miércoles, 12 de octubre de 2016

Miss Peregrine y los niños peculiares (2016, Tim Burton)

Mansión sombría y bruja protectora
 
 
Con la fábula como disparador, la película de Tim Burton ofrece una galería de personajes marginados, solos y felices. Una bruja como hada oscura y un niño deseoso de amigos, tan peculiares como él.
 
Miss Peregrine y los niños peculiares
(Miss Peregrine's Home for Peculiar Children)
Reino Unido/Bélgica/EE.UU., 2016)
Dirección: Tim Burton. Guión: Jane Goldman, basado en la novela de Ransom Riggs. Fotografía: Bruno Delbonnel. Montaje: Chris Lebenzon. Música: Michael Higham, Matthew Margeson. Reparto: Eva Green, Asa Butterfield, Samuel L. Jackson, Chris O'Dowd, Terence Stamp, Allison Janney, Ella Purnell. Distribuidora: Fox. Duración: 127 minutos. Salas: Monumental, Hoyts, Showcase, Village.
7 (siete) puntos
 
Por Leandro Arteaga
 
No es lo mejor de Tim Burton… Basta de tonterías semejantes, dichas por voces de altura retórica. ¿De dónde sale el afán por exigir cotas de excelencia a cineastas (y músicos y escritores y etc.), cuando tantas veces esas películas “cumbre” lo fueron por cuestiones absolutamente irrepetibles?
De acuerdo, hay matices, y son ellos los que deben guiar el asunto. Cuando están, lo que no se pierde es la sensibilidad acostumbrada, la que hace todavía a un director querer el cine. Con Burton hubo un momento crítico, de nombre Alicia en el país de las maravillas, película desgajada de esa ternura que hiciera de él una voz personal. Pero el traspié afortunadamente se subsanó: Sombras tenebrosas, Frankenweenie, Big Eyes lograron, con mayor y menor fortuna, devolver brillo.
Afortunadamente, con Miss Peregrine y los niños peculiares la poética persiste y sobrevive al ánimo avasallante del cine de superhéroes; entre ellos, los X-Men como referencia mayor: la mansión, los niños con habilidades especiales, la figura del guía. La reciprocidad entre las dos propuestas no es casual. Al respecto, vale pensar lo lejos que han quedado las dos incursiones de Burton en ese género, situadas en una época ya pretérita, pre-digital, cuando Batman podía ser un caballero oscuro, romántico y psicópata, en la línea de una galería anómala habitada por Beetlejuice, Jack Skellington y Edward Scissorhands.
Justamente, el cine de Tim Burton trata sobre freaks, sobre fenómenos que se saben al margen y deciden habitar en su tierra de penumbras. Es también ése el lugar de estos niños peculiares. Para descubrirles, será necesario creer en el cuento, en la fantasía, así como sucedía en El joven manos de tijera y en El gran pez (o en Batman, a partir de habladurías mitómanas). Más aún con esta última, ya que entre abuelo y niño (Terence Stamp y Asa Butterfield) hay una conexión que en algún momento trastoca en desconfianza, así como ocurría entre Albert Finney y Billy Crudup, cuando el hijo exige al padre saber la verdad por descreer de la fábula. La diferencia con el joven Jake estará en que su padre es un imbécil, sin redención posible, borracho de cerveza y televisión.
Por otra parte, en este film Burton se permite señales breves, suficientes, sobre temas que ha desarrollado muchas veces. Si la acción inicia en la soleada California, el espectador ya sabe que habrá que salir de allí lo antes posible, porque la aventura está lejos, nunca al sol y con bronceadores. Hacia una isla de Gales partirá el niño, tras los pasos sugeridos por la historia del abuelo, en procura de recuperar ese afecto que la muerte ha interrumpido para dejarlo solo y, veladamente, huérfano. Otro tanto, vale recordar, le sucedía a Victor Frankenstein al resucitar a su perrito en Frankenweenie: una de esas maneras mágicas la ofrecía el cine, capaz de vencer la finitud y descubrir horizontes. En Miss Peregrine, uno de los niños cuenta con la habilidad de proyectar sus sueños, sin necesidad de intérpretes (adultos) que “aclaren” con significados. Los espectadores (los niños), felices.
Ahora bien, si los padres acceden a la aventura del hijo es porque la psiquiatra avala el asunto. Pero a no confiarse demasiado. No sólo ante lo que será el devenir argumental y sus revelaciones, sino por la relación que provocan los pies de las dos mujeres preocupadas por decidir el futuro del niño: madre y psiquiatra exhiben un calzado ajustado, con pies apenas hinchados, algo morados. Un detalle que se disfruta en exceso, que dice sobre la sorna con la que Burton sabe retratar.
Cuando Jake descubra la mansión de Miss Peregrine, lo que con ella aparece es una historia paralela, guardada entre las sombras. Misma situación con la que se encontraba Dianne Wiest al visitar el castillo de Edward Scissorhands: la silueta del joven retraído se perfilaba de a poco, y con él su historia oscura. Allí, Vincent Price oficiaba de padre y creador amoroso, acá el turno es de Eva Green, cuya Miss Peregrine será síntesis de brujería y candor. Como una Elsa Lanchester que sobrevive al amor del monstruo de Frankenstein, Peregrine se sabe responsable de estos niños, a los que ama y mantiene suspendidos en una gota de agua temporal, condenada a reiterarse tantas veces como sea necesario, para así evitar el estallido de la bomba nazi.
No hace falta adivinar ni explicar dónde descansa la monstruosidad, según la mirada de Tim Burton. Miss Peregrine y los niños peculiares es una variación del film Freaks (1932), la película maldita de Tod Browning, así como asunción de la prédica fotográfica de Diane Arbus. Los personajes distorsivos y atractivos de ambos, tienen acá su rebote y homenaje, a la par de un barco fantasma, viajes en el tiempo, y una feria de atracciones donde la diversión mayor estará, más vale, en el tren fantasma y el ejército de esqueletos.
Mientras tanto, el que crece es Jake. Y con él, la decisión de alejarse de sus padres, progresivamente olvidados por el fuera de campo. Extraordinario.

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