lunes, 11 de febrero de 2013

Lincoln (2012, Steven Spielberg)


  El respeto reverencial hacia un ícono

La indudable capacidad narrativa del director se pone al servicio de la figura política fundacional, sin cuestionarla.
 

Por Emilio A. Bellon y Leandro Arteaga

Por E.B.
Tal vez, desde mi punto de vista, uno de los grandes méritos de este film es ese grado de definición, ya que tanto su realizador como su nueva criatura, confirman su posicionamiento con coherencia con el nuevo momento histórico; inédito, por cierto, desde una tradición, conservadora, puritana y racista, ya que Lincoln, nominada como tantas otras en ocho categorías, fue estrenada en el "New York Film Festival" un mes antes de las elecciones. Y el estreno oficial del mismo, presidido por otras exhibiciones y el aporte del mismo Spielberg de un millón de dólares para la campaña de Barack Obama a fines de octubre, tuvo lugar una semana después de la reelección del actual mandatario.
Desde una lectura coyuntural, esta tan esperada realización (que por cierto podríamos ubicar junto al panteón de John Ford y Frank Capra) goza de la posibilidad de plantear no ya el debate sobre la controvertida figura de un hombre político, de una figura-símbolo, sino de leer desde él una proyección de un ideario sobre los alcances del sistema democrático, expresado desde un sensible discurso, en la figura de un actor que construye desde su modo de ser y componer, independientemente del parecido físico, una gramática propia de interpretación. Nos referimos a Daniel Day Lewis, para quien su personaje no fue pensado desde el modelo del biopic tradicional, sino desde la voz del personaje, ya que para él "la voz de cualquier personaje que deba representar me lleva a pensar en uno de los aspectos más fundamentales, sutiles y profundos en el armado y construcción del mismo. Y es esa línea invisible entre objetividad y subjetividad la que debo tratar de captar".
Y este tal vez es uno de los tonos y matices que descansa en el personaje que brinda este actor desde una puesta en escena que ha elegido una iluminación evocativa de los daguerrotipos. Y que se propone en el orden de los hechos, un recorrido por los últimos cuatro meses de vida de Abraham Lincoln, el decimosexto presidente de los Estados Unidos. Estamos en 1865, en los años de los Guerra Civil y en esa lucha por aprobar la XIII Enmienda, que se transforma en un sueño de libertad para los que aspiran a una tierra libre de esclavos y en una amenaza para los opresores terratenientes del sur.
Pero, lamentablemente, desde lo que considero ya como proyecto cultural en una dimensión más amplia, Lincoln aleja toda posibilidad de interrogarse sobre el mismo personaje. Desde el inicio mismo, hay una declaración del propio Spielberg al ubicar una luz aurática elevando la cámara, la mirada, sobre su encrespado cabello y afilado rostro. Ese narrador, de la misma manera que lo confirmaba el Oliver Stone de JFK, deja al personaje en el lugar de una reverencial galería de figuras que han sido las fundacionales y que sale al encuentro, al principio de la cadena, del mismo John Ford con El joven Lincoln, en los años del New Deal, en la figura del personaje que compone Henry Fonda, quien, enmarcado, desde el plano general final, modela y confirma su estatura mítica.
A partir de Lincoln será, tal vez, más que necesario revisar otros films del realizador sobre la problemática de la esclavitud; tales como El color púrpura, del 85 y Amistad del 98, esta última un fracaso de público. Estos films, particularmente el primero, no estaban sujetos a esta retórica que cierto canon impone. Desde una solemnidad que por momentos inmoviliza y que sólo se desanuda en la segunda parte cuando tendrán lugar las elecciones y con ello cierto clima de "thriller" y vaivén de suspense, Lincoln padece de una aquilatada solemnidad y pulcritud, de un "un exceso de pudor", que marca feroces contrapuntos, como el que se da con el personaje que, admirablemente, compone Tommy Lee Jones.
A principios de los años 80, la editorial Fontamara publicó "La Historia y el Cine". Uno de sus textos críticos, La Guerra de Secesión y el cine norteamericano: un terreno difícil lleva la firma del gran maestro, ya fallecido, Homero Alsina Thevenet, que abre interrogantes sobre algunos aspectos de la conducta política de Lincoln que ningún film se atrevió a plantar. Y para ello se apoya en los estudios realizados por Richard Current para la Enciclopedia Británica.
Alsina Thevenet escribe: "El mismo Lincoln no estaba ciertamente a favor de la esclavitud, pero tampoco era un destacado abolicionista. En 1862, comenzada ya la guerra, expresó ya su posición con frases muy claras: 'Mi objetivo supremo en esta lucha es salvar a la Unión, y no el de salvar o destruir a la esclavitud. Si pudiera salvar a la Unión sin liberar a ningún esclavo, lo haría; su pudiera salvarla liberando a todos los esclavos, lo haría. Y si pudiera salvarla liberando a unos y no a otros, también haría eso'".
 
 La moderación de Spielberg


Por L. A.
La anécdota es conocida. El joven Steven Spielberg insiste en hablar con su venerado John Ford. Espera a que el director lo reciba en su despacho, durante el tiempo que sea. Finalmente frente a frente, el taciturno Ford le pide al joven insistente que mire, examine, las pinturas que están colgadas y le diga qué ve. Dada la artimaña, Ford le explica que la línea de horizonte nunca está en el medio del encuadre. Lección primera para ser director de cine. Adiós y buena suerte.
A partir de allí, y como integrante de una generación que –literalmente- cambiara la cara de Hollywood, Spielberg asumió muchas lecciones más. Si se trata de referirlo de manera rápida –pero no ligera-, puede decirse que es uno de los grandes narradores del cine norteamericano. Concepción sujeta a la comprensión que él mismo desarrollara sobre la cinematografía de su país. Que explica su interés por el cine de Ford (y el de Frank Capra, Michael Curtiz, y tantos más).
Spielberg hubo de abordar el cine desde su contagio de niño. Otro de sus recuerdos lo señala filmando con su cámara de Súper 8 trencitos de juguete. Jugando con el montaje, se daba cuenta de que si acortaba la duración entre toma y toma (entre tren 1 y tren 2), producía la sensación creciente de un choque inminente: allí está el germen de su primera película, Reto a muerte (Duel, 1971), con guión del gran Richard Matheson; film que será esencial, tanto para el terror de Tiburón o para la aventura de Indiana Jones.
Su actualización de un cine matiné –en tanto director y productor- marcó a los ’80, con éxito y grandes películas. Pero después hubo un “quiebre”. Algo que el mismo realizador supo señalar, al distinguir entre sus películas de “entretenimiento” y el cine “serio”. El segundo rótulo estaría compuesto por La lista de Schindler y Rescatando al soldado Ryan, aún cuando habría un correlato anterior con El imperio del sol y El color púrpura. En el meollo, cabría distinguir a Lincoln. Y en Lincoln, a su vez, la síntesis que el propio personaje/mandatario significa para el cine y la historia de Estados Unidos. De vuelta, entonces, con John Ford.
Acá lo curioso. El joven Lincoln (1939), de Ford, fue ejemplo de discusión para la celebérrima publicación Cahiers du cinéma durante los ’60, en donde se postulaba la preferencia por sus maneras narrativas (de un director tendiente, por otro lado, a una ideología conservadora) antes que las de otras, llenas de buenas intenciones y temas serios. Un análisis extraordinario, que ponía en cuestión el proceder revolucionario que, en todo caso, cabría al cine: ¿El tema o la puesta en escena? ¿Dónde la primacía?
La temática de Lincoln es “seria”. Su puesta en escena, bastante sobria. Sí es seductora, con su inicio escrito (casi un “érase una vez”), y los laberintos de diálogos constantes. Con momentos que responden al mejor suspense del director (la votación final). Hay algo de “incorrección” pero tampoco demasiada. El Lincoln de Spielberg respeta a su personaje: podrán verse miembros cercenados, pero siempre con sonrisas hacia el presidente.
El extraorindario Daniel Day-Lewis protagonizó al bestial “The Butcher” en Pandillas de Nueva York, de Scorsese. Allí, uno de sus cuchillos iba dirigido al retrato de Lincoln sobre un poste. Esa sola imagen parece querer decir (algo) más que la moderación spielbergiana.

Lincoln
EE.UU., 2012. Dirección: Steven Spielberg. Guión: Tony Kushner, a partir del libro de Doris Kearns Goodwin. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Intérpretes: Daniel Day-Lewis, Sally Field, David Strathairn, Tommy Lee Jones, James Spader, Joseph Gordon-Levitt, John Hawkes. Duración: 150 minutos.
Salas: Monumental, Cines del Centro, Showcase, Sunstar, Village.
7 (siete) puntos

1 comentario:

El idiota de la familia dijo...

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