porque, precisamente, no es televisión, no es consecuencia de tiempos atropellados, premeditados comercialmente, ni manipulados por sonrisas de dientes blancos. Acá es donde conviene recordar otro gran desenlace, terrible, como lo es el zapping de The Truman Show (1998, Peter Weir). El cine siempre avisó con tiempo. 

La chispa de la vida
(España/Francia/EE.UU., 2011)
Dirección: Álex de la Iglesia. Guión: Randy Feldman. Fotografía: Kiko de la Rica. Música: Joan Valent. Reparto: José Mota, Salma Hayek, Blanca Portillo, Fernando Tejero, Juan Luis Galiardo, Manuel Tallafé, Antonio Garrido, Carolina Bang. Duración: 94 minutos.
Solo disponible en DVD
8 (ocho) puntos

martes, 6 de mayo de 2014

Rosario y las historietas


La ciudad ilustrada

La historieta en Rosario, antes y ahora. El después que interroga. Las revistas, los personajes, los dibujantes. La falta de espacios. Roberto Fontanarrosa y Eduardo Risso, historietistas ilustres.


Por Leandro Arteaga

Pensar la historieta en Rosario es un tema laberíntico. Hay un recorrido que atrapa, con vínculo en el recuerdo lector. Pero lo cierto es que la situación actual es algo extraña: hay muchos historietistas, pero no hay revistas. Entonces, ¿dónde están las historietas?
Si de historieta rosarina se trata, Roberto Fontanarrosa es la figura indeleble. Dos de sus personajes, entre tantos más, son de los más famosos de la historieta argentina: Boogie, el aceitoso e Inodoro Pereyra, el renegáu. Partícipes en numerosas revistas y reediciones desde su aparición señera, en la revista cordobesa Hortensia, durante 1972. El antes y después del gran humorista sucede al año siguiente, en la contratapa del diario Clarín, junto a la troupe irrepetible que convoca Caloi: Crist, Tabaré, Trillo, Altuna, Rivero, Ian, Viuti, Dobal.
Antes de Boogie, el dibujante hacía sus primeros pasos en la revista rosarina Boom (1968-1970). Con una marca gráfica que ya preanunciaba al humorista extraordinario. En tanto publicación periodística ejemplar, Boom es la primera de otras, en donde dibujo y humor pasarán a tener mayor atención. El dibujante Manuel Aranda oficiará de ánima mentora en dos de ellas: La cebra a lunares y Risario.
La primera nació en 1973, tuvo 13 números, compartió páginas periodísticas y humorísticas entre Héctor Beas, Napoleón, Maquiaveli, Sergio Kern, David Leiva, Pablo Colazo, y otros. Aranda venía con experiencia repartida en revistas como Hortensia y Tía Vicenta. La cebra fue la respuesta rosarina. Pero el tirón mayor lo pegó Risario: 45 números, de 1980 a 1987. La dirección fue compartida entre Aranda, Jorge Santa María, David Leiva y Tomás D’Espósito (luego conocido como El Tomi). Muchos humoristas nacientes tuvieron allí lugar, junto a Beas, Fontanarrosa, Maquiaveli, Quique Fenner y el mismísimo Crist. Entre sus historietas, perdura en la memoria colectiva Robinson Sosa, de Aranda y El Tomi, cuyo protagonista y su compañero Jueves, compartían su visión de mundo desde la isla del laguito del Parque Independencia.
Ahora bien, para identificar una revista rosarina dedicada a la historieta, hay que reparar en Tinta, la revista de los dibujantes solitarios. Fueron 3 números, entre 1977 y 1979. La dirección fue de Sergio Kern; con participaciones de Jorge Varlotta (El llanero solitario), Rubén Pergament (Corpuscrisis), Kern (Marquimán!), y el Ultra de Fontanarrosa, primo predecesor del mismísimo Boogie, que la revista exhibía en carácter de inédito.
Sobre los ’80 la profusión es importante: El Maldito Chocho (1981, único número), revista del grupo Cucaño, con El Marinero Turco (Daniel Canale); Enana Turca (dos números, 1981 y 1983), de Mosquil (Gustavo Rojas); Infame, del Marinero y Mosquil (dos números, 1983 y 1984). Pero el arribo de la década nueva será para Rita, la salvaje.
Rita aparece en 1991 y debe su nombre a Juana González, la popular artista de varieté. Gracias al apoyo de la Municipalidad de Rosario, la publicación prometía lo que las demás no podían: continuidad. Estuvo dirigida por Daniel Canabal, a la vez que coordinada por El Tomi y Manuel Aranda, quien se alejaría del cargo unos meses después. Por sus páginas transitaron los nombres de Raúl Gómez, Maus, Niño Rodríguez, Max Cachimba, Fontanarrosa, Eduardo Risso, junto a muchos que hacían sus primeros lápices, como Esteban Tolj, David Nahón, Marcelo Frusin.
Las historietas de Rita ya distinguen un grupo ecléctico, en ebullición. Sin embargo, los problemas presupuestarios terminan con la publicación en el número 9 (agosto 1992). Un décimo número, sin imprenta local, encuentra lugar en la revista porteña Cóctel Molotov #11 (noviembre 1992): “Rita la salvaje. Especial de la gran revista rosarina” decía, de manera póstuma, la tapa de Cóctel.

Dibujantes sin revistas

Acá se abre un paréntesis raro, pero no tanto. Durante los ‘90 la historieta no es inmune al proceso económico. En Rosario poco se podía hacer cuando a nivel nacional las editoriales cerraban progresivamente. Los datos lo confirman: Fierro (Ediciones de la Urraca) concluye en 1992, Puertitas y Puertitas Super Sexy (El Globo Editor) cierran en 1994, Skorpio (Editorial Récord) finaliza en 1996. La que sobrevive un poco más es Editorial Columba –D’artagnan, Nippur Magnum, Intervalo, El Tony–, pero sin un horizonte claro, hasta culminar sus actividades a mediados del año 2000.
Es el momento de la denominada “primavera de los fanzines”. Es decir, revistas publicadas de manera autónoma, donde el dibujante cumple funciones de editor y distribuidor: áreas donde no tiene experiencia, para las que no se ha formado. Si Rita, la salvaje exponía un cúmulo inagotable de talento gráfico, la historieta debía encontrar alternativas. El fanzine (contracción de fan y magazine) es expresión de esta necesidad, a la vez que causal de la Asociación de Historietistas Independientes Rosario, en 1999.
La AHI Rosario se dedicará a nuclear publicaciones, capacitar dibujantes, y organizar –junto a una comiquería de la ciudad– la actividad Leyendas, en las instalaciones del Centro de Expresiones Contemporáneas de la Municipalidad. Leyendas –dedicado a la historieta, el juego de rol y la ciencia-ficción– será un punto de encuentro fundamental, local y nacional, entre artistas profesionales y principiantes. Tendrá diez ediciones, entre 1999 y 2008, con la visita ilustre de historietistas como Carlos Trillo, Carlos Casalla, Leopoldo Durañona y Francisco Solano López.
Con las editoriales en crisis, la vía laboral sobresale en el mercado extranjero. En verdad, es una posibilidad que siempre estuvo, que tempranamente llevó a muchos de los artistas de la ciudad a encontrar allí lugar de trabajo y, algunas veces, de residencia. Es el caso de El Tomi, Napo, Alejandro O’Keeffe, Pablo Raimondi, entre muchos más.
Pero con Eduardo Risso sucederá algo distintivo. El dibujante, si bien cordobés, es un rosarino por adopción, que todavía vive y trabaja desde la ciudad; rasgos que permiten un nexo con Fontanarrosa.

El talento de Risso

A Risso se le debe destacar por varios motivos. En él se cifra un recorrido magnífico, que le ha llevado a participar en los mercados argentino, europeo y estadounidense. Además, formó asistentes, luego devenidos profesionales por derecho propio; entre ellos: Leandro Fernández, Marcelo Frusin, Francisco Paronzini; todos en Rosario y con publicaciones en el exterior. También, Risso es organizador de Crack Bang Boom, junto al Centro de Expresiones Contemporáneas, la primera convención de historietas de nivel internacional que conoce la ciudad, que desde 2010 ha contado con personalidades de relieve como Jim Lee (X-Men), David Lloyd (V de Vendetta) y Brian Azzarello (guionista habitual de Risso).
En cuanto a su trayectoria, Eduardo Risso ha dibujado guiones de Robin Wood (El Ángel), Ricardo Barreiro (Parque Chas) y Carlos Trillo (Fulú, Yo vampiro, Chicanos, entre otras). Con Azzarello ha realizado una obra ya clásica dentro del cómic americano: 100 Bullets (100 Balas), cien números publicados entre 1999 y 2009. La serie le convertirá en uno de los nombres más influyentes dentro del panorama. Y si bien se trata de un dibujante reacio al mundo de los superhéroes, el único que le ha caído en gracia es Batman, a quien supo ilustrar en varias aventuras, siempre en compañía de Azzarello. Los premios más importantes no le han sido ajenos: cuatro Eisner por 100 Bullets –entre ellos el de Mejor Artista, en 2002–, dos Harvey –también Mejor Artista–, y el Yellow Kid en 2004 por, invariablemente, Mejor Artista.
En cuanto a los nombres referidos, Frusin ha sido uno de los lápices de la serie americana Hellblazer (DC Comics), actualmente en plena realización de La expedición, consistente en cuatro álbumes para la editorial francesa Dargaud. Fernández ha transitado títulos Marvel como Punisher, The New Mutants y The Incredible Hulk. Paronzini se encuentra dibujando el cómic interactivo Operation Ajax (Cognito Comics) y proyectos para la compañía griega Deimos Comics. Entre los talentos más recientes figuran Alejandro Aragón –encargado de la versión en cómic de la película 28 Days Later (Exterminio, de Danny Boyle), ahora con el lápiz a pleno en EVE (Dark Horse) – y Damián Couceiro –con un prolongado arco argumental dentro del cómic cinematográfico Planet of the Apes (El planeta de los simios), también finalizando una serie dedicada al éxito televisivo Sons of Anarchy–.
Mención aparte para Carlos Barocelli –cuya continuación de El Eternauta, parece, se edita en breve– y el talento de Gabriel Ippóliti, de colaboración seriada con el guionista bonaerense Diego Agrimbau: La burbuja de Bertold, El gran lienzo, Planeta Extra, Edén Hotel; todas para el mercado europeo. La última elige por protagonista al Che Guevara, durante una presumible estancia familiar en el famoso hotel cordobés, infestado de nazis. Fue publicada en Fierro, luego de conocerse en Francia.
Así como Fontanarrosa, hoy es Eduardo Risso quien aporta un lugar de referencia para pensar la historieta en Rosario. Un momento donde persiste la proliferación de artistas, pero con posibilidades laborales en el exterior. Lo que se ha perdido es el contacto con el lector local, algo que la obra de Fontanarrosa siempre mantuvo.
Hay esfuerzos notables, que quieren desdecir la situación. Revista Términus es el caso ejemplar: ya van cinco números de esta antología, coordinada por los dibujantes Maximiliano Bartomucci, Bruno Chiroleu y el guionista Gastón Flores. Tiene distribución nacional, agotan ejemplares, mientras persiguen el propósito de hacer conocida entre cercanos parte de su obra. Otra excepción es el magnífico álbum Far South (Lejano Sur), con guión de Rodolfo Santullo y dibujos de Leandro Fernández, alguien habitual para muchísimos cómics Marvel, si bien desconocido en la ciudad. Lo ha editado el sello Puro Comic, de Rosario.
“Yo creo que la historieta arranca, siempre, como una vocación, como un entretenimiento; como lo que a uno lo divertía de chico: leer historietas y copiar al dibujante”, decía Fontanarrosa a este cronista. Así es como el vínculo se entreteje y la historieta crece. Por eso, y entre tantas otras dudas, ¿qué ha sido del “Pollo” Palacios? ¿Dónde fue a parar?


Terminus #5 (Chiroleu-Flores-Couceiro): entrevista


Páginas para asomarse y asombrarse
 
Con su nuevo número, revista Términus ratifica su impronta e importancia. Los historietistas quieren dibujar y Términus lo demuestra. Dibujantes rosarinos y del país, muchos con trascendencia internacional, entre sus páginas.


Por Leandro Arteaga
 
Ya van cinco números, y entre tantas páginas, colaboradores, estilos gráficos, experiencia, también historietas completas. El “continuará” es congénito a la historieta, y nada peor cuando los puntos quedan para siempre suspensivos y nada más se sabe o sabrá de los apuros del héroe. Con Términus esto no pasa. Y no sólo eso: reimpresiones de los números 2 y 3 a la orden porque se han agotado, y las distribuidoras quieren, exigen, más revistas.
¿Qué es Términus? Es la revista de historietas que encuentra eje en Rosario y sus dibujantes. Con tanto tino certero que ya han ganado mérito propio entre cercanos y lejanos: historietistas de otras latitudes convergen en sus cuadritos, así como las convenciones les reservan siempre un stand donde –literalmente- agotan sus ejemplares.
Entre los nombres hacedores –esto es: los que se ponen la revista al hombro y piden el material, lo organizan y diseñan, lo imprimen, contactan distibuidoras y puntos de venta– están Bruno Chiroleu y Gastón Flores, Editor y Jefe de Redacción. La selección de trabajos en Términus es variado, y el reciente número 5 quizás tenga el balance mejor, como si la revista hubiese encontrado el terreno firme donde pisar más seguro.
La Términus 5 no sólo finaliza arcos argumentales de apariciones previas –entre los que destaca RIP Van Hellsing, con guión de Barrerio y Ferrúa, más dibujos del magnífico Enri Santana– sino que suma algunos de los mejores unitarios publicados hasta el momento. Entre ellos, Tristeza eterna, de Fernando Baldó, la notable Sorpresa –de Iñaqui Aragón y Patricio Delpeche–, y Promesas de eternidad, una space opera en primera persona, sentida y sin estridencia, de Franco Stagni. Más los trazos de Germán Peralta, Lisandro Estherren y Chiroleu: los tres, tres maneras distintivas de pensar la historieta, tres grandes narradores, repartidos entre el vértigo apocalíptico (Peralta), los secretos introspectivos, inconfesables (Chirloeu), y las brumas lovecraftianas (Estherren). Lo que se dice, un número redondo.
“El tiempo entre número y número –comenta Bruno Chiroleu a Rosario/12– nos permitió tomar contacto con mucha gente talentosa, que nos gusta. Fuimos haciendo un trabajo de ‘seducción’, para que pasaran laburo suyo a la revista; hemos tenido colaboraciones que nos llenan de orgullo”. Entre historietas e ilustraciones, Términus ha sumado las participaciones de Renato Guedes, Pablo Peppino, Dante Ginevra, Marcelo Frusin, Salvador Sanz, Germán Curti, Roberto Viacava, Rodolfo Migliari, entre otros. “Este trabajo de ‘seducción’ –aclara Gastón Flores– tiene que ver con la revista, con la calidad del papel, su tamaño, con todas esas cosas que tanto nos han costado conseguir y mantener. Algo que saben apreciar los lectores, así como la gente que quiere colaborar”.
-¿Cómo organizan la distribución?
-Actualmente tenemos tres distribuidores principales y estamos en camino a conseguir un par más. Nosotros trabajamos con Andrés Accorsi, quien nos hace la distribución en comiquerías, excepto en Rosario, donde nos encargamos nosotros. Ovni Press y Capitán Barato nos hacen la distribución a través de Internet, y estamos trabajando para ver si podemos llegar a algunos kioskos del gran Buenos Aires. Todavía tenemos huecos importantes, como la ciudad de Santa Fe, a donde no hemos llegado y queremos hacerlo. Nuestro interés es que la revista llegue a todo el país -explica Chiroleu.
Términus es también posibilidad de visibilizar lo que muchos vienen haciendo. Es decir, Rosario es una ciudad llena de historietistas pero ausente de revistas. Entre sus partícipes destaca Damián Couceiro, artífice gráfico de varios títulos en la editorial norteamericana Boom! Studios, entre ellos Dracula, Planet of the Apes, y la actual Sons of Anarchy, a partir del éxito televisivo. “Hace bastante que trabajo para Boom!, y es un problema importante el que acá no llegue ni se conozca lo que uno hace”, explica el dibujante, quien reconoce en Chiroleu el esfuerzo máximo en la concreción de Términus. En cuanto a Sons of Anarchy, “van a ser catorce números, estoy terminando el 10; fue un cambio interesante pasar del Planeta de los simios a algo más cercano y realista”. Por lo pronto, además de ilustraciones, Couceiro mantiene la promesa de sumar una historieta en las futuras páginas de Términus. De paso: se trata de un dibujante obsesivo, de puesta en página precisa, nada fuera de lugar, sin subrayados, con atención en la participación del lector. Un maestro.
Por su parte, Gastón Flores celebra la “experiencia y material” que Términus le ha permitido para reforzar “algunos proyectos para editoriales, ya que mi trabajo se puede ver”. “En este número trabajé otra vez con Estherren, un gusto y honor, porque es un tipo que transpira tinta, pero que no puede comprometerse más por sus trabajos con el extranjero”, señala el guionista. “Yo arranqué en el 2007, sin saber cómo se hacía un guión, no había nadie que diera cursos o talleres. Estar desde la formación de la revista fue importante, cada número que sale es una alegría.”
Chiroleu destaca un rasgo que sobresale: “hace poquito que me largué a vivir del dibujo”, toda una declaración de principios, mientras se encarga del embrollo logístico que hace posible a la revista salir al encuentro de los lectores. “Estamos viendo si hacemos un proyecto conjunto, con gente de (las editoriales) Dead Pop, La Pinta y Salamanca; a mitad de mayo vamos a estar en el Festival Azabache, en Mar del Plata, donde será la primera vez que se presenten historietas. Vamos a estar con un stand común, así como trataremos también de estar en la próxima Crack Bang Boom”.

La mirada del hijo (2013, Calin Peter Netzer)


Como arcilla entre las manos

 
Por Leandro Arteaga

 Ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín, el film del rumano Calin Peter Netzer construye su trama de telaraña a partir de un accidente de tránsito, un episodio medular que asocia a la vez que desoculta –y miente– afectos, relaciones familiares y sociales. La mirada del hijo tiene su fuerza centrípeta en la figura férrea de Cornelia (la estupenda Luminita Gheorghiu), madre del responsable al volante: hijo de edad avanzada, mirada caída, como si de un sonámbulo se tratase.
Para llegar a su punto crítico, el film mantiene un prólogo premeditadamente disperso, que permite entrever un añorado vínculo de madre. El accidente llega como noticia imprevista, para ella y para el espectador. El fuera de campo es total, no hay necesidad de descubrir en flashbacks qué es lo que sucedió, el hecho será mucho más sentido por las reacciones circundantes, por los pequeños datos que asoman.
Lo que golpea rápido es el comportamiento estoico de esta familia con su hijo en apuros, quienes evidentemente saben muy bien dónde guardar sus afectos para priorizar lo que se debe: abogados, medicamentos, dinero, todas piezas de un ajedrez al que más vale agilizar. Ninguna lágrima, nada de caricias. Tampoco un mínimo de pesar por la vida que se ha perdido: la de un niño cuya familia es reverso social de la de Cornelia: ciudadanos de la periferia, de extracción humilde, sin contactos ni relaciones.
El comportamiento de Cornelia es, claro, ejemplar: lo que sea por su hijo. Así como en Elena (2011), del ruso Andrey Zvyagintsev: la puesta a prueba del amor materno o lo que sea que esto signifique. Las fisuras son lo mejor del film. Allí cuando el hijo, siempre harto, cansino, elige dar un portazo tras despacharse con su padre: “eres arcilla entre sus manos” le dice a él, mientras señala a ella. “Sí, eres arcilla” le ratifica ella a su marido.
Las maniobras a atravesar no tendrán límites. Porque, como se dijo, cualquier cosa por un hijo. Además, es el único hijo. Ustedes tuvieron, al menos, dos; explica Cornelia a los padres humillados por “la voluntad de Dios”. Éste es uno de los momentos más sorprendentes del film, donde se cruzan lágrimas, palabras, de un asidero flotante, cambiante, que obliga al espectador a estar más atento, a preguntarse qué es lo que de veras sucede.
Por todo esto, la escena final es magistral. El espejo retrovisor del auto de Cornelia devuelve el diálogo entre su hijo y el padre del niño fallecido. Antes, él tuvo que pedir a su madre le dejara bajar del auto. Para luego volver al mismo asiento de siempre, el de atrás. Como cuando era un niño, el de toda la vida. Sus lágrimas parecen ciertas. Las de Cornelia, en todo caso, son tan sinceras como se lo permite su amor de madre, amparado en su apellido de relieve y un ahorro en euros.

La mirada del hijo
(Pozitia copilului)
Rumania, 2013. Dirección: Calin Peter Netzer. Guión: Razvan Radulescu, Calin Peter Netzer. Fotografía: Andrei Butica. Montaje: Dana Lucretia Bunescu. Reparto: Luminita Gheorghiu, Bogdan Dumitrache, Ilinca Goia, Natasa Raab, Florin Zamfirescu, Vlad Ivanov. Duración: 112 minutos.
Sala: Cines Del Centro.
8 (ocho) puntos

miércoles, 30 de abril de 2014

Blancanieves (2012, Pablo Berger)


Manzana envenenada de blanco y negro

El encanto de toda Blancanieves debe ser opacado, como corresponde, por el de su reverso. En este caso, la malvada es Maribel Verdú, en blanco y negro, con interítulos, y de manzana envenenada. Una versión peculiar del cuento popular en manos del realizador español Pablo Berger.
  

Por Leandro Arteaga

 La revisión del cuento Blancanieves no puede menos que estimular un diálogo cinéfilo entre tantas versiones, donde la mirada de Walt Disney ocupa el lugar de piedra de toque con su largometraje de 1937. Como mito, conoce una vivificación constante, que suma –con la película que aquí se reseña– tres ejemplos recientes, con mismo año de producción (2012): Blancanieves y el cazador y Espejito, espejito, estos dos títulos repartidos entre un mundo adolescente pasteurizado y malvadas bien malas, de esas por las que bien valdría la pena ser castigado; a saber: Charlize Theron en el primer caso, Julia Roberts en el segundo. (Es inminente el estreno de Maléfica, con la villana Disney de La Cenicienta en la piel de Angelina Jolie; pero, a decir verdad, ¿qué villanía seductora podría esperarse de alguien con Oscar “humanitario” y colección de hijos coloridos?).
Pero el caso de Blancanieves, segundo film del español Pablo Berger (Torremolinos 73), busca una fisonomía propia, que le ampare de tanta variación apenas distintiva. En este sentido, su apropiación del cuento de los hermanos Grimm se españoliza así como localiza en la Sevilla de los años ’20, entre plazas de toros y cine silente. Es decir, la propuesta encuentra pie en los recursos de la mímica, los intertítulos y el blanco y negro.
Tal elección también le acerca a otras producciones, entre las cuales sobresale la oscarizada El artista (2011, Michel Hazanavicius). Pero también habrá que pensar en La antena (2007), donde Esteban Sapir recrea un mundo de cine entre sombras expresionistas y telepatía televisiva; todo un hallazgo por parte de su director, en una película que permanece como rara avis, sin ser lo suficientemente referida. Un mismo tono, quizás más aberrante, capaz de preñarse de sombras nuevas, amenaza en Las mariposas de Sadourní (2012), del rosarino Darío Nardi, premiado internacionalmente y con estreno pendiente en Argentina.
El film de Berger, en tanto, juega con estas posibilidades pero con un potencial intrínseco que parece agotarse demasiado pronto. Como si la seducción inherente a las voces mudas chocara con un aletargamiento argumental pronunciado, que vuelve a la historia fácilmente accesible, sin nexo mayor con el blanco, el negro, y sus gesticulaciones excesivas. De todos modos, la propuesta es llamativa, indaga –con mayor y menos suerte- en los recursos expresivos elegidos, y fue saludada con el benéplacito de diez Premios Goya, entre muchos otros galardones internacionales.
Ahora bien: la historia tiene eje en Carmencita (Sofía Oria), cuya madre muere tras el parto. Su padre, el gran torero Antonio Villalta (Daniel Giménez Cacho), permanece paralítico tras las paredes de una gran mansión, cuyo dinero ha ido a parar a las manos perversas de su enfermera, ahora esposa y, claro, madrastra de Carmencita. Bien, acá lo mejor, Maribel Verdú: de blanco, de negro, siendo retratada por un pintor –con su amante sumiso en cuatro patas–, encorsetada, escotada, con látigo, entre tules y manzana envenenada, pendiente de la portada de la revista social, pálida y carmín negro, émulo superador de Barbara Steele; como sea, Verdú es todo lo que se espera y, qué lástima, los momentos más escabrosos –los suyos, siempre– apenas se avizoran, cuando debieran ser mucho más explícitos y prolongados antes que esa vista espía, de cerradura insuficiente: ninguna mujer más mala que la Verdú, nunca madre, siempre madrastra, nunca esposa, siempre amante, toda ella es lo que todo cine quiere filmar. Además, se llama Encarna, hallazgo de nombre, capaz de conjugar dolor, placer, y alguno de esos misterios sufridos que guardan las estampitas.
El contrapunto, níveo inmaculado, será Carmencita, ya crecida (Macarena García), cuya boca le salvará la vida: no por palabras, la película es muda, sino por ser el abismo de su rostro, donde elegirá hundir su lascivia el secuaz de Encarna. Los enanos aparecen al rescate, como compañía de tauromaquia ambulante. Carromatos donde estos siete conviven y suman a esta bella amiga con la cual celos y deseos se entremezclan. Es en este punto cuando la película de Berger se encuentra más cercana a Freaks (1932), la obra maestra de Tod Browning, así como al mundo marginal de la fotógrafa Diane Arbus.
“Blancanieves” y su consorte recorrerán plazas de toros como si fuesen de juegos, para la diversión de la muchedumbre, para la admiración de sus encantos de mujer naciente, para el reencuentro –en última instancia– de Carmen con su historia, con su legado. Luego, la venganza de una Verdú que bien razonados tiene sus motivos, al atacar la dulzura, la ingenuidad, y la diversión negada que bien podría haber tenido Carmencita con sus siete compañeritos, en lugar de sublimar lo que se empeña en ignorar, entre tantos toros esquivados y olé, olé.
Lo mejor del film, para este juicio, es su desenlace, un epílogo que funciona como cortometraje autónomo, entre fenómenos de feria, atracciones bizarras, presentadores gritones, miedos de cine. Como si toda la película hubiese sido necesaria para llegar a este momento, feliz (y triste).
Antes, eso sí, la sombra taurina sobrecoge a Encarna. A no confundir, es lo que su perfidia hubo de buscar todo el tiempo, toda la película. Es su celebración final, el sacrificio personal último, la consumación total, disfrazada de ajuste de cuentas. Todo depende de dónde se sitúe el ojo de quien mira. El a través de la cerradura. Por todo eso, por tanta entrega –sin manzana, se sabe, no hay película- Encarna es mucho más que cualquier Blancanieves.

Blancanieves
España/Bélgica/Francia, 2012
Dirección: Pablo Berger. Guión: Pablo Berger, inspirado en el cuento de los hermanos Grimm. Fotografía: Kiko de la Rica. Música: Alfonso de Villalonga. Montaje: Fernando Franco. Reparto: Maribel Verdú, Daniel Giménez Cacho, Ángela Molina, Sofía Oría, Macarena García, Pere Ponce. Duración: 104 minutos.
6 (seis) puntos

El sorprendente Hombre Araña 2: La amenaza de Electro (2012, Marc Webb)


Un nada sorprendente Hombre Araña


Por Leandro Arteaga

Sorprendentemente previsible. Claro que no se trata de pedir demasiado donde hay tan poco. Como botón de muestra, ya fue suficiente con la entrega anterior, encargada de borrar de un plumazo al mundo arácnido pergeñado por Sam Raimi. Allí donde hubo juego de cruces entre cómic y cine, ahora hay una comedieta imbécil con dibujitos animados.
En este sentido, El sorprendente Hombre Araña 2 parece partida al medio entre las secuencias reales y las animadas. Aún cuando éste fuera un rasgo ya preestablecido por Raimi –y sus ecos de show de dibujitos televisivos–, lo que había era carnadura fílmica: la composición de los personajes recaía en sus intérpretes, mientras los efectos digitales eran su consecuencia. El reinicio a cargo de Marc Webb (500 días con ella) es su reverso calculado: privilegio efectista y caracterizaciones sin alma (huecas, demasiado huecas).
Si los momentos animados en el cine de Raimi eran remedo alegre de tardes televisadas con revistas colorinches, el caso aquí es el inverso: el Peter Parker y la Gwen Stacy de Andrew Garfield y Emma Stone semejan los más triviales momentos de cualquiera de las peores series de la TV teenager. Como si fuese Glee con la abulia maniquí de Dawson’s Creek más la pizca infaltable de (un hiperkinético) Archie.
Se podrá argüir que la relación entre ambos es traumática y que la película no lo esconde, y sí, es cierto. Todo lector del cómic sabe que a Gwen no le espera la mejor suerte y a ver cómo es que esta película se atreve con lo ya leído, allá lejos, en cómics circa años ’70. Tal vez, pero no lo parece, aplaque esto un poco la correría de tonterías que el Parker-Araña de Garfield dice y hace sin freno.
La composición de Jamie Foxx, en tanto, es la de un cuerpo troquelado, cuyo rostro ha sido superpuesto sobre el resto de Electro, su personaje villano. Sus maneras impostadas sólo son superadas -en su profundidad fingida- por las sonrisas en pose de Dane DeHaan, el Duende Verde. En serio, ¿hacía falta un realizador sensible a las boberías adolescentes de cuño publicitario?
Pero así las cosas y otra película de superhéroe más dentro de lo que ya debe asumirse como la edad infantiloide de Hollywood. Un retroceso que nada tiene de trivial sino, antes bien, de empresarial. Porque no se trata de films construidos para públicos juveniles, sino pensados para una mentalidad infantil, más allá de toda edad. Situados en un limbo de nadería donde la sobreestimulación golpea rápido y no deja huella.
De tal manera, el otrora luminoso paladín aniñado, de trazos ágiles (Steve Ditko, qué placer), relegado entre sus pares, con un poder a cuestas y persecución mediático-policial, ha relegado sus pesares para ser el símbolo de paz y todo eso que la gente neoyorquina espera encontrar. De sorprendente, ya nada.

El sorprendente Hombre Araña 2: La amenaza de Electro
(The Amazing Spider-Man 2)
EE.UU., 2014. Dirección: Marc Webb. Guión: Alex Kurtzman, Roberto Orci, Jeff Pinkner. Fotografía: Dan Mindel. Música: Hans Zimmer, Pharrell Williams, Johnny Marr. Montaje: Pietro Scalia. Reparto: Andrew Garfield, Emma Stone, Jamie Foxx, Dane DeHaan, Paul Giamatti, Sally Field, Campbell Scott. Duración: 142 minutos.
Salas: Monumental, Showcase, Sunstar, Village.
3 (tres) puntos

Inst. Luis Braille: Cine con audiodescripción y subtítulos


Cuando la banda sonora es original


Cine y radio inclusivos son parte vital de la tarea que impulsa el Centro de Rehabilitación Luis Braille. Películas con audiodescripción y una radio que busca su frecuencia para el logro de una inclusión real.

Por Leandro Arteaga

“La radio vive de la audiencia, si no tenemos a quien llegar es muy difícil sumar fuerza; si tuviéramos una frecuencia, sería mucho más fácil” explica Alejandro Guillermero a Rosario/12. Alejandro es operador en Radio Luis Braille, provista de una variada programación con emisión on-line (http://www.radiobraille.com.ar/), en estos momentos en trámites ante la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA). “Es muy burocrático, pero tenemos mucha fe de que va a salir” comenta el exalumno del Centro de Centro de Rehabilitación “Luis Braille” (España 528).
Durante el lunes 14 de abril, la radio fue el enlace perfecto para dar cuenta de la presentación, en Tecnópolis, del proyecto de Cine Inclusivo Rosario. La propuesta sigue adelante con un ímpetu que ya ha alcanzado unas doce películas, posibles de ser disfrutadas con audiodescripción y subtítulos. “En la ley de medios –explica Guillermero– ya está contemplada la audiodescripción, el trabajo que hacemos nosotros es el que tendrían que hacer las productoras. Es muy sencillo de incorporar. Al hacer un dvd, al menú de idiomas no habría más que agregarle el audio en español que lo contemple”.

-¿Cuáles son las características de la audiodescripción?
-Lo que hacemos es agregar una voz en off, que describa con palabras lo que sucede en la película. Por ejemplo, hay una pareja caminando por una playa: si van de la mano sin hablar, lo que hacemos es describir por dónde están. Pero no queremos que sea demasiado invasivo; si en una escena hay sillones de distintos colores no describimos de qué colores se trata, mejor que el espectador los imagine. A las personas que ven, la voz en off no les molesta. Tuvimos una experiencia en un geriátrico donde proyectamos El secreto de sus ojos, y los abuelos quedaron chochos porque habían entendido lo complejo de la película, en función de las idas y vueltas entre presente y pasado. Elegimos películas que sean, dentro de todo, cercanas a lo que se está exhibiendo, como fue el caso de Un novio para mi mujer o Corazón de león. Una vez elegida, se le consulta y pide permiso a la productora. A través de un mail le explicamos qué es lo que vamos a hacer, que no vamos a lucrar, y que no vamos a tocar la imagen o sonido originales. Como respuesta, nunca tuvimos un no.

-¿Cómo es la dinámica del trabajo?
-Comienza a través de una guionista, Mariela Rondelli, quien empieza a escribir lo que le parece debiera decir la audiodescripción. Una vez que termina, pasa a corrección, algo que hacemos entre Mariel Massari –la Directora del Centro Braille–, Pablo Colongo –el psicólogo– y yo. Lo que hacemos es “censurar” (risas) a la guionista, porque a veces hay cosas que están demás, obviedades. Somos muy quisquillosos con ese tema. Una vez que tenemos todo ese guión corregido, luego de muchas horas de trabajo, el texto pasa a la grabación con locutores, en la radio del centro de rehabilitación. Después el audio se edita, y la profesora Elena Marull es quien se encarga de pegar el audio con la imagen original. ¡Imaginate el trabajo que tiene esa mujer! También se agrega un subtitulado para las personas con discapacidad auditiva. De manera tal que la persona que ve, pueda ir con una persona ciega o sorda. A nadie le molesta el audio que se agrega a la película.

-Deben experimentar muchas satisfacciones...
-Venimos trabajando desde 2009, pero no funcionamos como querríamos. Si bien nos llaman de varios lugares –hemos viajado a Mendoza, Corrientes, Córdoba, Buenos Aires, Mar del Plata–, sin cobrar nada más que los viáticos, en la provincia de Santa Fe nos cuesta horrores. Lo que hacemos aquí es presentar las películas en la Fundación del Diario La Capital, y la Municipalidad nos da un dinero para cada oportunidad, ésa es la única relación que tenemos con el municipio y la provincia. Es muy difícil concientizar a las personas sobre la importancia del cine inclusivo. En cada presentación, después de la película, preguntamos a los asistentes qué les pareció, qué les gustaría agregar o quitar, con el fin de mejorar nuestro trabajo. Y ya tenemos los permisos para la película Metegol, que va a ser difícil, nos va a llevar muchísimo tiempo. 
 

viernes, 25 de abril de 2014

Her (2013, Spike Jonze)


Voces que rebotan en el vacío


Por Leandro Arteaga

Nadie se toca en la última película de Spike Jonze (El ladrón de orquídeas, Donde viven los monstruos). Acaso eventualmente, pero desde los segundos planos, a través de personajes bien secundarios, casi ajenos a lo que Her/Ella es. Puesto que se trata de la sublimación mayor, virtual y contemporánea, entre el protagonista (Joaquin Phoenix) y su sistema operativo (“feminizado” en la voz de Scarlett Johansson), difícilmente pueda tener una cabida mayor el contacto entre cuerpos.
La locación temporal de Her es bien cercana. Ciencia ficción a la vuelta de la esquina –es Shangai lo que se ve, pero no necesariamente para el film–, con algunos pequeños toques vintage; entre ellos, el pantalón masculino de tiro alto. Las mujeres ocultan curvas, el maquillaje casi no prevalece. La coreografía de ciudad es ordenada, de rascacielos gigantes pero con calles distendidas. Hay espacio suficiente para que todos caminen y nadie, se repite, se toque.
En algún momento, una corrida desesperada hace a Theodore (Phoenix) trastabillar en medio de la acera. ¿Está bien?, le preguntan, se le acercan. Pero nadie llega a más, él rápidamente se incorpora, se aleja. Es que no hay señal (de celular), no hay registro de la voz de Samantha, la mujer-virtual que es su sistema operativo. Otra vez, la ciencia ficción cercana; entre peatones hundidos en computadoritas portátiles, hablando consigo mismo en voz alta, mediante dispositivos diminutos insertos en sus sentidos (los “caracolitos”, diría el Bradbury de Fahrenheit 451; de paso, en Ella nadie escribe más, sólo hay un momento en donde sí, sólo hay otro momento en donde hay un libro, tal vez dos).
Puesto que todo lo que sucede es bien cercano y distinguible, Ella puede sostener los lugares comunes de cualquier historia de amor, trillada, revisitada. Al aceptar las reglas de este juego, de este verosímil, que disfraza de extraño lo que se palpa en lo cotidiano, el film de Jonze es capaz de volverse ridículo. Por momentos, lo que sucede son disparates. “Mi pareja es mi sistema operativo”, dice Theodore, y a nadie se le enarcan demasiado las cejas. Es más, habrá oportunidad para una salida en grupo, con otra pareja –de carne y hueso–, con diálogos distendidos, a la luz de una tarde siempre naranja.
Si nadie se toca no hay sudor. Estar en la playa –de colores tan saturados como los de cualquier tarjeta postal- con traje de baño o con pantalón y camisa no implica más o menos calor. Hasta la nieve, cuando cae, es tan precisa como cualquiera de los rayos de sol; así como le sucedía a Jim Carrey durante todos y cada uno de los días de su vida en The Truman Show (1998, Peter Weir). Tampoco se sabe muy bien qué es lo que se come. Algo es, nunca se lo ve demasiado. Otro placer vuelto antiséptico.
Pero, entre tanto diálogo cada vez más íntimo con Samantha, los que también sucede es la cercanía mayor de la cámara, hasta llegar al primer plano del único rostro posible, el de Theodore. Cuando el film descansa allí, aparece la ambigüedad y el diálogo troca en monólogo disimulado, en voz interior. Es muy sutil el modo desde el cual se llega a esta situación, cuando el montaje apela a algo más, a lo que en verdad es: el dilema de un alienado en una sociedad alienada.
Tal rótulo no provocará demasiada sorpresa, pero bien vale destacarlo cuando la misma prédica publicitaria es capaz, hoy día, de evidenciar su desdén clasista y vender todavía más. Ella apela a este mismo esteticismo, pero para pensarlo como estética. Con lo cual, oscila entre el sinsentido más vacío –parloteos con personajitos de video game o disco rígido– y una profundidad inevitable, que habrá de cobrar forma real en algún momento. Al menos, es lo que parece.

Ella
(Her)
EE.UU., 2013. Dirección y guión: Spike Jonze. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Arcade Fire. Montaje: Jeff Buchanan, Eric Zumbrunnen. Reparto: Joaquin Phoenix, Amy Adams, Chris Pratt, Rooney Mara, Scarlett Johansson (voz). Duración: 126 minutos.
8 (ocho) puntos


Una dama en París (2012, Ilmar Raag)


La dama del perfil sin tiempo


Por Leandro Arteaga

Sólo una gran estrella puede sintetizar demasiado y recrear todavía. Jeanne Moreau es una de estas cimas. Es decir, su participación en Una dama en París hace del film una ocasión especial, porque su aparecer –con 86 años– inevitablemente sobrelleva una vida de cine. No sólo eso, el personaje que la actriz francesa compone no puede sino mirarse como otro capítulo más dentro de ese perfil sin tiempo, del que quedaran prendados Jules y Jim, en aquel film antológico de François Truffaut.
Hay, por ello, una desinhibición que en el film tal vez sorprenda, por no ser pensada allí donde hay más vida vivida. Entre tentativas de suicidio y detalles pequeños que suman a una historia presente. Un espejo que reitera en la figura de Anne (Laine Mägi), contratada para asistir a la octogenaria Frida. Anne abandona Estonia y viaja a Paris, a ese lugar del que siempre supo y soñó. Por las noches, Anne pide permiso tímido a las calles parisinas y las visita con pasos cortos.
Entre las dos mujeres se dibuja un clima cortante, que debe tener fricción para después saberse sensible. Con la figura angular de Stéphane (Patrick Pineau) como lugar de encuentro: alguien que parece hijo de Frida, pero que es algo más, distinto. El aparecer de Anne es el riesgo mayor; ella habrá de ocupar un lugar previamente –inconscientemente– acordado. Su estancia de días tendrá que ver con este descubrimiento pausado, con la articulación entre las distintas partes para una puesta de acuerdo conjunta.
Para ello, hay cuestiones anteriores que conocer. Entre éstas, el vínculo roto con los viejos compañeros estonianos. Porque Frida también es inmigrante, con una distancia de años con sus otrora amistades, ahora encerrada en su casa, sin visitas al café de Stéphane, lugar donde se esconde la historia insospechada. Lo que Anne asume de manera prejuiciosa, finalmente será un vuelco ético. Frida, tan digna, aparece entonces de modo admirable. Los roles se corren: ¿quién asiste a quién?
Además, nunca hemos visto a Frida más que deambular por los pasillos de una casa cansada. Vivaz o decaída, deprimida y enamorada. ¿Quejas físicas? Seguramente, pero no es éste el acento que el film de Ilmar Raag elige. Frida está llena de vida porque ama. ¿Y Anne? Anne habrá de acusar recibo de sus reproches, porque sabe que es Frida quien tiene razón, y bien sabe que necesita acostarse con un hombre. Para hacerlo, ríe Frida, no hace falta estar enamorada.
Cuando los lugares moralistas sean transgredidos, será cuando aparezca la esencia de Una dama en París. Ésta es tu casa, dice Frida a Anne, como desenlace de una secuencia donde el montaje trabaja por asociación, mientras despierta la picardía en el espectador. Como corolario, Jeanne Moreau ratifica y continúa su seducción imperecedera.

Una dama en París
(Une estonienne à Paris)
Francia/Estonia/Bélgica, 2012. Dirección y guión: Ilmar Raag. Fotografía: Laurent Brunet. Música: Dez Mona. Montaje: Anne-Laure Guégan. Reparto: Jeanne Moreau, Laine Mägi, Patrick Pineau. Duración: 94 minutos.
Salas: Cines Del Centro.
7 (siete) puntos

viernes, 11 de abril de 2014

Noé (2014, Darren Aronofsky)


El arca y los animalitos obedientes
 

Por Leandro Arteaga

Pocos momentos más lamentables –por didáctico, moralista, reaccionario, lleno de “mensaje”- del cine último como el montaje por asociación entre la familia de osos –entre otros animalitos- y la de Noé, reunidos tras el diluvio. Es decir, si Hollywood es decadente, Noé lo rubrica, a la vez que expone el gesto genuflexo de su realizador, Darren Aronofsky.
La propuesta de Aronofsky ubica la historia bíblica de Noé y su arca en un contexto cinematográfico de eco fácil con ejemplos cercanos. Es decir, aún cuando (la cada vez mejor) Emma Watson ya sea de un espíritu ajeno a la serie Harry Potter, su presencia la vuelve nexo ineludible, junto al leit motiv juvenil, con barbas prolijas y miradas publicitarias, que cunde entre tanta novelita sobrenatural. El Noé de Russell Crowe se mueve entre estas aguas, de reconocimiento rápido para el espectador.
En este sentido, la apariencia “Señor de los Anillos” que la película propone, no llama la atención, sino que opera en relación a lo señalado. Hay un mundo de cine de fantasía (digital) al que este profeta viene a sumarse. La obra de Tolkien, a su vez, no deja de ser lugar de encuentro perfecto, dado su catolicismo asumido. El film de Aronofsky lo expone en sus ángeles petrificados, caídos y monstruosos, ayudantes de Noé en la construcción del arca, así como en los travellings aéreos, que remedan la Nueva Zelanda, “postdiluvio”, de Peter Jackson.
Dado el cariz fantástico, Noé plantará una habichuela mágica con la que encontrar, entre tanta desolación, un bosque que talar. Quien mete la mano en esto es el legendario Matusalén (Anthony Hopkins), su abuelo, quien guarda secretos de tiempos del Edén así como gestos y rituales conceptivos. Que la pátina mágica se cuele en el relato es, dado el caso, lo mejor. Pero, de manera acorde con una sapiencia conciliadora, que amenice lo sabido con lo creído, la prédica final habrá de volver coherente el mito bíblico con el ejercicio de la razón.
Este es, justamente, el relato que Noé hace a sus hijos, el de la creación, el de los siete días, mientras el montaje apela a nociones visuales cercanas al Big Bang, a la teoría de la evolución, y a la comprensión de que “allí donde se dicen tantos días en realidad se apela a muchísimo tiempo”. Por ende, los ingredientes mágicos rápidamente se disuelven, para volverse –ya rígidos e incontestables- doctrina.
Llegado este punto, nada más fácil que explicar acerca de la maldad de los hombres, de los peligros ecológicos, y de una primera oportunidad perdida. Es increíble que se trate del mismo realizador de Réquiem para un sueño (2000), allí donde los vínculos se disgregaban porque nunca nada es demasiado fácil, los gritos de ayuda suelen ser ignorados, y quien vive una adicción sobrevive a un infierno. Sin arcas salvadoras a la vista.

Noé
(Noah)
EE.UU., 2014. Dirección: Darren Aronofsky. Guión: Darren Aronofsky, Ari Handel. Fotografía: Matthew Libatique. Montaje: Andrew Weisblum. Música: Clint Mansell. Reparto: Russell Crowe, Jennifer Connelly, Ray Winstone, Anthony Hopkins, Emma Watson, Logan Lerman, Douglas Booth, Nick Nolte, Mark Margolis, Kevin Durand, Leo McHugh Carroll. Duración: 138 minutos.
Salas: Monumental, Showcase, Sunstar, Village.
3 (tres) puntos

sábado, 5 de abril de 2014

Deshora (2013, Bárbara Sarasola-Day)


La grieta de la mirada


Por Leandro Arteaga

La puesta en juego –en escena– del deseo tiñe a Deshora de manera progresiva. Como un caldo infernal donde se quiere pero no se debe caer. Una sensación de agobio, de candor, comienzan a traslucir sus personajes, almibarados entre el aire descampado de una tabacalera.
Allí es donde va a parar Joaquín (Alejandro Buitrago), para quizás resarcir su vida afectada, en pleno trance de rehabilitación. La casa es de su prima Helena (María Ucedo) y su marido, Ernesto (Luis Ziembrowski). Allí viven, entre el trabajo que éste ha paternalmente heredado, en busca de un embarazo que se demora, señal tal vez más honda, encastrada muy adentro.
Joaquín es el disparador que altera, es quien se pasea en horas cualquiera, el que fuma marihuana en vez del tabaco que le rodea. Su voz se acerca a su prima entre pasos en silencio, como si deslizara intenciones que, en todo caso, ya también estaban en ella.
Hábilmente, la ópera prima de Bárbara Sarasola-Day –presentada en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín–, introduce al espectador desde los supuestos, para luego liberarle de prejuicios. Porque Joaquín es de acuerdo con quien le mire. En este mirar, que María y Ernesto comparten, paralelamente, privadamente, es desde donde Joaquín completa una mirada mayor, compleja, donde todo es mucho más que lo que parece.
Para arribar a las resoluciones, críticas, de heridas abiertas, con sangre que presagia, lo que la realizadora construye es un desliz turbio, de fisuras. Hay puertas entreabiertas, jadeos nocturnos, ojos furtivos. Las poses se denuncian en su artificio. Maneras y gestos hoscos que entre estos hombres de campo, con mujeres sumisas o ausentes –sino prostitutas–, debe replicarse, así como desde la faena diaria, la relación entre patrón y empleados, o el ritual compartido de la caza.
El problema no es que Joaquín no termine por cuadrar allí, sino que abrirá un resquicio de duda en quien mejor lo practica. A partir de allí, cuando el lugar heredado, el de la tradición paterna –social, cultural– tambalee, ya nada será lo mismo. Tanta provocación no puede quedar impune. Tanto deseo desatado, tampoco.
El desenlace que elige Sarasola-Day es notable, porque la resolución sucede desde el corte de montaje, cuando las situaciones ya han sido conocidas, sugeridas, así como finalmente asociadas desde su organización simultánea en el relato. El corte obliga a completar entre las imágenes y sus sonidos. No hacen falta explicaciones sino, antes bien, haber sido subsumidos en un mismo clima enrarecido, el de las miradas que se quieren y se repelen.
Destaca Luis Ziembrowski, enorme, iracundo, capaz de caer con todo su peso sobre cualquier otro, pero también sobre sí mismo.

Deshora
Argentina/Colombia/Noruega, 2013
Dirección y guión: Bárbara Sarasola-Day. Fotografía: Lucio Bonelli. Música: Álvaro Morales. Montaje: Catalina Rincón. Reparto: Luis Ziembrowski, Alejandro Buitrago, María Ucedo, Marta Lubos, Danny Márquez Veleizán. Duración: 102 minutos.
Sala: El Cairo.
8 (ocho) puntos