miércoles, 7 de agosto de 2013

Oscar Chichoni: entrevista


Contar la historia en un solo cuadro

Recordado portadista de revista Fierro, asistente estético de importantes cineastas, Oscar Chichoni presenta hoy un libro sobre su vida y obra. “El cine me ha vuelto más anónimo, pero me encanta”.

Por Leandro Arteaga

Oscar Chichoni es uno de los artistas gráficos más importantes. Cualquier lector interesado en la historieta y la ilustración lo sabe. Es el nombre detrás de las portadas inolvidables de revista Fierro (primera época), así como en colecciones de libros y revistas como Minotauro, El Péndulo, Urania. Desde hace casi dos décadas trabaja en el mundo del cine, asistiendo estéticamente (desde los denominados “visual concepts”) a realizadores como Guillermo del Toro, Tim Burton, Terry Gilliam, Francis Ford Coppola.
Nacido en Corral de Bustos, su trayectoria de vida es motivo del libro que hoy, a las 19, se presenta en Bar El Cairo (Sarmiento y Santa Fe): Érase una vez… Oscar Chichoni (Mediterránea, 2013), de Elizabeth Carpi, quien estará presente junto al extraordinario dibujante cordobés.
“Es muy interesante porque no se trata de una biografía clásica, sino que es un libro muy loco. Va y viene dentro de mi historia, que es simplemente la historia de un personaje más”, explica Chichoni a Rosario/12. “Elizabeth hizo una cosa extraordinaria, nunca se me hubiese ocurrido un libro sobre mi vida. Uno tiene una visión de la propia vida, pero cuando se tiene la visión de otra persona uno se lee de nuevo, es estar leyendo la vida de otro y verse reflejado.”

-Hay un mundo Chichoni que puede reconocerse, evocarse. Sobre todo desde ese capítulo inolvidable que significa la revista Fierro.
-Fierro es una de las mejores cosas que he hecho, uno de los recuerdos más lindos, que me ha hecho increíblemente conocido en todo el mundo; si bien nunca paré de trabajar, en todas partes me conocen por mi participación en revista Fierro. Lo que pasa es que después pasé al cine, donde me transformé en una persona más anónima, porque mi trabajo no se publica, sino que queda en el ámbito de la producción. Algo que me encanta también, ya que se trata de un trabajo colectivo, dentro de un equipo. He trabajado con grandes directores: Coppola, Tim Burton, Peter Jackson, Guillermo del Toro, pero siempre dentro de un equipo, a diferencia de lo que hacía en Fierro, en Minotauro, o en Europa –donde durante muchos años fui ilustrador-, que era un trabajo completamente individual.

-¿Y cómo llegás a la decisión de ingresar en el cine?
-Era parte de un plan personal, al que llamé “quinquenal”, ¡si bien de veinte años! Al final de ese plan iba a ingresar a trabajar al cine. Pero al plan lo cumplí exactamente en diez años. Mi idea era empezar barriendo los estudios, cualquier cosa, pero comencé trabajando en Hollywood, en una película Disney, y fue increíble. Con la segunda película que hicimos –Restauración (1995)- ganamos el Oscar a la Dirección Artística con (Eugenio) Zanetti. Yo era fan del cine desde chico, en Corral de Bustos iba todos los días, así que lo tenía muy incorporado. Por otra parte, empecé como dibujante de cómics a los 17 años y en editorial Record. Comencé en el nivel más alto, con los Breccia, los Salinas, Arturo del Castillo, gente absolutamente extraordinaria; pero fue demasiado, como soy un obsesivo y compulsivo de la perfección, tomaba cada viñeta como una ilustración. Luego hice un paso por la pintura, pero de alguna manera me aplastaba la seriedad, me asfixiaba; pasé entonces a la ilustración, que es un poco un maridaje entre el cómic y la pintura. Mi tipo de ilustración es narrativa, nunca hago un monstruo con una chica, sino que me gusta sugerir una historia. Fue así cómo me convertí en un ilustrador, en un dibujante de cómic de un solo cuadro. Cuando llegué al cine, me fueron muy útiles las experiencias anteriores, porque el cine es narrativo, dinámico, y con los cómics uno adquiere una idea mucho más desarrollada de lo que es la acción. Además tuve una experiencia en arquitectura, a partir de la cual entré en otro mundo, el de los espacios; es decir, todas las experiencias que uno hace tiene que transformarlas en algo, asimilarlas.

-Entre tantos realizadores con los que trabajaste, te pido alguna anécdota que quieras contar.
-Me pasa algo bastante raro, porque no pertenezco a la industria, no soy un bicho de Hollywood, no tengo agente, no tengo nadie que me promueva, pero se las arreglan para encontrarme y siempre se contactan conmigo directamente los directores. Me encuentran solamente aquellos que quieren trabajar conmigo. Eso es bastante sorprendente. Yo estaba viviendo en Londres, suena el teléfono a las once de la noche y un tipo me dice que es Francis Ford Coppola y que me quiere para una película. Al poco tiempo de hablar me dice “el miércoles que viene vení para acá”, en ese punto ya me había dado cuenta de que realmente era él, y yo le digo, con inocencia, que en quince días tenía que ir a Los Ángeles y que podía entonces pasar por Nueva York, y él me dice “bueno, está bien”. Lamentablemente esa película se pinchó.

-¿De qué proyecto se trataba?
-De Megalópolis. Ocurrió lo de las Torres Gemelas y eso de alguna manera le dio en el corazón al proyecto, porque cambió un poco el inconsciente colectivo, alteró el concepto de New York como la capital del imperio actual, intocable, inexpugnable. Al tocar el corazón del guión, automáticamente se interrumpió. Con Tim Burton trabajé durante una semana, también me llamó Terry Gilliam. En verdad, soy un experto en proyectos que fracasan (ríe), pero es algo normal en el cine. En el camino van quedando alrededor del 60% de las películas.

-¿Con Gilliam se trataba de su versión de El Quijote?
-Sí, él era una especie de fan mío. Empezamos a trabajar, después se trasladaron a España y fue un fracaso horrendo. De eso salió esa película que es Perdidos en La Mancha, que es absolutamente extraordinaria. Luego estuve con Peter Jackson en El Hobbit. Es muy interesante trabajar con esta gente, sobre todo con quienes trabajo codo a codo, es muy estimulante. 

-Recuerdo una anécdota del dibujante Leopoldo Durañona, cuando trabajó en los concepts de Hellboy. Decía que Del Toro lo había elegido de entre una lista de artistas porque recordaba sus trabajos, que le hablaba de historietas y de viñetas con angulaciones de cámara puntuales en sus dibujos que ni siquiera él recordaba. Afirmaba que Del Toro sabía más sobre su trabajo que él mismo.
-No sabía esa anécdota, pero a mí me pasó exactamente lo mismo. Después de varios meses de trabajar juntos íbamos a almorzar y uno de esos días me dice “¿cuál de tus tapas de Minotauro te gusta más?”. Yo le digo “no sé, ¿cómo te acordás?”. “Porque en Mexico –me dice- eras súper famoso, recibíamos todas las tapas”, y me insistía “¿pero cuál te gusta más?”. “Guillermo, no me acuerdo, hace como treinta años que las hice; me acuerdo de El fin de la infancia, de Arthur Clarke, pero en verdad no me acuerdo”. Entonces él empezó a hacer la lista completa de toda la colección, comentando cómo eran las tapas, y el nombre del libro y del autor. Tiene una cabeza y una capacidad de observación absolutamente impresionantes, nunca trabajé con una persona así.

-¿Cuál fue tu tarea en Titanes del Pacífico?
-Con Guillermo comenzamos a trabajar juntos hace unos años, a partir de El Hobbit, en Nueva Zelanda, durante la primera etapa de la película, cuando era él el director. En cuanto a Pacific Rim fue muy divertido, porque Guillermo me dejaba hacer lo que yo quería, le encanta mi trabajo. Si bien es una tarea muy estresante, muy intensa, a la vez también es muy divertida. Yo diseñé, por ejemplo, el “Gipsy Danger”, el “robot muchachito” de la película, y después infinidad de cosas más, en cada escena de la película hay prácticamente una participación mía.

-Leí que la viste en una sala rosarina, como un espectador más.
-Sí, me gusta mezclarme entre la gente porque sino se pierde la magia. No había visto ninguna previa, así que lo hice sintiendo a la gente alrededor.

Entrevista en 
Linterna Magica (02/08/2013)
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